Hay que estar atento a las necesidades de los hombres, a los que hay que iluminar con la Palabra de Dios
Fr. Martín Gelabert

El atril

Blog de: Fray Antonio Praena Segura, OP / Sobre el autor

Humillada esperanza

miércoles, 30 de noviembre de 2016 | Hay 2 comentarios

Están sucediendo cosas que hace una década nos parecían impensables. Y lo inaudito es que haya un gran número de personas que, compartiendo lo preocupante, nos sintamos un poco paralizados sin saber qué derroteros seguir, qué se mueve al fondo de las cosas, así como perplejos y dispersos en variadas formas de respuesta.

 

Se lo escuché a Ana Noguera la semana pasada al clausurar el foro de la Fundación Hugo Zárate. Antes de ella había intervenido Cayo Lara, de cuyas palabras, con la sinceridad y la libertad de no hablar ya en representación de ninguna organización pero fiel a sus principios de siempre, destaco que la mayoría de los numerosos datos que comentó provenían de Cáritas.

 

Pero quien me hizo pensar fue mi querida Ana. Desde su experiencia como exconsejera de la Generalitat y con una fuerza verbal que le da, sin duda, su talento como poeta, subrayó que lo pasmoso de este tiempo es descubrir cuántas cosas podrían hacerse y no se hacen.

 

Podríamos acabar con el hambre: hay medios; podríamos erradicar millones de muertes con sencillas vacunas y no se erradican; podemos crionizar cuerpos humanos a la espera de una absurda y mal llamada resurrección científica y, sin embargo, no podemos impedir que los niños se ahoguen en el mar desasidos por las olas de la mano de su padre en la huida de guerras espantosas. Partidos políticos de corte neonazi gobiernan en países de la culta Centroeuropa y suben como la espuma en la Francia de las libertades. Nuevas vallas se levantan; viejos conflictos raciales se despiertan.

 

No hay grandes referentes morales -al menos el Papa Francisco es una voz comprometida y libre-.

 

Tampoco intelectuales: hace unos días, en el trascurso de una cena de amistad, nos moríamos de risa -por no decir de pena- comentando las listas de poemarios más vendidos, convertidos ahora en “suvenires intimistas sensibleramente peor que mediocres para adolescentes con frío” -alguien dixit- en suplementos culturales vendidos al negocio y al amiguismo. Y eso por hablar sólo de poesía, que es a lo que uno se dedica.

 

En fin: que irremediablemente asomaba el estado de salud de la esperanza. “Yo doy clases sobre la esperanza, pero eso sí, teologal, que es algo muy distinto a lo que vosotros entendéis por esperanza” -espeté a mis colegas-. Y añadí: “de todos modos, también la literatura ha humillado a la esperanza, al sumir que no había que esperar lo que era una inminente conquista del convencimiento, de la revolución y del talento creativo”. Me miraron raro. Yo mismo me sentí bastante idiota.

 

Pero claro, al día siguiente había que volver a clase y no tenía más remedio que reponerme. ¿La esperanza? Sí, la esperanza. Hermana olvidada entre la fe y el amor. Y, sin embargo, todo está muerto sin ella. ¿Qué es amar sin esperanza? ¿Qué creer que no se espere? Quién prefirió el convencimiento a la esperanza, ¿qué siente hoy?: verdades rotas en sus manos.

 

 



El derecho al asombro

sábado, 19 de noviembre de 2016 | Hay 3 comentarios

 

Algo empieza a estar muerto, en la literatura y en la vida, cuando dejamos de asombrarnos. Alguien lo dijo mejor, testimoniando qué pocas cosas le hacían ya volver la cabeza para mirar. Es como un río que se seca: sin arrastrar nada, todo se lo lleva consigo.

 

Tiene el hombre derecho al asombro. Y lo tiene el lector. Por ello hay autores a los que tardo en regresar: para no perder, precisamente, el asombro. Es el caso de San Juan de la Cruz. He tenido que volver a leerlo y ha sido nuevamente el asombro. Pero esta vez por algo previo a consideraciones e impresiones. Asombro por el hecho mismo de su estar ahí.

