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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor


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24
Dic
2013
Diálogo de la moda y de la muerte
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Alguna de las cosas más importantes de los viajes es volver con el corazón renovado en la amistad y la maleta llena también de sus libros.

 

 

Uno de los que se ha venido conmigo desde Salamanca es “Diálogo de la moda y de la muerte”, la traducción de Antonio Colinas de las “Operette morali” de Giacomo Leopardi.

 

Se trata de una serie de los humorísticos y a la vez despiadados diálogos que Leopardi pone en boca de diferentes personajes, imaginarios unos, históricos otros, con un peculiar estilo satírico. Aunque el más famoso es el que da título a la traducción, me ha llamado especialmente la atención el “Diálogo de Cristóbal Colón y Pedro Gutiérrez.”

 

En un momento de cansancio y de dudas acerca de la posibilidad de avistar tierra en la travesía hacia el Nuevo Mundo, estos dos personajes dialogan en torno a la aventura emprendida y el sentido de la misma en un momento en que parece abocada al fracaso:

 

“Aunque esta navegación no nos produzca otro fruto, me parece utilísima, porque durante algún tiempo nos tiene libres del aburrimiento; nos hace amar la vida y apreciar otras cosas que, de otra manera, no tendríamos en consideración.”

 

A pesar de ser el poeta del pesimismo, Leopardi –con buena dosis de ironía- rescata el valor de la esperanza y la forma en que esta nos hace valorar aquellas cosas que de ordinario no estimamos:

 

“Se cree, comúnmente, que los hombres de mar y de guerra, estando cada poco en peligro de muerte, tienen en menos estima la propia vida que los demás la suya. Yo, por la misma razón, creo que pocas personas tienen tanto amor y aprecio a la vida como los navegantes y los soldados.”

 

Leopardi, por boca de Colón, recuerda esos bienes de los que, poseyéndolos, no cuidamos y que son, sin embargo, queridísimos para los navegantes por el hecho de verse privados de ellos:

 

“¿Quién situó jamás entre el número de los bienes humanos el tener un poco de tierra que le sostenga?”

 

Todo esto, responde Gutiérrez a Colón, es muy verdadero, aun cuando no deje de ser una especulación que nunca se cumpla. Colón entonces enumera los signos que, siendo aún débiles, todos juntos le permiten seguir esperando el avistamiento de tierra firme:

 

“”De unos días a esta parte la sonda toca fondo, y el tipo de materia que arrastra me parece un buen indicio. Hacia la tarde, las nubes alrededor del sol se muestran de otra forma y de otro color que las de los días anteriores. El aire, como puedes apreciar, es más dulce y suave (…). Añada a esto aquella caña que iba flotando por el mar y que mostraba haber sido cortada hace poco (…) Las bandadas de pájaros, aunque otra vez me han engañado, ahora son tantas las que pasan y tan grandes, y de tal manera se multiplican de día en día que bien puedo basar en ellas mis esperanzas.”

 

Hemos tenido esperanza. Hoy el sol brilla distinto. Las bandadas de pájaros vuelan más bajo. Alguien llega.

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13
Dic
2013
Un acto mítico
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Hoy se falla el Premio Adonáis de Poesía. A pesar del paso del tiempo, el Adonáis me sigue pareciendo especial. Y, objetivamente hablando, frente a quienes alguna vez han señalado que ya no es lo que era, diré que no estoy en absoluto de acuerdo.

 

También en esta reciente década han pasado por la Colección Adonáis algunos de los mejores poetas que hoy son no una promesa sino una voz confirmada: Raquel Lanseros, Javier Vela, Jorge Galán, Juan Meseguer, Adrián González Da Costa, Rubén Martín , Joaquín Pérez Azaústre, Juan Carlos Abril, Francisco Onieva , Martha Asunción Alonso, Vanesa Pérez-Sahuquillo, Alberto Chessa, Jesús Beades, Gomez Toré, José Luis Rey, Ana Merino... Aún no sabemos si formarán una generación parecida a los Adonáis de Claudio Rodríguez, de José Hierro, de Valente... Pero están ahí con una excelencia que el tiempo, poco, ha confirmado ya.

