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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor

3
Oct
2021
Sin piel
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Sin piel. Javier Lorenzo Candel

Sin Piel. Javier Lorenzo Candel. Ed. Siltolá, Sevilla 2020.


La mejor actitud a la hora de abrir un libro de poemas es la de aceptar que un libro de poemas no sirve para nada.

Afortunadamente, aún existen cosas que salen mejor paradas cuando son excluidas del radio de la practicidad.

Pero una vez liberados -el lector y el libro- de las expectativas utilitaristas, se nos abre el horizonte de las cosas cuya razón de ser consiste en hacernos un poco más felices y buenos. Mejores en todos los ámbitos, especialmente los que tienen que ver con el conocimiento y la ética.

Un libro puede hacernos más sabios y mejores personas. También más creativos, es decir, zapadores que abren caminos y artesanos que inventan herramientas que abrirán más caminos para eso tan afortunadamente inútil que es vivir.

Algo así experimenta el poeta que se adentra en el libro de otro poeta. Las voces escuchadas son las que surten en nosotros nuestra verdadera voz. La originalidad no es más que una escucha hacia el origen, algo que nos lleva a lo más genuino nuestro porque nos ha sido dado por el don de los otros.

A mi me ocurre, por ejemplo, que en algún momento, atascado en los barros de un poema que no acaba de tomar su forma, corrigiendo algo que está mal y no sabes por qué, un ritmo que no respira, una palabra desenfocada, que abres al azar determinados libros y no tarda de nuevo la luz en fluir.

¿Cómo? Pues centrando la atención, despejando veladuras dudosas, devolviéndote al ritmo o poniéndote ante la verdad de las palabras y sus asuntos. Entre los libros que te devuelven al estado de poema yo tengo los poemarios de Javier Lorenzo Candel.

Sin Piel es el último de ellos. En este poemario Javier Lorenzo Candel se desnuda de la propia piel y se muestra y enfrenta a sí mismo, se relee y deja constancia de un ajuste de cuentas personal y literario. Los ideales que quedaron pendientes, la infancia que no ha vuelto a acudir, los hombres que quiso ser y los que no quiso ser y han hecho de las suyas. La soledad, la culpa, el paso del tiempo y su empuje hacia trayectos que no eran nuestro territorio.

Las palabras de Luis García Montero en la contraportada lo dicen mucho mejor: "Sin piel es una toma de conciencia biográfica para habitar la madurez, y una formulación ética y estética de quien necesita la escritura como un ámbito honesto para encontrarse con la verdad. (...) La verdad íntima tiene mucho de enigma, de navegación en la que es preciso orientarse a través de la culpa, el fracaso, el miedo, el amor y la voluntad de vida."

Entre las herramientas que el oficio pone a nuestro alcance se encuentran la elegía y la sátira. Pero también la autoficción como una forma más terrible aún de mostrar la verdad. La recompensa es la honestidad artística y de conciencia. Quizá ese sea el más hermoso regalo de la literatura.

Y enSin pielnos es dado y le es dado a su autor. Tras la lectura del libro precedente a este,Apártate del sol, me gustaba decir que, en un tiempo de cambios vertiginoso y retos morales inéditos, Javier Lorenzo Candel es uno de nuestros más grandes poetas morales. Atribuyo a ello un carácter clásico que enraíza con el estoicismo en sus diferentes presencias históricas y con la dramaturgia en lo que tiene de literatura escrita para que personas delante de personas muestren lo que la persona colectiva puede decir a la persona que somos o que está por venir.

Tras la lectura de este sin Sin piel, no quito un ápice a esta atribución moral, y más bien añado que Javier Lorenzo Candel es también uno de nuestros grandes poetas de la conciencia.

 

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31
May
2021
Homenaje a Miguel Ángel Herranz (Miki Naranja)
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Miki

 

El cielo está llenándose de gente buena, con talento, luz propia, y bella desde todos los ángulos visibles e invisibles.
Pero aquí nos dejan a sus hijos, y sus libros, para que los cuidemos. Porque se lo merecen.
 
Nos han regalado también poemas e historias que inoculan una vacuna contra la tristeza: la fe bien mezclada y sin posibilidad de separarse de la esperanza. Aquilatada en lo díficil. Su amor, en todo lo que amaron y a través de quienes se dejaron querer, es un vínculo lógico, metafísico, divertido  -elíjase la opción- que nos conduce al estado pleno de resurrección cada vez que pensamos en ellos o leemos sus textos. Porque lo hicieron bien y la edad fue breve pero intensa. Su luz está por todos lados y atraviesa las nubes. Si el estilo es la persona, los libros perpetúan un estilo. 
 
