La Iglesia nos exige a los dominicos vivir las exigencias de la justicia y la caridad entre nosotros y hacia otros, y también el predicarla
Fr. Damián Byrne

El atril

Blog de: Fray Antonio Praena Segura, OP / Sobre el autor

Abbas Kiarostami

lunes, 11 de julio de 2016 | Hay 0 comentarios

Ha muerto Abbas Kiarostami. Esto de las redes sociales ha desenfocado estas cosas: todos los días la pérdida de algún famoso -no sé si Kiarostami era un famoso- es trending topic. Y hasta nos ponemos un poco retóricos y patéticos. Parece que nos importan tantos hechos, que, al final, tanto importar ya no tiene importancia.

 

Pero a mí sí me ha dolido esta pérdida. Me enseñó a mirar de otra forma y en otras direcciones. Me enseñó que, aunque la banalización y curiosidad campen a sus anchas por el mundo y por las vidas, hay un espacio donde nunca entrará la cámara, un santuario donde nuestro misterio es fuente de creación con tal que aceptemos su carácter misterioso, inaprensible para nosotros mismos.

 

En sus películas aprendemos que no todo está visto si perseveramos en la simplicidad. Que en la más insignificante vida se está narrando una historia que hace avanzar el mundo, aunque sea lentamente y apenas un puñado de limpios de corazón sean testigos del milagro.

 

Puede tratarse del niño que, hasta entrada la noche, recorre las aldeas en busca de su amigo para devolverle un cuaderno olvidado. Abbas resuelve la historia de la forma más simple y nos obliga a pensar como sólo un niño pensaría.

 

Puede tratarse de la historia de quien recorre a la deriva caminos y en su trasiego, cuya causa ignoramos, las historias de las vidas de los otros nos salvan de la decisión de suicidarnos. Pocas veces he tenido la certeza de estar tan cerca de la realidad y de la inocencia, la pureza.

 

Su manera de enfocar es contemplativa. Intuimos detrás horas infinitas, horas en las que dejar quieta la cámara hasta que surja el milagro, lo imposible de decir si tratamos de extraerlo, de conducirlo, de dirigirlo. Kiarostami es un director que no dirige. A lo sumo ordena y destila lo que las cosas dan de sí. Y, aunque sabemos que esto es imposible y que la ausencia de intervención es sólo apariencia, su gran logro es presentar como verdad la verdad por el camino de la espera.

 

La inocencia de los niños proviene de quien se hace niño. Sus actores no profesionales son más convincentes que cualquier interpretación. Y luego están la poesía y el camino. Porque muchos minutos de su metraje suceden en camino, a bordo de un coche. Es un cine en éxodo. Por las ventanas se cuela la crítica social más sincera sin necesidad de elaborar un discurso, sin necesidad de juzgar o elegir. De ahí su peligro para el régimen iraní. Pero también para nosotros.

 

Finalmente, la poesía. Algo intangible en las imágenes. Nada tan a ras del mundo y, sin embargo, tan empapado de misterio, de otra cosa que nunca acertamos a expresar en un lenguaje lógico.

 

En “Yo he querido ser grúa muchas veces” le dejé un poema. Lo pongo en imagen. Pobre tributo por tanto recibido. Que su Dios y el mío le hayan premiado por no haber dejado en barbecho los dones recibidos. Por haber dignificado la tan corruptible condición artística. Por haber ligado dignidad humana y poesía por el camino de la luz que se mueve, que es el cine.

 

 

 



Si Dios quiere

martes, 28 de junio de 2016 | Hay 0 comentarios

Como película no es gran cosa, más bien es una mala película. La comedia italiana “Si Dios quiere” parte del conflicto que se desata cuando el hijo de un prestigioso cardiólogo marxista comunica a toda la familia su intención de ingresar en un seminario para hacerse sacerdote.

 

Pensamos que este será el argumento principal, tratado con un humor que, sin ser demasiado fino, recurriendo incluso a gags previsibles, resulta efectivo y nos arranca unas cuantas carcajadas. Pero a mitad del metraje la atención se traslada a la amistad que el médico entabla con el sacerdote a quien este acusa de responsable de la vocación de su hijo. La cosa es sencilla: el padre del muchacho vocacionado trata de acercarse al religioso que ha influido en su hijo para encontrar algo en su vida con lo que desacreditarlo e impedir así que el joven siga adelante con su intención de entrar en el seminario.

 

El giro de guion viene a poner de manifiesto una realidad no menos interesante. La de esa generación que un día tuvo ideales comprometidos social y políticamente y que, con el paso del tiempo, ha acabado vistiendo trajes a medida de 1.200 euros y un día, muy a pesar suyo, se da cuenta de eso que José Emilio Pacheco retrató en dos versos: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.