 

 

Suerte hoy a los finalistas, entre los cuales hay algún gran amigo. Llegar hasta ahí es un lujo, el de participar en ese acto en que con emoción y nervios los propios finalistas escuchan in situ el fallo de un jurado que en medio del silencio aparece cargado de papeles, de sobres, de notas. Luego viene o la celebración o un cierto desencanto. Después, siempre ya en calma, la satisfacción de haber formado parte de un acto mítico.

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9
Dic
2013
...como lágrimas en la lluvia
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Hace un par de semanas publicaba un suplemento periodístico los vaticinios de 6 cerebros privilegiados acerca de nuestra vida en el año 2050. Resultaba interesante teniendo especialmente en cuenta que no se trata de meras conjeturas imaginarias sino de una prospectiva desde la realidad científica y tecnológica del presente.

 

 

Me llamó especialmente la atención eso de que para entonces habremos perdido la guerra contra las máquinas. Es decir, los (ordenadores? androides? robots?) harán nuestro trabajo, serán el amigo que mejor nos conozca, mantendrán con nosotros conversaciones desde una profunda empatía con nuestra personalidad, nos darán las respuestas más adecuadas, pondrán vernos, escucharnos, sugerirnos…

 

No hay más que hacer un poco de memoria y acudir a libros, películas, documentales y reportajes de hace 2 o 3 décadas para carcajearnos de cuanto allí se profetizaba sobre el hoy que vivimos y pensar que algo semejante ocurrirá a quienes vivan en 2050 y tiren de archivo para leer lo que en 2013 se pronosticaba para entonces, para el mundo y la vida que será.

 

No me causa inquietud alguna pensar que habrá máquinas igual que los humanos. Ni siquiera este reportaje me invita a plantearme qué será lo específicamente humano una vez sean una realidad estos seres que piensan, comunican, crean arte y poesía y hasta casi sienten. Sean lo que sean, nada serán que no haya creado el ser humano. Una prolongación del mismo en microchips (seguro que los microchips son una antigualla en 2050).

 

Estas cosas más bien me ayudan a adelgazar mi alma y admirar el acto de la creación de Dios que quiso un ser humano capaz de alejarse de él. El amor se mide por la magnitud de libertad que engendra. Pues ¿seremos capaces de otorgar a estos androides la capacidad de alejarse de el ser humano, su artífice y creador? Estando programados para escucharnos, ayudarnos, aconsejarnos y amarnos ¿los amaremos nosotros sin sentir hastío de nosotros mismos? Es decir ¿estaríamos dispuestos a morir por ellos? ¿Creeré en sus elogios, en sus críticas? ¿Tendrán infancia; tendrán muertos? ¿Me tragaré sus lágrimas?

 

No lo buscaba, pero creo haber encontrado algo: el misterio, no sé dónde ni como, forma parte de lo humano. Me define. No sé a ustedes.

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28
Nov
2013
La tía Tula
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En Versión española de la 2 han dado La tía Tula, la película de Miguel Picazo inspirada en la novela homónima de Unamuno.

 

 

Me ha parecido excelente, sencilla y compleja a la vez. El argumento es este: tras la muerte de Rosa, su esposa, Ramiro y sus dos hijos pequeños se trasladan a vivir a casa de la tía Tula, la hermana soltera de la fallecida. Tula cuida con todo esmero de sus sobrinos y su cuñado. Pero la convivencia hace que Ramiro se sienta irresistiblemente atraído por ella. Él es joven y le cuesta refrenar el deseo que siente por Tula. Ella es también joven, guapa y virtuosa. Sin embargo rechaza la propuesta de Ramiro de casarse. ¿Lo ama realmente? No lo sabemos. Tras un episodio –excelente escena- en que él trata de mantener una relación sexual con ella, el confesor de Tula le aconseja que se case con él o que, de lo contrario, dejen de vivir en la misma casa, pues los sentimientos y el deseo de Ramiro crecen. Sin embargo ella tampoco le invita a marcharse. Por una serie de razones, que es largo de explicar, finalmente él ha de marcharse llevándose, como es lógico, a sus hijos consigo. La película acaba con Tula sola y triste en un andén mientras el tren se aleja con su cuñado y sus sobrinos.