Este poema de Miguel Ángel Herranz, Miki Naranja -gracias, fiera-, en memoria de su persona y homenaje de justicia:
 
"Lo más difícil del poema está
en escribir el primer verso,
con suerte, si no se dispone ese día
feroz de ningún talento especial
y después de pelearse contra el papel,
puede uno servirse de un comienzo
ajeno -los hay tan elegantes-
 
y escribir, qué sé yo: "Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde".
 
Dicho esto, o algo similar,
no cabe mucho más que decir y el resto del tiempo,
hasta que se concluya, puede dedicarse
a leer a otros poetas,
a Gil de Biedma, por ejemplo, para no salirse del guion.
 
Porque para escribir, es obvio, primero hay que leer;
lo contrario resulta, en el mejor de los casos,
demasiado atrevido.
 
Se me olvidaba, el quinto verso suele ser oscuro
y esencial:
para solventar este
 
problema, alegremente
y con ciertas dosis de ars poetica,
pueden enlazarse servetesios
 
uno tras otro; o usar a un antiguo amor,
una flor,
una guitarra ,
 
y colocarlos estratégicamente
entre el cuarto y el sexto
a modo de lámpara.
 
Y, por último, no te preocupes, diviértete
y no seas ambicioso, todos escribimos
malos poemas:
 
al cabo, la poesía, como decía Pessoa,
es una manera,
como cualquier otra,
de estar solo.
 
Miguel Ángel Herranz. "Lírica de lo cotidiano". Renacimiento 2019.

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7
Dic
2020
Homenaje a Emilio Rodríguez
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Emilio Rodríguez

Emilio Rodríguez nació en Villar de Adralés, Asturias, el año 1938. Tenía, en el momento de dejarnos para regresar a la casa del Padre, 82 años. Destaco su edad porque el conjunto de su obra nos recuerda que estamos ante un trabajador incansable, no solo en el arte de la poesía, por el que era referente para poetas de generaciones bien dispares en época y estética, sino, y debemos subrayarlo, en el arte gráfico y el dibujo, ámbito en el que desarrolló un estilo propio, reconocible. Podemos encontrar alguna de sus ilustraciones e inmediatamente pensar en él. Creó un universo y hasta una técnica propia, uno de los elementos más valiosos y difíciles que un artista puede aportar.

Era, además, profundamente generoso: llegaba con su cartapacio de obras a tinta, bolígrafo, acuarela -o diversas técnicas a la vez, hasta el empleo de texturas manufacturadas del papel y los textiles-, abría la carpeta y te decía: escoge todas las que quieras.

En casa de mis padres están enmarcadas algunas de sus ilustraciones. No pasa el tiempo por ellas, misteriosas e ingenuas, comprensibles a la vez que sugerentes. Destaca en su obra gráfica la composición, la inocencia y el trazo firme. Muy románicas y vanguardistas a la par. Era en esto muy asturiano, savia lenta pero sólida.

También, y por ello ocupa un lugar especial en el terreno poético, las raíces y el paisaje natal suponen un lugar fundamental en su obra lírica. Nos deja, nada más y nada menos, que una veintena de poemarios en los que la infancia, la aldea, lo sagrado, el mineral, los maizales, la lluvia, los castaños, el musgo o la piedra están plenamente vivos para la memoria y son cimiento de una poesía robusta, sin concesiones, siempre creciendo. De gesto contenido, hasta tímido muchas veces al recitar su propia obra, había mucho más de lo que se ve al primer vistazo. O, lo que es lo mismo, la belleza y calidad de su escritura se aprecia entrándose cada vez más en ella, como en las minas ocurre o en los bosques. Era en esto también muy fiel a su paisaje originario.

Vivía su entrega a la poesía como una forma intensa y fiel de su vocación de dominico, la actitud de quien todo lo da en el servicio de, en, por y para la Palabra. Anunciándola a los hombres en su grado más intenso, verdadero y hermoso.

