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Feb2008HArte
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Feb
-Llora un poco más, y completamos la colección de este otoño.
El agente de arte había encontrado la fórmula perfecta para relacionar el arte religioso con el arte contemporáneo. La colección de este año se llamaría “Santo Llanto” y constaba de una serie de preciosos pañuelos marcados y bordados en el histórico convento en el que la joven artista había ingresado para discernir de una vez por todas su verdadera vocación.
Cada uno de los pañuelos, de lino o algodón cien por cien naturales, estaría impregnado con un llanto distinto de la artista. La razón del llanto daría título a cada una de las piezas: “Incertidumbre nº.
-De esta forma confluirán, en unos sencillos trozos de tela, la tradición y la modernidad, la idea y su realidad, la reflexión y la acción, la performance y el minimalismo, la fe y la cultura, la intimidad y el espectáculo... ¿No te parece fabuloso? Ya me veo leyendo las críticas: “La niña terrible se hace mística”, “Nuevo arte religioso”, “El convento entra en ARCO”.
-Ya, pero dime cómo se llora de fe o de amor.
-Verás, talento, tampoco es necesario que te vuelvas loca.

En las pasadas Jornadas de Mariología en
reposo.


Yo quería haber realizado, escrito, una verdadera obra de arte antes de cumplir los 35. Y voy, jeje, camino de no conseguirlo. Por lo que, en esta vida dominicana que he tomado, tendré que consolarme con incluir ese deseo incumplido como una más de las renuncias de mi voto de pobreza. (El que no se consuela es porque no quiere).
Las dos películas derrochan inteligencia y buena construcción. Consiguen ese milagro de, al final, con-fundir vida y arte. Muchas horas de lectura, esfuerzo, síntesis... En España, por ser este país de ricos nuevos que hemos llegado a ser, se nota que nos alimentamos de mala cultura –no generalizo- y nuestras creaciones son planas, tópicas, poco originales, ancladas en la trasnochada dialéctica progre versus carca y viceversa, subvencionadas... Véanse, si no, los pésimos resultados del cine español de este año.
Es un gran error ese que, movidos por cierto complejo y cierta culpa, hemos cometido en nuestro catolicismo con pretensiones de actualidad. Consiste en dejar fuera de nuestras categorías conceptos que no son sólo conceptos sino realidades contundentes de la vida. Por ejemplo: relegar al olvido palabras como sacrificio o expiación.
Tienen, claro, que venir algunos artistas o simplemente algún buscador de intensidad para retomarlas. Y entonces nos queremos incorporar a la actualidad de aquello que nosotros mismos habíamos defenestrado.
¿Y qué le puede faltar a un Dios para arrojarse a este mundo a amar lo pequeño? ¡Desde Hegel se ha hablado tanto de la muerte de Dios!, de la debilidad que Dios elige al humanarse... Mas ¿por qué no hablamos de la infancia de Dios?: Dios ha sido niño.
Todo mi discursito había ido de lo mismo: que si el hombre posmoderno, como es un ser fragmentado y del instante, no tiene una visión del tiempo y de la historia lineal ni proyectada hacia el futuro -propia del judaísmo, del cristianismo o del marxismo- y que por eso sobrevalora el instante, el aquí y ahora, la posible felicidad que pueda sacar de las cosas en su inmediatez. Que si la falta de fe en los proyectos de la modernidad, los cuales han mostrado su cara cruel, atroz, asesina en el siglo XX, ha hecho al hombre de hoy desconfiado para los grandes ideales, para las palabras mayúsculas, para la verdadera esperanza... etc.
No todo lo que se nos presenta como un descubrimiento lo es en su sentido más original.