 

Pero la cuestión que me importa es que tras la película se abrió el habitual diálogo. Intervenían Boris Izaguirre y una escritora cuyo nombre no recuerdo. Cada uno había visto la película desde un ángulo distinto, como no puede ser de otra manera. La moderadora abrió el diálogo señalando precisamente cómo Tula queda allí, sola, viendo marcharse su último tren. No me parece tener que profundizar demasiado para descubrir que una de las líneas principales de la cinta es esa: el deseo contenido, las veces en que pasa por nuestra vida una oportunidad que no volverá a repetirse. Tula está feliz cuidando abnegadamente de su cuñado y sus sobrinos. Se desvive por ellos y en el fondo puede realizarse como la madre que no es, teniendo además a su lado a un hombre respecto al cual no sabemos lo que siente. Ni quiere dar el paso y unirse a él ni quiere que se vaya, mientras crecen la frustración y el deseo de Ramiro. ¿Pensará que va a poder mantener para siempre a su cuñado y sus sobrinos bajo su amparo, que él la va esperar toda la vida refrenando sus deseos mientras ella lo cuida y protege como la esposa que no es?

 

Sin embargo la escritora contertulia no tardó en lanzar su visión: Tula es una mujer independiente, posiblemente no le gustan los hombres y hoy en día sería una perfecta candidata a la inseminación artificial.

 

Boris Izaquirre, que es un tipo bastante inteligente (el mismo personaje frívolo que se ha vestido es parte de una estrategia nada estúpida) se da cuenta enseguida de por dónde va la escritora invitada y comienza entonces a hablar de la elegancia de la actriz y de Pedro Almodóvar o cualquier otra cosa que le posibilite salir de la situación, pues parece difícil conciliar su lectura de la cinta con la que sostiene la escritora que tiene enfrente, la cual se mantiene en las suyas, quizá pensando defender una interpretación feminista pero sin darse cuenta de que el modelo que ella defiende está ya un poco alejado de las claves de un nuevo feminismo más realista y evolucionado que comprende la causa de la mujer sin desgajarla del marco más general de lo humano, que afecta tanto a hombres como a mujeres.

 

Y es que nada más absurdo, más extemporáneo que querer verlo todo con una visión excesivamente contemporánea. ¿Habrá, en cambio, un tema más actual, precisamente porque es de siempre y porque es humano, para hombres y mujeres, que el del deseo contenido, la incapacidad para dar un paso en el momento acertado, la realidad que pasa factura a nuestro orgullo?

 

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18
Nov
2013
Como si nunca antes
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Asistir a las palabras como si nunca antes las hubiéramos leído. Tendría que ocurrir más a menudo. La poesía, que funciona en los márgenes del lenguaje, de las convenciones sociales y de las pretensiones públicas, es la que nos debería hacer asistir a lo ya visitado como si nunca antes.

 

 

Bibiana Collado se entrega a esta tarea en su último poemario, “Como si nunca antes” (Premio Arcipreste de Hita 2012, Ed. Pre-Textos), y en un valioso puñado de versos consigue escribirnos los márgenes de la memoria con no-palabras delebles sobre texto cartilaginoso.

 

Para ello es preciso recorrer los lugares -en este libro la ciudad de La Habana- como sin cuerpo, o, más bien, dejando que las impresiones de los no lugares, el muro del mar, los ladridos de los perros, el decadente rosa antiguo de los salones coloniales, los palcos de los cines terciopelo, la cal desprendida… sean la única posibilidad de cuerpo. Y luego dejarlo todo como cartografía de esqueleto sobre blanco, con las menos palabras posibles. Ese es el recurso al que Bibiana se entrega y el resultado no puede ser más satisfactorio.

 

Es difícil, entre la abundancia de publicaciones, encontrar algo que realmente nos resulte nuevo y nos despierte una parte del recitativo interior en que fluimos que realmente antes no habíamos sentido viva. Con extraños mecanismos, los poemas de este libro lo consiguen. Paras de pronto y te dices: “si es una palabra con la que me miento muchas veces… ¿por qué ahora me acaba de despertar esta sensación de extrañamiento?

 

Despertar es un acto
performativo.
             Un movimiento
centrípeto de vida.

 


Y entre virginidad y emergencia como polos que acotan un espacio común, también hay ocasión para que la poesía vuelva sobre sí misma:

 


Gestión de la materia
instalada en el margen.
memoria residual.