 

Que exista un autor que es cima de la espiritualidad y cima de la poesía; que converjan estas dos dimensiones; que sea posible -y no solo posible, sino algo real y culminante- que un hombre absolutamente evangélico sea un hombre absolutamente poético, me ha vuelto a despertar el asombro.

 

Porque cuanto más se adentra en el seguimiento radical de Cristo, más intensa, más perfecta, más arriesgada se hace su poesía. Es algo a reivindicar en el contexto de acercamiento entre fe y cultura.

 

No es vano razonar esto según uno de los principios fundamentales de la teología de Santo Tomas de Aquino, “la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona”.

 

La acción de la gracia de Dios, la acción del Espíritu Santo en la vida del hombre, no ha de conllevar, mejor dicho, no puede suponer en ningún caso, la mengua o la pérdida del ejercicio de sus dones naturales. Todo lo contrario: la acción profunda y verdadera de la gracia de Dios en el hombre ha de llevarlo a desplegar, potenciar, perfeccionar y plenificar las luces que en la naturaleza le han sido dadas: su inteligencia, su sensibilidad, su libertad, su sabiduría y, por supuesto, su creatividad.

 

Frente a espiritualidades del miedo y de la coacción en las que el ser humano cada vez queda más empequeñecido, anulado o atemorizado por la acción de Dios -una acción que dudo sinceramente sea la verdadera presencia de Dios, pues muchas veces se trata sólo de una experiencia religiosa alienante, insana, inauténtica-, yo encuentro en el sencillo y asombroso hecho de la existencia de la poesía de Juan de Yepes una prueba de la maravillosa correspondencia y armonía entre el plano de la gracia y el plano sobrenatural.

 

Tanto más cuando, como expresamente revela Juan de la Cruz, esos dones son para los demás, así como para ensalzar y embellecer la ya hermosa creación.

 

San Juan de la cruz no es peor escritor por el hecho de ser más santo, sino que, cuanto más se adentra en la espesura de la santidad, más crece la intensidad, la perfección, la luminosidad y sabiduría de su poética, no solo en lo que se refiere al contenido sino, y ahí lo deslumbrantemente asombroso, en lo que se refiere a la forma, al modo de escribir.

 

La acción de la gracia no sólo produce una obra santa, sino un estilo literario original y desbordante.

 

La sola presencia y figura de la obra sanjuanista es una irrupción del Espíritu Santo en el lenguaje de los hombres de la única forma en que el cristianismo puede concebirlo: plenificando, perfeccionando, aquilatando, llevando a la máxima expresión aquello en lo que se ha encarnado.



En parte donde nadie parecía

jueves, 03 de noviembre de 2016 | Hay 3 comentarios

 

Nos preparamos para la semana sanjuanista de Úbeda, donde compartiré actividades con la fotógrafa Ouka Leele y el coreógrafo y bailarín Omar Meza. He pensado comenzar de este modo mi intervención titulada "Noche de amor viva".

 

"Yo, por entonces, era un estudiante de bachillerato. Andábamos leyendo a Fray Luis de León y a San Juan de la Cruz. No era la primera vez que leía a San Juan de la Cruz. Pero en esos años, que recuerdo neblinosos, una pulsión viva se tensaba dentro de mí al contacto con los versos del “Cántico espiritual”. Así es que, en un extraño arrebato de futuro, me dije: “si alguna vez soy cura, seré carmelita, pero jamás seré dominico, porque los dominicos son inquisitoriales y malvados”.

 

Vino después el estudio de Marx, de Nietzsche y la neblina adolescente se convirtió en sombra coagulada. Leí, además, “San Manuel Bueno, mártir”, de Unamuno, esta terrible novela en la que un sacerdote ha perdido la fe. Don Manuel sabe -sólo él y muy pocos lo saben- que ha perdido la fe, pero continúa siendo a los ojos del pueblo un hombre de Dios, santo, bondadoso y párroco ejemplar que, sin embargo, conoce -sólo él conoce- la falta de esperanza que habita su corazón mientras vive el drama del que ya no cree y, en cambio, es un ejemplo cristiano para los demás.