Me atrevo a sugerirlo. Si Ángel González despliega desde Oviedo una influencia fundamental en la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, dejando su magisterio una marca insustituible para entender la poesía hispana de esa mitad de siglo poético, Emilio Rodríguez, desde un plano invisible, representa muy bien una escuela diferente, la otra voz, complementaria, más oculta, acaso ejercida desde la nostalgia de los prados y los valles; una voz necesaria e interior como el rumor freático de los veneros antes de ser veneros, o como el viento de los bosques y el eco de las minas. Ejerce una poética más telúrica e interna, pero presente para muchos poetas como ladera sustentante de una montaña, esa que no se ve pero está al otro lado de una tradición de la que sólo conocemos la parte visible, accesible, evidente.

Emilio estudió teología y periodismo. Dirigió, por los años 80, Radio Popular en Salamanca. En esta ciudad, en el Convento de San Esteban, fundó la “Tertulia de los Martes” la cual, por las noticias que llegan, sigue reuniéndose y publicando la revista “Papeles del Martes”, que, 20 años después, nos sigue llegando a muchos de forma totalmente altruista.

En la ciudad del Tormes no sólo se le recuerda, sino que se le quiere mucho. A finales de los 90 visitaba la ciudad y la tertulia, en la que, reunida por esa época en Sotomayor, yo hacía de portero siguiendo sus deseos. Sobre todo, visitaba a sus amigos, les regalaba su obra gráfica y ejercía un magisterio discreto, involuntario. Ejemplo de su impronta es el estudio introductorio a “Mar que huye”, la antología de su obra publicada en 2010 por la Editorial San Esteban, firmado por Antonio Sánchez Zamarreño. El hilo clarificador de una obra extensa y variada lo encontramos en este concienzudo estudio. Como "un pentecostés en casa" presenta el catedrático salmantino el legado de Emilio. Y señala que el poeta dominico ejerce el ministerio de la palabra poética como una prolongación de su sacerdocio.

Fascinado tanto por los libros proféticos como por la literatura de las vanguardias, los versos de Emilio emergen desde un hondón espiritual, a modo de polifonía que en cada libro se concreta mediante una línea musical imprevista pero que, con perspectiva, perdura como una sinfonía. La suya es poesía arraigada pero escapa a lo habitual en esta clasificación, porque se desprende de lo transitado y da giros de guion en los que es perceptible un trabajo continuado de experimentación y búsqueda que, por otro lado, evita el hermetismo si bien exige, en algunos libros, una especial concentración.

Su poesía brota desde un centro y se dirige sin miedo hacia todas las preguntas, porque, en el fondo, aun cuando esto pueda pasar desapercibido para no avisados, la entera obra del poeta asturiano tiende un puente entre el Misterio y la existencia concreta de quienes buscan sentido y redención. Este puente lo construye Emilio Rodríguez con sus propias piedras, con su propia materia, con su entera disección, reconstrucción y ofrenda al lector.

Es un tópico la premisa según la cual el crítico debe leer en el poeta aquello que el poeta no lee de sí mismo, aquello que desconoce; incluso lo que teme y lo cree sin saber que lo cree.

Por ello, sin ejercer ahora la crítica literaria sino sólo homenajeando la figura y la obra de Emilio como hermano y camarada en la escritura, me atrevo a contravenir el lugar común para creer que, felizmente, no se cumplen en Emilio estos versos suyos tan de una tarde de diciembre:

 

“No descansan los muertos

porque nadie

encuentra los caminos

cuando son de mineral

hasta las tumbas”

 

Porque estoy seguro de que su generosidad y su bondad le han flanqueado el camino a la resurrección. Y así, sí que son ya verdad estos otros, también suyos:

 

“Al otro lado de la noche

permanece

                  en vigilancia

                                   tu silencio”.

 

A Él se ha unido mientras su obra poética sigue glorificando.

 

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25
Abr
2019
La caída del imperio americano
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La caída del imperio americano, de Denys Arcand

Para un miércoles que puedo ir al cine… Y, bueno, la sorpresa: ¿nueva película de Denys Arcand? De cabeza a ver La caída del imperio americano, que, además, apunta a uno de sus grandes temas: la caída de occidente, de sus valores y creencias, asuntos sobre los que ha dejado reflexiones necesarias en películas como El declive del imperio americano, Las invasiones bárbaras o el mismo Jesús de Montreal (mi favorita de su filmografía y de las cintas sobre la vida de Jesús de Nazaret).