 

nos dice en el poema “Artistas emergentes”, acertando plenamente a cifrar esa querencia de la buena poesía por jugar con las extrañas cosas que, estando continuamente en nuestras manos, en nuestro lenguaje, son, sin embargo, residuales y marginales.

 

Y, al final, una mentira que es verdad: ¿por qué escribimos?

 


Yo dejé de escribir poesía
porque era un hombre feliz.

 


Escribimos porque no somos felices (dejemos que la mentira opere su magia, no la despertemos del sueño), pero también para que no nos entiendan y, sobre todo, como una forma de feliz venganza:

 


Tanto tiempo después

 

encontrarnos así
como si nunca antes
o como si
el mundo entero
pero hace mucho
cuando aún no.

 

Tanto tiempo después

 

nuestra venganza es ser felices.

 

 

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7
Nov
2013
Cernuda: Viven y mueren a solas los poetas
9 comentarios

 

 

 

El pasado día 5 se cumplieron 50 años de la muerte de Luis Cernuda, una de las voces más intensas, conmovedoras y de honda influencia del siglo pasado.

 

 

No han habido fastos, ni ediciones especiales, ni presencia significativa en los medios, pero sí unos cuantos artículos de gran calidad, así como abundancia de versos cernudianos en las redes sociales y en los rincones que Internet brinda a la inmensa minoría poética.

 

No hay mejor manera de celebrar a un poeta que volver a leerlo. Y como ya se ha escrito bastante y bien sobre su obra y su persona –abajo unos enlaces-, como subrayar estos aspectos no trae buena prensa, como no es políticamente correcto, voy a fijarme en una faceta que en mi opinión da a la palabra de Luis Cernuda una dimensión vertiginosa y a la que, por poco rentable hoy día, no todos se asoman. Me refiero a la presencia de Dios en su obra.

 

Pasada la mitad de nuestra vida –eso nunca se sabe, pero Dante siempre queda bien- empieza a dar un poco igual lo que el mundo opine de nosotros. No hay tiempo que perder ni vida que desperdiciar. Por eso comienza así Cernuda su monumental poema “La visita de Dios”:

 

Pasada se halla la mitad de mi vida.

 

El saldo de esos días pasados le parece un trabajo perdido; sin embargo el poeta vuelve los ojos al cielo esperando la lluvia, unas lágrimas que aviven su cosecha, una cosecha baldía, una existencia arruinada, perdidos ya trabajo, casa, amigos.

 

Exiliado el mismo poeta, este cúmulo de fracasos y tanto sufrimiento junto lo han dejado unido para siempre al número de los desheredados, los perdedores, los desterrados histórica y moralmente, pues, como se ha señalado “Cernuda no fue sólo un desterrado político; el suyo fue sobre todo un desarraigo de la conciencia, un exilio moral”, el de un hombre de izquierdas, el de un homosexual en esa España cruel y rancia que desprecia cuanto ignora y envidia casi todo lo que admira.

 

Por eso en esta conversación con Dios no quedan fuera, no pueden quedar fuera, todos aquellos con los que Cernuda comparte fracaso y, a la vez, dignidad moral ante el heroico trabajo que supone ganar un pedazo de pan y unos vestidos para abrigarse en medio de la ciudad alzada por y para el orgullo del rico. Cernuda se siente un artista más junto a otros artistas que cantan o exponen en las esquinas dibujos que él, Cernuda, tan poco sentimental, reconoce que le arrasan de lágrimas los ojos.

 

Justicia y Dios son inseparables para el poeta. Y es el dolor el vínculo que lo une a tantos otros fracasados, el dolor propio el que despierta en él la humana identificación con la ladera herida de este mundo:

 

Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren
Hombres callados a quienes falta el ocio
Para arrojar al cielo su tormento.

 


La urgencia por ganar el pan no deja tiempo a estos hombres para levantar su voz. Sí que la levantará el poeta, quien no puede copiar su enérgico silencio. Y es que, si en el lenguaje habla el cosmos, la realidad, el ser -porque el lenguaje es del hombre y el hombre es, pues, el lugar por el que el cosmos habla-, en el poeta que ha perdido los amigos y la tierra, es decir, en quien ya nada tiene que perder, toma voz lo que en el mundo está perdido.

 

Perder nuestro lugar en el mundo puede devolvernos el mundo como lugar nuestro.