 

Cuando el hijo expone que antes se sentía perdido, que nada le importaba, pero que ahora tiene ilusión, ha encontrado algo que le hace feliz, los miembros de la familia parecen lanzarse en busca del sentido de su propia vida. La madre, que fue activista en los 70, de repente quiere revitalizar sus ideales, dejar de ser la mujer florero que organiza cenas glamurosas y adopta telemáticamente niños en África, para implicarse en los movimientos sociales tan ahora vivos en Italia como en España. Claro, que todo le quedará un poco grande; está desfasada y fuera de lugar. La hija mayor, que tiene pocas neuronas y es muy pija, se anima a leer el Evangelio y, tras prepararse un batido, ponerse sombrero, bronceador y mullidos cojines -está tan ilusionada que no quiere que nadie le cuente el final de la historia de Jesús de Nazaret-, se atasca en la primera página de lectura.

 

El cura es simpático, carismático, inteligente y está interpretado por Alessandro Gassman. Así es fácil ¿quién no quiere ser como él?

 

Pero estamos ante una comedia italiana y, la verdad, dentro del buen momento que vive el cine italiano, hasta una película tan flojita como esta tiene su aquel. Porque, más allá del arranque a propósito de la vocación religiosa -que podría haber dado más juego afinando los chistes o diferenciándose de una mera serie de videoclips cómicos-, aparece por aquí uno de los problemas de fondo de nuestro tiempo: las contradicciones que nos llevan a ser marxistas de filosofía, capitalistas de cartera, clasistas con el servicio, solidarios a distancia y, en fin, seres perdidos en nuestro laberinto de inercias.

 

Es el vacío de ideales, el olvido de las razones y las pasiones que nos movieron un día, la ausencia, al cabo, de algo tan imprescindible como la vocación y la esperanza lo que está al fondo de esta comedia.

 

Vale la pena verla, reírnos un poco de nosotros mismos -buen principio para cambiar- y pensar en la vida, la muerte, la fe y nuestras contradicciones, aunque sea en plan palomitas y refresco, pues no siempre hay que estar cultos, estupendos y metafísicos.

 

 

 

 



El olivo

sábado, 11 de junio de 2016 | Hay 2 comentarios

Icíar Bollaín resulta interesante casi siempre. Incluso cuando elige un camino de subrayados previsibles que podrían acabar en el panfleto, los temas que propone no nos dejan indiferentes. A Bollaín se le agradece, sobre todo, lo bien superada que tiene la dialéctica que en otros autores aún contrapone ética y estética, modernidad y tradición, realismo y utopía.

 

Siempre me he preguntado por qué una historia concreta, esta historia cualquiera, llega a convertirse en novela, poema, película. Uno de los aspectos que hoy se estudia en diversas disciplinas artísticas es no tanto la inspiración como los procesos creativos. Hay tantos como artistas y autores. Ese seguimiento de procesos creativos trata de centrarse no tanto en el artista desde el punto de vista de alguien con “genio” o “talento”, como en la relación de éste con la realidad, el tiempo y los otros.

 

¿Cómo llega, por ejemplo, un hecho histórico como el sermón de Montesinos -la homilía que en 1511 denunció el trato dado por los encomenderos a los nativos americanos y que desencadenó una serie de debates que son origen del derecho internacional- a las manos de esta directora y se convierte en una película sobre las actuales políticas comerciales en América Latina? Así ocurrió en “También la lluvia”.

 

Ahora, en “El olivo”, Icíar Bollaín nos habla de algunos de estos árboles que, milenarios, plantados por los romanos incluso, han sido arrancados y vendidos para decorar rotondas, fincas o edificios de grandes empresas. Es una metáfora de la España de estos últimos tiempos. Y, si bien es cierto que esta directora me gusta más cuando sus historias son más pequeñas, cuando las posiciones son menos de manual y de doctrina -sigo prefiriendo su cinta “Flores de otro mundo”, sobre chicas latinas que vienen a habitar pequeños pueblos de la vieja Castilla-, esta nueva entrega me ha dejado huella.

 

Más allá de las intenciones -las mejores intenciones hacen la peor literatura-, me quedo con lo menos previsible de “El olivo”. Posiblemente algunas batallas están perdidas de antemano, pero la victoria no consiste (sólo) en recuperar lo vendido o en derrotar a corto plazo a los goliats de este tiempo, sino en aprender el arte del injerto. Un nuevo orden no se improvisa. No lo habrá sin cultura (también agri-cultura), la cultura aprendida y heredada de nuestros mayores (también nuestros libros mayores).