En apariencia, como casi siempre, la historia poco parece tener que ver con el título y con la idea de fondo. Pero es que Arcand es de la vieja escuela y filma obras para para ser pensadas, debatidas, revisitadas. Un repartidor se ve envuelto en un atraco y, contra su natural filantrópico, se hace con el botín, una cantidad descomunal de dinero.

A partir de ahí, los dilemas morales, los paraísos fiscales, la posibilidad y el cómo redimirse y redimir, la acción caritativa, el precio que cada uno podemos tener, nuestras contradicciones morales, los oscuros mundos que se esconden tras tipos importantes -esto me ha gustado: mi último libro va de eso y agrada no sentirse solo-. ¿Qué tiene todo esto que ver con la caída americana? Pues que cada cual saque sus conclusiones. Sólo apuntar que para Arcand, en boca de uno de los protagonistas, el gran enemigo, el otro dios, el comienzo del fin es el dinero.

Y en ello se hace muy patente la huella católica, siempre tratada a su manera, del director canadiense. Hasta vuelve a hacer guiños a los escenarios de rodaje de Jesús de Montreal, sin duda porque lo que ahora cuenta en estos jardines del Santuario tiene que ver con lo que ocurría en aquella película mítica y deslumbrante.

Menos cuidada formalmente, queda muy claro que a Arcand le interesa no perder el tiempo. Nos vamos haciendo viejos y no hay segundo que perder en detalles secundarios, en disimulos estéticos. Si hay belleza, nace del fondo. Y bastan varias escenas para tocar la fibra de la emoción extática que produce lo bello: la secuencia con la ciudad al fondo (su adorada Montreal) y los planos fijos finales cuyo contenido no voy a destripar.

En definitiva. Nos queda seguir creando, seguir filmando aunque casi nadie asista a la proyección (éramos 5 personas en la sala), o escribiendo poemas aunque nadie los lea. Ese también es el mensaje: hay cosas que no cuentan por su alcance, sino por sí mismas. En ellas aún nos aguarda la pequeña, insignificante batalla de intentar no perder la dignidad aunque el mundo corra en otra dirección.

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2
Ene
2019
No es estar por estar
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O_Lumen

La exposición "Mientras la luz" de Jose Saborit en O_Lumen ha suscitado el interés informativo.

TVE se hacía eco en su Telediario del día 30. Estamos felices de que el ente público dé cabida al arte y la poesía en su noticiero de mayor audiencia. Ojalá iniciativas así sean noticia cada vez más.

En O_lumen estamos ilusionados de llevar al corazón artístico de Madrid (C. Claudio Coello 141) la serena y profunda mirada del pintor y poeta valenciano.

Y es, además, una alegría redoblada, porque resulta difícil hacer visibles iniciativas como las que configuran el proyecto de O_lumen: un espacio de verdadera libertad para el encuentro entre arte, palabra y búsqueda religiosa con artistas de diferentes creencias o increncias.

Tras siete meses de apertura, nuestro esfuerzo ha sido arduo y este espaldarazo informativo nos anima a seguir creyendo en el encuentro entre personas que, por caminos diversos, buscan la verdad, la belleza y el sentido de la existencia.

No es fácil en el mundo cultural, a veces demasiado precavido frente a iniciativas que tengan un horizonte religioso, hacer visible una iniciativa así, un proyecto gestionado por frailes, cuando, en estos circuitos, el merchandising, la especialización, los "lobis" culturales y los astronómicos intereses crematísticos del potente mercado del arte establecen tendencias que esceden una iniciativa humilde como la nuestra. 

Por mi parte, muy orgulloso de comisariar, junto a José Luis Palacios, esta exposición que tiene detrás más de un año de preparativos.

Tanto la poesía de Lola Mascarell, como los cortometrajes de Hernán Talavera, la antología de poetas en torno a la Noche Oscura de San Juan de la Cruz, o la obra de Ana Rossetti, que conforman el programa de actividades paralelas a "Mientra la luz", nos están dando que pensar y, sobre todo, están contribuyendo a establecer un sincero diálogo entre la visión de la fe y la esperanza cristianas y la mirada de artistas de nuestro tiempo que, igualmente, por caminos tan sorprendentes como los del arte, buscan lo esencial humano o el sentido de la vida dando cabida en sus creaciones al asombro ante el milagro imprepensable del ser.

Por si queréis echar un vistazo (advertimos que salimos irritantemente guapos ?), buscar a partir del minuto 34 del siguinete video:

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20
Dic
2018
Un vaso de agua
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Un vaso de agua

En tiempos de crisis y agitación se hace necesario regresar a las cosas sencillas.