 

Pero Cernuda no es un poeta social. No presta voz a nada. Más bien él se aniquila para que hable, quizás en un tiempo futuro, aquello que de suyo bien sabe lo que tiene que decir sin que el poeta se lo dicte. Así lo decía en “Himno a la tristeza”:

 

Grato ha de ser aniquilarse,
marchitas en los labios las delirantes voces.

 

Sin embargo, aunque todo sea inútil, porque el tiempo todo lo devora creando más nada, que es, al final, lo que hará el tiempo, crear más nada; aunque nada consuele, porque el tiempo –la certeza destructora de la muerte- acrecienta su voracidad aniquiladora nutriéndose de más vidas (como el agua del agua llorada por los hombres); aunque es mejor no rehuir esta certeza, Dios va a tener que escuchar alto y claro lo que el poeta ha de decirle. Con la muerte del hombre, con la lapidación del ser humano, quedan dilapidadas la belleza, la verdad y la justicia, sin las cuales ¿quién se acordaría de Dios? Nuevamente la hermosura, la verdad y la justicia unidas en un mismo verso cuyo verbo es “murieran” y que se dirige a un Dios al que llama Tú.

 

Pocas veces tanto abismo se ha alzado ante nosotros como en el final de este poema, "La visita de Dios".

 

 

Lo dicho entre los íntimos hay que decirlo públicamente cuando versos así nos empujan a no callarlo. Y es esto: que cuando el poema mira a Dios, la dimensión de las palabras crece. Crece hasta la dimensión y el eco del mayor de los ateísmos. Crece hasta el más razonado agnosticismo. Yo lo he visto claremente en Cernuda.

 

Viven y mueren a solas los poetas –dijo-. Son inútiles sus vidas y sus muertes –esto ya no lo dijo él-. Pero mejor es asumirlo, porque la libertad que dimana de ello –esa sí, la libertad independiente de la vida y de la muerte- es quizá lo único que en poesía merezca el adjetivo útil. Y necesario.

 

(…)


Pero a ti, Dios, ¿con qué te aplacaremos?
Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido,
mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida
de tantos hombres como yo a la deriva
en el naufragio de un país. Levantados de naipes,
uno tras otro iban cayendo mis pobres paraísos.
¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos
y tras ellos en el profundo abatimiento, en el hondo vacío,
se alza al fin ante mí la nube que oculta tu presencia?

 

No golpees airado mi cuerpo con tu rayo;
si el amor no eras tú, ¿quién lo será en este mundo?
Compadécete al fin, escucha este murmullo
que ascendiendo llega como una ola
al pie de tu divina indiferencia.
Mira las tristes piedras que llevamos
ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones:
la hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible
tú solo eras capaz de infundir en nosotros.
Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías
como un sueño remoto de los hombres que fueron.

 

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/04/actualidad/1383594006_759668.html

 

http://www.abc.es/cordoba/20131105/sevp-exiliado-moral-20131105.html

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/04/actualidad/1383595664_888828.html

 

 

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26
Oct
2013
La libertad y la palabra
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El infierno no son los otros. Ni son tampoco el límite de mi libertad, a no ser que entendamos por ella la facultad de hacer lo que me venga en gana sin mirar más allá de mi mismo, mis deseos, mis intereses y mis opiniones erigidas en dogmas subjetivos.

 

 

La libertad, precisamente por ser un don absoluto, se nos da como absoluta responsabilidad y debe ser construida junto al don que, como tal, también es absoluto en el otro y absoluta responsabilidad para él.

 

La libertad se juega en la trama de las otras vidas. Que las vidas de los otros entren en relación de donación y de privación para con la mía, en relación de posibilidad y de límite para conmigo, de realización y de sacrificio que se me pide, eso es la libertad.

 

La vida ha tenido la generosidad de dejarme experimentarlo en los caminos de la palabra. Es decir: que estas cosas las he comprendido en su profundidad en el a la vez forcejeo y deslumbramiento gozoso de la escritura. Por eso un amigo lo explica mejor que yo:

 

“El mal poema parece que se ha instalado en la conciencia de ciertos poetas que se jactan precisamente del desaliño de su propia escritura, como si el cuidado de la palabra fuera una práctica de los poetas puros del pasado o una costumbre excesivamente académica. Es verdad que al poema hay que despeinarlo un poco para que parezca natural -como decía Gil de Biedma-, pero una vez que ha sido adecuadamente aseado. El puntiagudo lenguaje de Vallejo, los aullidos de Ginsberg o el precipicio sintáctico de Celan no han surgido de una manera desenfrenadamente espontánea, sino de un trabajo interior en la arquitectura del poema, de la misma forma que el individuo que dice alcanzar su libertad. La libertad no aparece de golpe, sino que se gana a pulso, tanto en la vida como en el escrito.”