 

Así es que, nuevamente hacia mis adentros, me dije: “no quiero que esta sea mi historia”.

 

Y, de este modo, el despunte de vocación y de inocencia que desde niño me había acompañado se fue muriendo, se fue extinguiendo ahogado por el miedo.

 

Dios, cuando yo menos lo esperaba, se me puso delante donde yo menos lo esperaba a través de alguien que yo no esperaba. Y sucedió aquí, en Úbeda, pocos años más tarde."



Sentimentalismo y muerte

martes, 01 de noviembre de 2016 | Hay 0 comentarios

No es este un blog de teología. Nació como espacio para el arte y la cultura en su relación con la fe cristiana. Por eso a veces hay que transitar el puente en ambas direcciones. Esta vez, partamos de Instrucción Ad resurgendum cum Christo, donde la Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda -no inventa nada: simplemente extrae algunas consideraciones- algunos aspectos respecto a la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas.

 

Hay que tergiversar mucho las cosa para anunciar, como algunos medios han hecho, que este documento prohíbe la cremación. Se deja bien claro: la iglesia no prohíbe la cremación. En nada contradice ésta la fe en la resurrección de los cuerpos, que no es una creencia infantil en una reviviscencia burdamente materialista de tejidos y huesos.

 

El fondo del documento -y es lo que me importa- viene al caso de la que es la más sincera y sencilla fe cristiana: el cuerpo no es cualquier cosa. El cuerpo es digno fruto de la mano del creador y con dignidad ha de ser recordado y venerado, porque en ello no sólo damos cuenta de la que es nuestra esperanza final sino del que es nuestro modo de estar en la realidad y en el mundo.

 

Y en ese sentido, no todo vale; al menos, no todo expresa adecuadamente la que es la esperanza cristiana y su fe en la dignidad corporal y en la creación misma.

 

Mis amigos poetas -mis amigos más amigos de tantas horas de belleza- ya estarán poniéndome a caldo. (Nos queremos porque, en el fondo, nos encanta pensar distinto en tantas cosas). Pero no, no somos, en instancia última, polvo que se pierde en el polvo. No somos tampoco absurdo y nada que hay que disolver en nada. No somos sólo y resumidamente parte de la mar, ni del aire ni del fuego, por más estético que resulte. Somos todo eso porque somos mucho más, analógica e incalculablemente más. Y esa forma de entender la muerte no puede estar ausente en nuestra forma de entender la vida y de hacer presente la muerte en nuestra vida.

 

Nuestros ritos son símbolo y son realidad. Y mucho más habría que decir respecto a ciertas modas, porque no pocas veces son razones de bazar esotérico y sentimentalismos más bien cursis y hasta insanos sicológicamente, los que nos llevan a custodiar en el salón la ceniza con las urnas del ser querido, a repartirlo entre familiares o a convertirlo -reducirlo- en una joya, un colgante, un anillo de recuerdo. No me hace gracia alguna pensar que mis restos, mis cenizas, acaben convertidos -precio caro- en un brillante colgando en un escote.

 

En este punto, prefiero las razones del ateo coherente que las inconsistentes retóricas que afirman que nuestros seres queridos muertos nos acarician con el ala de la mariposa, con las flores de buganvilla de la terraza o con el arco iris. Más respetable me parece el ateo que nada tiene que teorizar a este respecto por coherencia con sus ideas que quien se refugia en vagos sentimentalismos sincréticos. La inteligencia es más digna que todo eso.

 

Una estética del respeto y la coherencia exige no banalizar algo tan serio como la muerte. Porque nuestra relación con los muertos en el fondo habla de nuestra relación con la vida y, en última instancia, deja su huella en nuestra relación con los vivos, nosotros.