No hay mejor manera de ser radicales. Porque hay formas de volver a las raíces que lo único que hacen es abrasarlas, agostar las raíces. Radicalizarse es eso, aferrarse a la raíz y olvidar su sentido, su destino de flor y de fruto. Disecarla fuera de la tierra que es su hermana. Convertirla en áspera rama, desvitalizada, para que, en vez de árbol, sea instrumento de ataque o de defensa.

Pero nuestras raíces piden agua. “Un vaso de agua” (Pretextos, 2018) de Lola Mascarell es uno de esos libros que detienen el tiempo y nos hacen reparar en lo sencillo admirable. Una rosa en la ventana ante el azul inmenso. Donde es más rosa la rosa y más azul lo inmenso. La sed que nos espolea y, escuchada la sed, no dice sino amor. La verdad del amor que en la otredad es amor y no tan sólo un sucedáneo.

La lluvia que se funde con la tierra, el barro que, en su imagen poética, se transforma en muerte dentro de la vida para que la vida sea más vida.

La poesía de “Un vaso de gua” nos recuerda que un día una maestra contempla un vaso de agua en el alfeizar, que con su lápiz lo dibuja. Que un día esos trazos ocupan la sala de un museo; que alguien contempla en un museo un vaso de agua que alguien vio cuando los niños se habían marchado de clase y, ante el dibujo contemplado ahora, escribe un poema con la mano suya que es mano de todos. Es decir, el misterio de la vida que nos antecede y nos sobrevive.

Las hojas de los álamos cantando. Esas que vuelven a caer cuando nuestros ojos se posan en el poema que dice “hojas de álamo cantando”.

La ternura de la madre, el olor de los huertos. La sinrazón del viento que nos lleva. Lo que lleva nuestro cuerpo a tu cuerpo. Estos son los temas que Mascarell trae providencialmente a un mundo que necesita recuperar la mirada inocente.

Su libro "Mientras la luz" brindó el título a la exposición pictórica de José Saborit que podemos visitar en O_Lumen. Este viernes 21 de diciembre a las 20,00 h. tenemos una cita con su poética.

Dialogaremos sobre la plenitud de la vida, ese misterio, su milagro, del que su escritura deja testimonio con transparencia, vacío, humildad. Lola desvelará aspectos de la relación entre pintura, palabra, contemplación. De esa espiritualidad que trasciende tradiciones y nos devuelve al asombro más humano, el primigenio.

Desde su personal acento, desde su profundidad, también podremos abordar aspectos de actualidad social y artística.

En estos momentos en que es fácil entregarse a la crispación social, política, conviene celebrar la belleza de las cosas sencillas que en la voz de Lola Mascarell llegan a ser palabra habitable.

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18
Dic
2018
Libérame Domine
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Gracia Aguilar Almendros

Un libro sincero. Una vocación contemplativa que deja entrar el misterio de la existencia en el lenguaje. Agilidad y respeto. Sencillez y altura juntas.

Una poeta que habla desde la profundidad con una voz de su tiempo. Gracia Aguilar Almendros, ganadora del Premio Internacional Emilio Prados 2017, engrandece el oficio llevándolo a su voz.

No tiene miedo a la palabra alma. Habla de amor en la noche oscura con versos claros y renovadamente sanjuanistas. Afronta el miedo. Pide a Dios que la libre de la muerte eterna como se habla con amigo. En su familia, nos dice, hubo educación poética: en los días de lluvia, abrían ventanas, respiraban hondo, miraban rayos, se empapaban.

Su hermana Clara hace que la luminosidad de vivir no sea cosa abstracta. Sabe permanecer en las afueras de la suerte, de lo echado. Y asume el riesgo de explorar lo inédito, las afueras de la experiencia en busca de un margen de resplandor, trazos de lo Absoluto escritos donde menos parecía.

Llego tarde a dar noticias de los libros recibidos en este año desbordante. Recomiendo este libro tan "Pretextos" por su calidad y revelación.

Y pido a Gracia me disculpe por haber escrito sobre su portada: es que me inspiró.

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14
Dic
2018
Mientras la luz
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Mientras la luz

Valencia, 2012, Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM). Visito al fin la exposición “Más al sur” de José Saborit, amigo cuya obra poética era, hasta el momento, más familiar para mí que su obra pictórica.