 

Cuando Vallejo nos conduce por la senda de todos los equívocos, cuando Celan descuartiza las normas sintácticas, no están jugando a l´enfant terrible que -¡pobre!- quiere golpearnos con su genialidad desconcertante. Por eso, tras leerlos –como al contemplar a Picasso, escuchar a John Tavener o ver una película de Abbas Kiarostami- no somos los mismos, no asociamos los conceptos de la misma manera, no pensamos con las mismas imágenes que antes. Nuestra libertad se ha engrandecido con ellos y la trama de su vida y su arte, porque no están haciendo lo que les da la gana, sino llevando al extremo el lenguaje, todos los lenguajes si es preciso, tras haber vivido mucho, leído mucho –leer es escuchar- y renunciado y tirado a la papela muchas páginas, muchas partituras, mucho metraje.

 

Así entiendo las palabras del Evangelio “la verdad os hará libres”. Cualquier libertad que se desentiende de la bondad (la más profunda inteligencia), la justicia (una forma de la verdad) o la belleza (una forma de compromiso humano) no me merece el nombre de libertad.

 

Los hombres más libres son los más esclavos de sus hermanos los otros. Más cuanto menos lo merecen y hasta más dolor les han causado. Todo lo demás es vanidad. Porque la verdadera gravedad de la vanidad radica en su carácter falaz e insolidario. Sería frívolo quedarnos en un concepto de vanidad detenido en las apariencias. La vanidad puede crecer en proporción directa a la mediocridad. Se trata del peligro de la pretenciosidad del “yo” que no se ha mirado en, desde, por, con los ojos del otro, en cuya pupila reside la libertad que nos da no sólo las alas, sino también el viento.


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17
Oct
2013
Yoyear
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Contemplado las ruinas de un monasterio abandonado, anota en su blog un amigo -él se declara no creyente- que los hombres que allí vivieron no se hicieron monjes para encontrarse consigo mismos -esa manía contemporánea- sino para encontrarse con Dios. Subrayo que él no cree en Dios.

 

 

Esa manía contemporánea, me recuerda otro blog, quizá no sea sólo contemporánea, pero hoy en día prolifera la necesidad de encontrarse con algo al fondo de nosotros, como hiciera San Agustín. Si no fuera porque el Santo de Hipona sólo se encontró con los más profundo de su corazón cuando se encontró con Alguien, distinto de él, más profundo que lo más profundo de sí mismo y, a la vez, más elevado y diferente que lo más lejano de sí mismo.

 

Y es que, dando un repaso, las ofertas de autoconocimiento y autosalvación por el camino corto, dan, por lo menos, que pensar.

 

Al menos a mí me lo ha dado el programa de un congreso en el que encontraremos mezcladas conferencias y talleres sobre coaching, psicología, psicoterapia, kabbalah, budismo, terapias alternativas, medicina tradicional, medicina china, curación espiritual, taichí, feng shui, yoga, aromaterapia, arteterapia, constelaciones familiares, liberación emocional, musicoterapia, reiki, chakras, flores de Bach, meditación, naturopatía, osteopatía, quiromasaje, astrología, quiromancia, tarot evolutivo, tarot adivinación, tarot terapéutico, aura, mentalismo, hipnosis  regresiva, metafísica, ángeles, ambientación ecosana, programación neurolingüística, ciencia perdida de la Atlántida, energía qi, método Yam-ya de reconexión a la energía de los ancestros y liberación de memorias antiguas, astroenergética, quiroenergética, biorritmología y biomagnética.

 

Tanta sabiduría junta se vende a 9 euros por un día o 12 por los dos días de feria si se compran las entradas anticipadamente.