Un Nobel para Fangoria

sábado, 15 de octubre de 2016 | Hay 1 comentarios

Una lejana pariente los lucía orgullosa en su salón. Encuadernados en cuero negro y letras doradas, aguardaban una futura jubilación para ser leídos. No sé si desde entonces -hace ya bastante de aquel salón de “petit point”- habrá actualizado todas aquellas obras completas.

 

Me pregunto, en todo caso, si para completar la colección no habrá de encuadernar el último Nobel de literatura en formato mp3. Si, cuando vaya a buscar las obras completas de Bob Dylan, no la enviarán a la sección de discos. Si, en mi próxima visita, no me comentará que en el volumen tercero de las obras del último Nobel ha descubierto un “temazo”.

 

A mí me parece bien este giro de guion de la Academia sueca para despiste de señoronas que muestran, como prueba de nivel cultural y social, los volúmenes de autores cuyos nombres no sabemos pronunciar ( Sully Prudhomme, Verner von Heidenstam, Karl Adolph Gjellerup, Henrik Pontoppidan, Wladyslaw Reymont, Frans Eemil Sillanpää, Pär Lagerkvist…) pero que han ganado el Nobel y están reunidos en su salón.

 

Porque hace tiempo que está desdibujada la frontera entre alta cultura y cultura popular. Preciosas y costumbristas acuarelas enmarcadas en brillante neobarroco y vendidas en galerías para nuevos ricos no pueden compararse con grafitis cuyo formato discontinuo y callejero no puede ser enmarcado ni adquirido.

 

Y con la literatura igual. La poesía -este último es, una vez más y serán muchas, un Nobel poético- nació como canto callejero. Ahí están Homero, los juglares, los Serrat. Encontrar un lenguaje poco grandilocuente y unas imágenes renovadas es, para un poeta, un quebradero de cabeza.

 

Lo fácil es ponerse altisonante y repetir mitos o paisajes de “insuperable grandeza”. Pero utilizar una bolsa de plástico arrastrada por el viento, una grúa, un arcén de carretera sucio para hablar de la vida, no parece tan evidente. Al menos para gente que quiere ser tenida por culta.

 

Y este Nobel a Dylan parece significar eso. El problema surge cuando piensas en los candidatos que se han quedado sin él; en si este premio, que debería consolidar y dar a conocer patrimonios literarios que merecen universalizarse, no cae, de este modo, en una cierta táctica efectista. De hecho, lo ha conseguido: todo el mundo habla del Nobel y no sé cuántos hablan de la poesía de Bob Dylan.

 

Por eso -y ahora me permito yo el giro de guion-, mi pregunta es si realmente el Nobel es tan importante. Si, en versión ultra actualizada, no somos todos un poco como mi pariente y, dándonoslas de modernos, no nos movemos, como ella, un poco a golpe de premio famoso, de letra dorada, de actualidad cultureta.

 

Y no porque no haya buenos libros o discos premiados, sino porque hay autores y artistas de gran calidad más allá de lo mediático y el reto es descubrirlos, hablar de ellos, reconocerlos y compartir una obra que puede enriquecernos.

 

Pero claro, para eso hay que leer, visitar exposiciones fuera de circuitos, escuchar más allá de los 40 principales.

 

Me pregunto si el próximo Premio Cervantes no estará entre los discos de otra pariente admiradora de Sara Montiel. Y quien dice Sara, dice Fangoria.



Tráfico de experiencias

jueves, 06 de octubre de 2016 | Hay 3 comentarios

 

Visto en uno de esos programas que descubro cuando estoy de viaje. El programa en sí me ha gustado: refleja situaciones muy distintas y, sin juicios, sutil e inteligentemente, los realizadores nos van mostrando aspectos de la actualidad que son elocuentes por sí mismos.

 

El capítulo en cuestión trataba de la industria del lujo, un sector que, al parecer, en plena crisis, no ha hecho sino crecer. Paradoja primera: la crisis ha creado ricos más ricos y pobres más pobres.