En ese templo consagrado al arte moderno se abría, sin embargo y de pronto para nuestros ojos, algo más allá de lo moderno; algo, en esas salas acostumbradas a lo novedoso, más allá de cualesquiera pretensiones innovadoras, rompedoras o supuestamente transgresoras, y ello, sencillamente, porque aquellas pinturas eran revelación.

Años después, cuando O_lumen echó a andar, se gestó el sueño de poder acoger y mostrar un día en este espacio las pinturas de José Saborit. Este sueño se realiza tras más de un año de trabajo emocionante.

Este lugar nacido para convertirse en ámbito de trasparencia donde puedan encontrarse las obras de los artistas y los caminos de los hombres y mujeres que van buscando lo auténticamente trascendente y auténticamente humano acoge las pinturas de Saborit como algo que estaba llamado a suceder.

En las pinturas de Saborit vamos a dar con la mirada abandonada de sí y de ego que en el arte y en lo espiritual -cada uno dentro de la libertad de sus caminos- llamamos contemplación y que tan necesaria es para nacer de nuevo y para revivir el prodigioso milagro del ser y el existir. Lo que el artista vive, lo experimentaban a su modo también los teólogos medievales. La luz no sólo nos muestra las cosas en su ser, sino que ella, la luz, es ya en sí misma el ser esplendiendo más allá de las cosas y del tiempo. Es ella el asombro primordial.

El poeta deja decirse y el pintor deja mostrarse este asombro primordial. Desde el punto de vista teologal, podríamos decir algo análogo: Dios es luz no sólo porque hace ser las cosas y porque las hace visibles, sino porque es la condición en que todo es y todo está patente, visible, dado a los ojos del hombre. Tu luz -dice el salmo- nos hace ver la luz. En cuanto luz, Dios está y hace visibles las cosas retirándose de las cosas. También Saborit se retira de sus pinturas de una forma humilde, sacrificial incluso, para que el misterio sea y sea sólo el misterio.

Ser pintor sin ir de pintor, igual que Dios se rebajó incluso a la muerte para salvar y salvarnos de la muerte. Por ello, la condición kenóticamente artística de José Saborit es capaz de dejar que el misterio se revele y nos revele el mundo desde una perspectiva radicalmente inédita. Y, porque ya no pregunta, porque ya sólo nos sumerge en lo abierto, pueden nacer nuevas búsquedas para quienes hasta su obra nos acercamos: ¿quién sostiene el horizonte? ¿Será lo inabarcable e indefinible quien sostiene la línea del horizonte y no a la inversa? Sin pretender ser humanismo, ni arte, ni teología, estas pinturas nos arrastran a una experiencia del hombre, del arte y de Dios más profundas.

Del hombre porque invierten la perspectiva de las búsquedas invitando a verse a sí mismo desde una luz nueva, desprovista de a prioris y de afán de afán de dominio. Así, ellas ensanchan y profundizan la conciencia de lo que como humanos somos y nuestro lugar en el cosmos.

Del arte, porque, sin trucos, atajos, efectismos y ambiciones narcisistas, todo lo que podría ser pintado y todo el virtuosismo que podría ser exhibido se acaba acogiendo a lo que exige ser pintado, revelado en su misterio, haciendo así del arte un lenguaje de lo inefable y no un discurso al servicio del ego del artista.

De Dios, porque, sin que necesitemos conocer si hay algún presupuesto religioso en estas obras, ellas nos introducen en una forma de gloria análoga a la Gloria que el Creador mostrara a la mirada de un niño en el primer amanecer del universo -si es que acaso no es la misma gloria-.

Por esto y por mucho más, la obra de José Saborit estaba llamada a entrar en este templo. Estos muros reciben sus pinturas pero, en realidad, son ellos los que entran también en la luz de estas pinturas.

Esta doble correspondencia nos hace patente, eso: que Mientras la luz…; es decir, que la luz es un Mientras, y que, quien una vez ha existido en ese tiempo de gracia, en este Mientras, ha ingresado ya para siempre en algo que trasciende al tiempo y la materia.