 

No tengo competencia ni conocimiento alguno como para valorar estas propuestas. Y además, mi formación tomista me invita más bien a pensar que en todo puede hallarse algún destello de verdad, si se busca con nobleza. Pero reconozco que muchas de estas -¿cómo llamarlas?: “¿artes?”- me suenan a enrocamiento sobre uno mismo, a autosuficiencia espiritual, a “yoyeo” revestido de palabros.

 

Me quedo con la necesidad de profundidad y liberación que denotan. Siempre, no obstante, creeré que la salvación, la felicidad, la libertad y la paz perdurables vienen por el encuentro con el diferente y, para quien quiera más, con el Totalmente Otro.


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8
Oct
2013
Lampedusa y la palabra
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Según la leyenda, Francisco de Asís recibió en su cuerpo las mismas llagas, en las manos, los pies y el costado, que Jesucristo recibió en la cruz. Se dice que así, de este modo, el hombre que en la historia más se pareció a Jesús de Nazaret llegó a la identificación total con el crucificado experimentando sobre sí el dolor mismo de la tortura de la cruz. Siempre he descreído bastante de estas leyendas…

 

 

…pero no de su significado.

 

Cuando la tragedia que se cierne sobre el inocente es tan descomunal, parece que las palabras no llegan y que otros signos se requieren. En la crucifixión Jesús se identifica con todos los inocentemente torturados y ejecutados de la historia, antes y después de él. El grado de acercamiento a los sufrientes, víctimas y perdedores de este mundo es extremo también en el pobre de Asís.

 

He pensado esta tarde en el momento de agonía de los doscientos hombres que viajaban en las bodegas de la barcaza hundida en Lampedusa. Eran, de entre los pobres, los más pobres, los que no habían pagado lo suficiente como para viajar en la cubierta. Aprisionados en la bodega, su hundimiento es el hundimiento de los ya hundidos. ¿Cómo puede decirse esta sobredosis de injusticia y de horror? ¿Cómo se expresa la asfixia hasta la muerte?

 

La conclusión de una tarde triste me dice que no hay más respuesta que la de hacer, con esperanza y con convencimiento, lo que hay que hacer. Comprometerse. Actuar. Porque además me parece inmoral convertir lo intolerablemente injusto e incomprensible en materia de literatura. Callar, no obstante, es más intolerable aún. Llorar, insuficiente. A los que no recuerda la historia –sobre sus ataúdes no hay un nombre siquiera, sólo un número escrito con rotulador- los debe recordar la literatura.

 

Y he recordado tristemente un poema que no me gusta demasiado pero que quedó escrito y publicado. Es propio y necesario a la poesía buscar las formas que, más allá de las palabras cuando estas son insuficientes, expresen en los límites del lenguaje lo que desgarra y rompe al lenguaje mismo. Juan Gelman lo hacía hiriendo la sintaxis y el cuerpo mismo del poema. Al igual que las llagas de Francesco -que eran las llagas de los inocentes- dolían en su cuerpo desnudo entre los lobos y la nieve, sus amigos.

 

A veces los márgenes del poema quieren ser una playa para los cuerpos vomitados por el mar, el mar de un sueño nunca alcanzado y sí trampa mortal.

 

Italia dará la nacionalidad a los ahogados. Un sarcasmo, una crueldad tan vergonzosa como cualquier programa de alguna cadena de Berlusconi.

 

Siento vergüenza por las leyes contra la inmigración de una Europa de la que soy ciudadano. También por eso este poema, sin casi alcanzar a ver en su momento el alcance del recurso, al final de sí mismo se volvía contra sí mismo y contra el poeta que lo había escrito movido quizá por la vergüenza y por la culpa. En días como este la palabra se vuelve nuevamente contra el poeta con más indignación. Pero sería vano y vanidoso regodearse en la indignación cuando el horror real desborda el dolor escrito. Así es que me vengaré armándome de esperanza, que nunca es, no puede ser, irascible ni retórica. Un poema ha de ser siempre un primer paso. No más, pero no menos.

 

Nos queda la libertad de decirlo y la esperanza de seguir diciéndolo. Aquí lo dejo, en este otro mar de las noticias que devoran con vértigo y olvido.

 

 

Las profundidades del mar escupen hombres
ya muertos o camino de la muerte
como mi corazón me escupe a mí.

 

No es asco lo que el mar siente en su fondo:
su única manera de salvar lo perdido.