 

La cuestión es que el nivel de derroche de estos ricos resulta escandalosamente inmoral. Y así, una de las líneas de investigación que el reportaje seguía se centraba en una “diseñadora de tés”. Esta mujer diseña tés que ella previamente ha seleccionado en los lugares más remotos y a partir de los cuales realiza sus mezclas. A continuación, ofrece estos tés a personas de alto, muy alto nivel adquisitivo. Los presenta y ofrece en el hotel más caro de Madrid. Los precios oscilan entre los 300 y los 2.000 euros el kilo. Para ello realiza degustaciones que no se llaman degustaciones, sino “experiencias” de tés. El adjetivo “exclusivo” y todos su adverbiales es la palabra más repetida. Algunas de estas “experiencias de té” se organizan en habitaciones cuyo alquiler puede ascender a los 4.000 euros.

 

El caso es que las cámaras han asistido a una de estas catas que no se llaman catas. Tres invitadas han sido recibidas por la diseñadora de tés. Una de ellas, con rostro entre Yoko Ono y Piero della Francesca, es bloguera de vinos; otra, ataviada con lazos y flores en el pelo cual personaje salido de un cuadro de Frida Kahlo, es artista, no sé de qué, que a veces aquí cabe todo. La última se ha presentado como filósofa y ensayista. Llevaba una chaqueta que yo juraría ha salido del taller de Varela. Era la más lista y ha realizado un comentario interesante. En su opinión, una de las demandas más importantes del hombre de hoy es la demanda de experiencias. Las personas quieren experiencias y están dispuestas a pagar por ellas lo que sea. Pero como es filósofa y conferenciante, ha matizado: no todas las experiencias que se ofrecen son tales. Muchas están vacías de contenido. No es el dinero el barómetro de calidad de las mismas, sino algo, una presencia que hay detrás y que les da o no su calidad. Para esta ensayista, “son los intangibles lo que crean tangibles, y no al revés”. Total, que ha querido señalar que, por más lujo que las envuelva, lo que cuenta es lo que hay en el fondo, “algo intangible” que ella, casualmente, tiene la habilidad de descubrir.

 

Han tocado la guitarra, han sonreído desde unas facciones operadas, se han besado, han olido el té con los ojos cerrados y, después -si no antes: eso no lo ha filmado la cámara- habrán pagado una enjundiosa cantidad por la “experiencia” del té. Pero ahí han quedado las palabras de la conferenciante, cuya acertada reflexión sobre tangibles e intangibles, dado el contexto y el precio, me pregunto yo si no le habría resultado más acertado formular tomando el té, por ejemplo, en un descanso de algún hospital de la india -¿será por té?- ayudando a las Misioneras de la Caridad. Y eso por ir lejos.



"Regreso a casa"

lunes, 03 de octubre de 2016 | Hay 1 comentarios

Más de un regreso. Vuelve Gong Li. Los años que han pasado por la actriz china la han embellecido aún más, precisamente porque la alejan del artificio y acentúan en su rostro una tensa iluminación dramática. Gong Li es toda la tormenta: la suavidad de las nubes y la descarga del trueno, la oscuridad impenetrable y el primer rayo de sol. Una debilidad capaz de destrozarte y una brutalidad que te serena.

 

También Zhang Yimou vuelve a sus orígenes. Con “Regreso a casa”, esta su última película -fugaz por salas españolas, para qué quejarnos ya del desfondamiento cultural de este país- se aleja de la grandilocuencia visual de sus recientes producciones para abrazar de nuevo la simplicidad. Eso sí, una simplicidad con muchos recursos económicos y una crítica política tolerada por el régimen comunista que, de perseguir sus obras, pasó a encumbrarlo y hasta mimarlo.

 

Pero lo que importa es el contenido y la forma en cuanto obra de arte, pues no son la marginalidad ni la oficialidad la medida del talento. Cuando hay talento, lo que queda es lo que la obra tiene de verdad y de arte. Y en “Regreso a casa” volvemos a encontrar cine mayúsculo, soberbio, único, inconfundible: Zhang Yimou del que nos gusta.