Son éstas unas pinturas impregnadas de esperanza. Porque toda la luz futura es atisbada desde un punto presente. No puede haber camino hacia la eternidad si no es atisbado en el instante. Y ocurre que, por otro lado, el cristianismo no sería el cristianismo si elimináramos de su moral la virtud de la esperanza. Sin buscarlo, por caminos diferentes, la esperanza viene a ser un elemento común entre estas pinturas de Saborit y el espíritu que hizo que esta sala se abra al mundo del arte y la palabra. Eso es lo hermoso: encontrarse sin buscarse o, al menos, sin saber que nos estábamos buscando por los caminos diferentes de mundos diferentes que son el mismo camino y son el mismo mundo.

Acompaña a las pinturas una proyección in situ del cineasta Hernán Talavera sobre el proceso creativo del pintor. Formado con directores como Víctor Erice o José Luis Guerin y pintores como Antonio López, el cortometraje de Hernán Talavera tiene la virtud de hacernos asistir al espacio y al tiempo en que las pinturas de “Mientras la luz” han surgido.

Recuerden: en O_Lumen (C./ Claudio Coello 141, Madrid, hasta el 31 de enero) No se la pierdan: saldrán mirando el mundo de una forma distinta.

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19
Ago
2018
Sucederá la flor
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Jesús Montiel

Breves son algunos de los libros más grandes. Cada década nos regala alguno. Se trata de pequeños "Platero y yo", "El principito"; son exiguos "Vida en comunidad" (Dietrich Bonhoeffer), cuya brevedad redunda incluso en su dimensión profunda. No necesitan más para que el oficio y la vida confluyan en verdadera literatura, esa en la que ni asistimos al mero y legítimo desahogo verbal de un ser humano, ni al ejercicio de un virtuoso del lenguaje.

Ante sus páginas no tenemos necesidad de preguntarnos dónde empieza el uno y dónde acaba el otro, porque esa pregunta en la verdadera literatura no tiene lugar. La verdad literaria ni es subjetiva ni es objetiva; ocurre si sucede el libro cada vez que el libro sucede.

El hecho de que Jesús Montiel nos deje adentrarnos en esta epístola que da cuenta de la dura enfermedad de su hijo pequeño, desde el descubrimiento de la leucemia hasta el presente; el hecho de que se refiera a un acontecimiento de primera magnitud en su historia personal y en la de su familia no dejaría de ser un testimonio personal, algo que escuchar con el corazón arrodillado ante el sagrado misterio de la vida y la muerte que en estas 55 páginas se nos revela, si no fuera porque con este acontecimiento biográfico Montiel ha edificado una obra trascendente que, gracias al don de la palabra por el que ha sido tocado, se convierte en verdad edificada para ser habitada y revivida como verdad cada vez que sea leída.

En una palabra: “Sucederá la flor” no es un diario íntimo sino una obra literaria mayúscula inspirada para permanecer y para que en cualquier tiempo y cualquier cultura su verdad encienda resurrección más allá de los acontecimientos aquí narrados.

Para que este hermosísimo regalo haya sucedido, más allá del misterio que envuelve a las obras de arte que verdaderamente lo son, varios factores concurren que podemos y debemos desentrañar. En primer lugar, una docilidad. Aceptar que algo que quiere ser dicho desde más allá de nosotros mismos llegue a la palabra a través del autor.

En segundo lugar, una distancia. El autor puede hablar de una etapa tan decisiva en su biografía porque, en cierto modo, se ha separado de él mismo, se ha desprendido del exceso de identidad que nos afecta al común de los mortales. Sólo así la literatura se abre paso más allá del pudor; se revela sin más como literatura y no mero diario íntimo, ejercicio de terapia o autoayuda.

En tercer lugar, el estilo epistolar otorga a este conjunto un alcance moral que, junto a un exigente ejercicio de contención, transmite al texto un tono estoico cuya clave de emoción no estriba en la concesión sentimental sino en el ajustado patrón que rige entre forma y contenido. Más concretamente: un carácter divino humano palpablemente encarnacional, cristiano.

Por último, una libertad, fruto no sólo del excelente oficio de Jesús Montiel sino de algo arrebatado a la muerte: una conciencia del tiempo, de nuestra fugacidad sobre la tierra. Es algo no aprendido sólo en las muchas lecturas sino en las muchas horas en la planta de oncología infantil junto a su hijo.

Pocas veces una experiencia tan radical se convierte en palabra compartida por la mano de un escritor tan genuino, una de las voces a quien no podemos considerar como promesa joven porque lo suyo es una realidad confirmada. Ya lo sabíamos quienes hemos seguido su poesía. Ahora este pequeño ¿diario, epístola, ensayo…? nos deja paso a más.