 

No sé si un sentimiento similar
tiene mi corazón al vomitarme.

 

Lo único seguro es que sus muertes
no pueden compararse con la mía:
yo muero de estar muerto, me muero de mí mismo.

 

Varones de dolores, magullados
de sal, hermanos míos
sufriendo mi silencio.
Despojos de la mar, dolor oscuro
me una a vuestra piel. Pido perdón
por esta pena chica
de un pobre corazón que ya está lejos
de mí, libre de mí,
posiblemente navegando
tan indocumentado que tan sólo,
tan sólo es corazón sobre la playa.

 


…y tú, mientras, Antonio,
estúpido hijo mío,
hablándole a tu voz.

 

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24
Sep
2013
La velocidad del sueño
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No suele sucederme muchas veces quedarme quieto y no querer pasar la página. Desear leer otro poema pero que no acabe el libro. Que perdure el sentimiento de armonía -una confluencia de claridad inteligente y paz cordial felizmente convocadas- y, a la vez, la necesidad de ir más hondo en el ilegítimo paso de conocer más al poeta, de pasar de lo que el escritor nos ofrece a la que es su persona.

 

 

No suele sucederme muchas veces, pero aún estoy inmerso en el asombro que “La velocidad del sueño”, el último libro de Juan Pablo Zapater, ha despertado en mí.

 

Estamos ante una obra de plena madurez vital y literaria. Al final de estos 30 poemas descubrimos lo que más o menos acabamos reconociendo al final de nuestra propia vida: que todo lo que ha sido, en realidad no ha sido casi nada –incluidos nosotros mismos-; que la vida ha pasado como un sueño y que cuanto en ella hemos ido persiguiendo ha sido inalcanzable y lo seguirá siendo -ahora que avistamos la meta- porque todo en esta vida-sueño corre y huye a la velocidad del mismo sueño:

 

Y entonces te das cuenta
de que no existió el bosque, ni esa extraña
silbada melodía, ni aquel ciervo que nunca
corriendo alcanzarás, pues huye y huye
con la velocidad del sueño.

 


Juan Pablo Zapater tiende ante nuestros ojos poemas limpios y sin arruga en los que nada sobra ni falta; poemas largos de patronaje impoluto. No hay alarde innecesario más allá del de invisibilizar la propia mano para dejarnos una sensación de sencillez que tiene, en realidad -cómo no- muchas horas de oficio tras de sí. Hacer fácil lo difícil y hacer aflorar en nuestra piel las cosas más profundas: el paso del tiempo, la pérdida del hijo, el carácter irremediable de algunos de nuestros actos, el valor infinito que late en el don de las cosas más cotidianas, la contemplación de cuanto nos rodea con mirada futura, esa mirada que un día, destruido, recordará este mundo como el paraíso que es sin que en el presente hayamos reparado en ello.

 

 

 

Y me duele admitir aquellas faltas
que el tiempo recrudece en la memoria,
algunas por no haberlas evitado,
las otras por no haberlas cometido.

 

“La velocidad del sueño” es uno de los libros que más admiración me han despertado en los últimos años. Y lo recomiendo a sesudos y sencillos, paganos y creyentes, poetas y desertores del verso.

 


MILAGROS COTIDIANOS

 

Amanecer envueltos de otro mundo
en el santo sudario de los sueños.

 

Caminar sobre el agua de los días
sin hundir nuestros pies en la tristeza.

 

Echar con fe la red al mar oscuro
y capturar la luz que allí se esconde.

 

Multiplicar el aire y repartirnos
una hogaza de sol cada mañana.

 

Imponer una mano en nuestra sombra
para así acariciar su imagen pura.

 

Devolver la mirada al niño ciego
que nos guarda la flor de la conciencia.

 

Ungir el corazón con el aceite
que sana las heridas más profundas.

 

Vencer la tentación aunque sepamos
que el ángel y el diablo son amantes.

 

Oír al mudo amor y ver el tiempo
que baila sin pareja a nuestro lado.

 

Levantarnos y andar hacia la vida
cuando nos dan por muertos.

 

Anochecer creyendo en quienes somos
sin apenas habernos conocido.

 

 

 Juan Pablo Zapater, La velocidad del sueño. Renacimiento, Sevilla 2012.

 

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