 

Este es el argumento: el preso político Lu Yanshi es liberado cuando termina la revolución cultural. Denunciado y repudiado por su propia hija, tras la liberación descubrirá que la persona que nunca le traicionó y que lo esperó día y noche ya no lo recuerda. Su esposa (interpretada por Gong Li como si desde la cinta se ausentara de la cinta) sufre amnesia y, pese a estar él ya a su lado, acude todos los meses a esperarlo. Nada puede hacer Lu para que ella lo reconozca, por lo que, finalmente, acude junto a ella a esperarse a sí mismo en su regreso.

 

No es principalmente una historia de amor lo que nos cuenta la película. Tampoco se queda en una reflexión sobre la enfermedad o la amnesia. Se le puede atribuir un alcance ideológico que puede derivar en político al hablar de una reconciliación nacional que no es tal, toda vez que se intenta obviar la historia y pasar página sin reconocer los errores y los abusos, las secuelas de la represión y la ausencia de catarsis de las vidas truncadas.

 

Lo que tenemos aquí es la irrenunciable necesidad de esperar algo después de que lo arrancaron de nuestra memoria. Una película sobre las enfermedades de la esperanza, toda vez que ha sido sometida a manipulación, barridos o reconducciones. En todo caso, al final, el amor, porque la caridad todo lo espera, será quien espere con quien espera y no puede reconocer su objeto.

 

 

 

“Regreso a casa” ofrece momentos de verdadero cine, de verdad universal sostenida sobre lo más concreto, inintercambiable e íntimo de sus personajes. De ahí que numerosas secuencias alcancen un valor épico. Y, por supuesto, esta película nos devuelve al Yimou más genuino y poético, pues, en su manera de mirar y mostrar, algo ocurre más allá de lo que en el instantáneo fotograma podemos comprender.



Abbas Kiarostami

lunes, 11 de julio de 2016 | Hay 0 comentarios

Ha muerto Abbas Kiarostami. Esto de las redes sociales ha desenfocado estas cosas: todos los días la pérdida de algún famoso -no sé si Kiarostami era un famoso- es trending topic. Y hasta nos ponemos un poco retóricos y patéticos. Parece que nos importan tantos hechos, que, al final, tanto importar ya no tiene importancia.

 

Pero a mí sí me ha dolido esta pérdida. Me enseñó a mirar de otra forma y en otras direcciones. Me enseñó que, aunque la banalización y curiosidad campen a sus anchas por el mundo y por las vidas, hay un espacio donde nunca entrará la cámara, un santuario donde nuestro misterio es fuente de creación con tal que aceptemos su carácter misterioso, inaprensible para nosotros mismos.

 

En sus películas aprendemos que no todo está visto si perseveramos en la simplicidad. Que en la más insignificante vida se está narrando una historia que hace avanzar el mundo, aunque sea lentamente y apenas un puñado de limpios de corazón sean testigos del milagro.

 

Puede tratarse del niño que, hasta entrada la noche, recorre las aldeas en busca de su amigo para devolverle un cuaderno olvidado. Abbas resuelve la historia de la forma más simple y nos obliga a pensar como sólo un niño pensaría.

 

Puede tratarse de la historia de quien recorre a la deriva caminos y en su trasiego, cuya causa ignoramos, las historias de las vidas de los otros nos salvan de la decisión de suicidarnos. Pocas veces he tenido la certeza de estar tan cerca de la realidad y de la inocencia, la pureza.

 

Su manera de enfocar es contemplativa. Intuimos detrás horas infinitas, horas en las que dejar quieta la cámara hasta que surja el milagro, lo imposible de decir si tratamos de extraerlo, de conducirlo, de dirigirlo. Kiarostami es un director que no dirige. A lo sumo ordena y destila lo que las cosas dan de sí. Y, aunque sabemos que esto es imposible y que la ausencia de intervención es sólo apariencia, su gran logro es presentar como verdad la verdad por el camino de la espera.