Precedido de un acertado prólogo de Erika Martínez, “Sucederá la flor” (Pretextos 2018) es un libro milagroso que hay que leer ya. Cuanto antes. Porque si hay pequeños grandes libros que están llamados a perdurar, nosotros no vamos a permanecer siempre sobre la tierra. Háganme caso, desgraciadamente sé lo que digo.

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31
Jul
2018
Una habitación de hospital con vistas al mar
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Antonio Cruz

Que no te confundan los anuncios de televisión. La vida no huele como en ellos se supone que ha de oler la vida. El suyo está, seguramente, más cerca del olor de una habitación de hospital: cuerpos sudorosos, morfina, sangre seca. Eso sí, la habitación de hospital de la que nos habla Antonio Cruz (María, 1978) tiene vistas al mar. Más acá de la metáfora, esa habitación tiene realmente vistas al mar y en ella ha convalecido la madre del poeta.

Últimamente me llegan libros con muerte en su interior. Madres que han enterrado a su hija, hijos que han perdido a su madre, quimioterapias, operaciones quirúrgicas: me pregunto para qué nos está preparando la vida. Y no es cosa de temblar: sabemos que es inevitable y aprendemos a reconocer el momento de ir deshaciendo nudos, desatando lazos, amando sin apegos.

El poemario de Antonio Cruz, “Una habitación de hospital con vistas al mar” (Edt. Letras cascabeleras, 2018) nos da la oportunidad de profundizar en la experiencia de la madurez, esa madurez a la que nos enfrenta la enfermedad, la convalecencia, el debate entre la vida y la muerte de alguien a quien amamos y que, en esta ocasión -no olvidemos el privilegio de vivir en el país con el, posiblemente, mejor sistema sanitario del mundo-, acaba bien. Es decir, con el triunfo de la vida.

Estamos ante un libro convulso, radical en su vocabulario, versicular en su ritmo. Se entreveran en él cotidianeidad y cultura. Se nos descubren los nombres y la obra de algunos poetas holandeses de los que Antonio Cruz es uno de los mejores conocedores en nuestro país, además de traductor para la editorial y la revista Ravenswood, de la que es fundador.

Constituye este uno de los rasgos más personales de la voz de Cruz: ese aura de extrañeza de una poesía como traducida que consigue abrir en el lenguaje nuevas texturas y que deja en el lector la sensación de estar comprendiendo y, a la vez, acercándose a algo que escapa a cualquier intento de apropiación.

Estoico y, a ratos, desengañado, el libro sostiene y es sostenido por una dimensión trascendente que, según avanzamos, se nos revela verdaderamente religiosa. Eso sí: se trata de una religiosidad de corte contemporáneo y lenguaje poderosamente personal fraguada en la experiencia del dolor y la enfermedad, pero también en la esperanza y la experiencia redentora que el sufrimiento puede tener cuando es vivido con fe en el Misterio de un Dios tocado, como en el caso de Jacob, en la lucha cuerpo a cuerpo. Las ilustraciones de Hilario Barrero traen a estas páginas el universo particular de nuestro poeta y dibujante afincado en Nueva York. Sus anatomías y paisajes, instalados en la geometrizazión de lo orgánico, dejan un testimonio que hace de este un libro irrepetible en su misma factura, una joyita donde Barrero enlaza su visión con la de los poetas emergentes. Un puente entre el Mediterráneo avistado desde una habitación de hospital en Almería y el skyline de la Gran Manzana.

Potentes son, en este sentido, los “Seis poemas religiosos” que Antonio Cruz dedica a este reseñista -gracias Antonio: ha sido muy emocionante descubrir estos versos-. Del libro del Génesis al Apocalipsis pasando por el Evangelio de San Mateo (inquietante el poema “Deudas”), estos poemas religiosos acaban desembocando, en la parte última del libro (“Breviario: Al principio fue el Logos”), en una metapoética donde existencialismo y aliento místico componen trazos como cortes visibles en el alma invisible.

Un libro de arriesgada originalidad. Una lectura cuya extrañeza se nos hace adictiva, pues es milagro encontrar tal valentía en medio de un panorama empantanado en sentimentalismos insustanciales e imágenes tan banales como previsibles. Un libro que mira a los ojos de la muerte para que los de la vida nos miren. Un libro que pone el dedo en el dolor para que la belleza no se fosilice.

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