 

La inocencia de los niños proviene de quien se hace niño. Sus actores no profesionales son más convincentes que cualquier interpretación. Y luego están la poesía y el camino. Porque muchos minutos de su metraje suceden en camino, a bordo de un coche. Es un cine en éxodo. Por las ventanas se cuela la crítica social más sincera sin necesidad de elaborar un discurso, sin necesidad de juzgar o elegir. De ahí su peligro para el régimen iraní. Pero también para nosotros.

 

Finalmente, la poesía. Algo intangible en las imágenes. Nada tan a ras del mundo y, sin embargo, tan empapado de misterio, de otra cosa que nunca acertamos a expresar en un lenguaje lógico.

 

En “Yo he querido ser grúa muchas veces” le dejé un poema. Lo pongo en imagen. Pobre tributo por tanto recibido. Que su Dios y el mío le hayan premiado por no haber dejado en barbecho los dones recibidos. Por haber dignificado la tan corruptible condición artística. Por haber ligado dignidad humana y poesía por el camino de la luz que se mueve, que es el cine.

 

 

 



Si Dios quiere

martes, 28 de junio de 2016 | Hay 0 comentarios

Como película no es gran cosa, más bien es una mala película. La comedia italiana “Si Dios quiere” parte del conflicto que se desata cuando el hijo de un prestigioso cardiólogo marxista comunica a toda la familia su intención de ingresar en un seminario para hacerse sacerdote.

 

Pensamos que este será el argumento principal, tratado con un humor que, sin ser demasiado fino, recurriendo incluso a gags previsibles, resulta efectivo y nos arranca unas cuantas carcajadas. Pero a mitad del metraje la atención se traslada a la amistad que el médico entabla con el sacerdote a quien este acusa de responsable de la vocación de su hijo. La cosa es sencilla: el padre del muchacho vocacionado trata de acercarse al religioso que ha influido en su hijo para encontrar algo en su vida con lo que desacreditarlo e impedir así que el joven siga adelante con su intención de entrar en el seminario.

 

El giro de guion viene a poner de manifiesto una realidad no menos interesante. La de esa generación que un día tuvo ideales comprometidos social y políticamente y que, con el paso del tiempo, ha acabado vistiendo trajes a medida de 1.200 euros y un día, muy a pesar suyo, se da cuenta de eso que José Emilio Pacheco retrató en dos versos: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.

 

Cuando el hijo expone que antes se sentía perdido, que nada le importaba, pero que ahora tiene ilusión, ha encontrado algo que le hace feliz, los miembros de la familia parecen lanzarse en busca del sentido de su propia vida. La madre, que fue activista en los 70, de repente quiere revitalizar sus ideales, dejar de ser la mujer florero que organiza cenas glamurosas y adopta telemáticamente niños en África, para implicarse en los movimientos sociales tan ahora vivos en Italia como en España. Claro, que todo le quedará un poco grande; está desfasada y fuera de lugar. La hija mayor, que tiene pocas neuronas y es muy pija, se anima a leer el Evangelio y, tras prepararse un batido, ponerse sombrero, bronceador y mullidos cojines -está tan ilusionada que no quiere que nadie le cuente el final de la historia de Jesús de Nazaret-, se atasca en la primera página de lectura.

 

El cura es simpático, carismático, inteligente y está interpretado por Alessandro Gassman. Así es fácil ¿quién no quiere ser como él?

 

Pero estamos ante una comedia italiana y, la verdad, dentro del buen momento que vive el cine italiano, hasta una película tan flojita como esta tiene su aquel. Porque, más allá del arranque a propósito de la vocación religiosa -que podría haber dado más juego afinando los chistes o diferenciándose de una mera serie de videoclips cómicos-, aparece por aquí uno de los problemas de fondo de nuestro tiempo: las contradicciones que nos llevan a ser marxistas de filosofía, capitalistas de cartera, clasistas con el servicio, solidarios a distancia y, en fin, seres perdidos en nuestro laberinto de inercias.

 

Es el vacío de ideales, el olvido de las razones y las pasiones que nos movieron un día, la ausencia, al cabo, de algo tan imprescindible como la vocación y la esperanza lo que está al fondo de esta comedia.

 

Vale la pena verla, reírnos un poco de nosotros mismos -buen principio para cambiar- y pensar en la vida, la muerte, la fe y nuestras contradicciones, aunque sea en plan palomitas y refresco, pues no siempre hay que estar cultos, estupendos y metafísicos.

 

 

 

 



El olivo

sábado, 11 de junio de 2016 | Hay 2 comentarios

Icíar Bollaín resulta interesante casi siempre. Incluso cuando elige un camino de subrayados previsibles que podrían acabar en el panfleto, los temas que propone no nos dejan indiferentes. A Bollaín se le agradece, sobre todo, lo bien superada que tiene la dialéctica que en otros autores aún contrapone ética y estética, modernidad y tradición, realismo y utopía.

 

Siempre me he preguntado por qué una historia concreta, esta historia cualquiera, llega a convertirse en novela, poema, película. Uno de los aspectos que hoy se estudia en diversas disciplinas artísticas es no tanto la inspiración como los procesos creativos. Hay tantos como artistas y autores. Ese seguimiento de procesos creativos trata de centrarse no tanto en el artista desde el punto de vista de alguien con “genio” o “talento”, como en la relación de éste con la realidad, el tiempo y los otros.

 

¿Cómo llega, por ejemplo, un hecho histórico como el sermón de Montesinos -la homilía que en 1511 denunció el trato dado por los encomenderos a los nativos americanos y que desencadenó una serie de debates que son origen del derecho internacional- a las manos de esta directora y se convierte en una película sobre las actuales políticas comerciales en América Latina? Así ocurrió en “También la lluvia”.

 

Ahora, en “El olivo”, Icíar Bollaín nos habla de algunos de estos árboles que, milenarios, plantados por los romanos incluso, han sido arrancados y vendidos para decorar rotondas, fincas o edificios de grandes empresas. Es una metáfora de la España de estos últimos tiempos. Y, si bien es cierto que esta directora me gusta más cuando sus historias son más pequeñas, cuando las posiciones son menos de manual y de doctrina -sigo prefiriendo su cinta “Flores de otro mundo”, sobre chicas latinas que vienen a habitar pequeños pueblos de la vieja Castilla-, esta nueva entrega me ha dejado huella.

 

Más allá de las intenciones -las mejores intenciones hacen la peor literatura-, me quedo con lo menos previsible de “El olivo”. Posiblemente algunas batallas están perdidas de antemano, pero la victoria no consiste (sólo) en recuperar lo vendido o en derrotar a corto plazo a los goliats de este tiempo, sino en aprender el arte del injerto. Un nuevo orden no se improvisa. No lo habrá sin cultura (también agri-cultura), la cultura aprendida y heredada de nuestros mayores (también nuestros libros mayores).

 

Cultura es eso que nos enseña a distinguir entre precio y valor, entre cash y sentido, entre éxito y dignidad.

 

Por la película desfilan el papel que las redes sociales tienen hoy a la hora de sensibilizar y movilizar en algunos de los procesos de cambio que estamos viviendo. Habla de ecología, de corrupción especulativa, del significado identitario que conlleva la modificación del paisaje, de relaciones intergeneracionales y su reflejo social, de una España que desconoce sus raíces y malvende lo mejor de sí misma.

 

Pero su acierto consiste en girar hacia la parte menor, que acaso sea la más importante: nosotros mismos, cada uno, como persona. De nuestras contradicciones. De nuestra tendencia a colaborar con la parte de nosotros mismos que más daño nos hace y si esto es vencible. De cómo una pequeña rama de olivo será una prenda real de esperanza si sabemos, si hemos aprendido, pues eso, el arte del injerto que, por más centenario que sea, hemos heredado en la manos muy concretas de alguien.

 

Llena de imágenes y metáforas potentes -algunas demasiado obvias-, “El olivo” es una película que debemos ver. Especialmente si nos debatimos -social, cultural, políticamente- entre la apatía o la violencia, entre la resignación o la inmediatez. Tener raíces nos permite ir adelante y hacia arriba. Lo malo es darse cuenta tarde.

 

 



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