 

Cultura es eso que nos enseña a distinguir entre precio y valor, entre cash y sentido, entre éxito y dignidad.

 

Por la película desfilan el papel que las redes sociales tienen hoy a la hora de sensibilizar y movilizar en algunos de los procesos de cambio que estamos viviendo. Habla de ecología, de corrupción especulativa, del significado identitario que conlleva la modificación del paisaje, de relaciones intergeneracionales y su reflejo social, de una España que desconoce sus raíces y malvende lo mejor de sí misma.

 

Pero su acierto consiste en girar hacia la parte menor, que acaso sea la más importante: nosotros mismos, cada uno, como persona. De nuestras contradicciones. De nuestra tendencia a colaborar con la parte de nosotros mismos que más daño nos hace y si esto es vencible. De cómo una pequeña rama de olivo será una prenda real de esperanza si sabemos, si hemos aprendido, pues eso, el arte del injerto que, por más centenario que sea, hemos heredado en la manos muy concretas de alguien.

 

Llena de imágenes y metáforas potentes -algunas demasiado obvias-, “El olivo” es una película que debemos ver. Especialmente si nos debatimos -social, cultural, políticamente- entre la apatía o la violencia, entre la resignación o la inmediatez. Tener raíces nos permite ir adelante y hacia arriba. Lo malo es darse cuenta tarde.

 

 



Desde el mar a la estepa

domingo, 05 de junio de 2016 | Hay 0 comentarios

 

 

Durante una cena -mi acompañante ha sido crítico gastronómico y sabe elegir los lugares-, en el desempeño de esa hermosa tarea que consiste en acompañar la gestación de un libro, alguien comentó que, en los últimos años, encuentra bastantes poemarios muy correctos pero que echa de menos voces singulares, libros más arriesgados, propuestas con más personalidad.

 

Tengo la fortuna de recibir libros o revistas y la desgracia de quedar mal por no responder a todos con mi gratitud o con mi opinión. Como no me resigno a ello, los apilo sobre la mesa con la intención de leerlos y comentarlos. Y a buen seguro que lo haré, aun cuando haya de dedicar semanas exclusivas a ello. Pero a veces, no sé por qué, algún volumen se adelanta hasta mis manos e insiste en no marcharse.

 

Y he recordado esas palabras de mi amigo –“echo de menos voces singulares”-, porque en esta antología, “Desde el mar a la estepa” (Chamán Ediciones, con prólogo de Dionisia García), sí hay voces singulares. Se trata de una recopilación de poetas actuales articulados en el eje Cartagena (el mar), Murcia y Albacete (la estepa). Así dicho, suena extraño, pero no lo es en absoluto porque no sólo la geografía aúna a estos autores, sino un itinerario y una serie de publicaciones, revistas y foros que han convertido este vértice español en uno de los más fértiles, interesantes y activos de la actualidad poética.

 

Algunos tienes trayectorias muy consolidadas. Otros se abren paso con una personalidad y un descaro envidiables. Y están quienes han puesto en marcha, además de su obra, una de las revistas más frescas de las que actualmente gozamos, “La Galla Ciencia”.

 

No quiero dejar de nombrarlos a todos: Antonio Rodríguez Jiménez, Antonio Aguilar, Lucía Plaza, Cristina Morano, Javier Lorenzo Candel, Juan de Dios García, Francisca Gata Amate, Ángel Paniagua, Constantino Molina, Noelia Illán, Andrés García Cerdán, Héctor Castilla, Jaufre Rudel, José Daniel Espejo, José Oscar López, Gracia Aguilar, Idoia Arbillaga, Rubén Martín Díaz, Vicente Velasco,, Mercedes Díaz Villarías, Diego Sánchez Aguilar, Matías M. Clemente Gabaldón, Ángel M. Gómez Espada, Milagros López, David Sarrión, Miguel Úbeda, José Alcaraz, Javier Temprado y Pedro Gascón.

 

Imposible dar cuenta de cada personalidad poética. Pero mi recomendación quiere poner de relieve que tienen algo que decir, oficio, personalidad y aires nuevos -acentuándose más un rasgo u otro según cada caso-. El conjunto es a la vez coherente, en cuanto que su movimiento centrífugo tiene un eje sólido de fuga: que fondo y forma se conformen mutuamente.

 

No puedo dejar de citar el poema “La pureza” -que me ha impactado- de Antonio Rodríguez Jiménez; tampoco “Si un día”, de Antonio Aguilar; la simplicidad rotunda de los versos de Cristina Morano; el magistral inédito “Para no hacer palabra la belleza” de Javier Lorenzo; la profunda claridad de “Gethsemani,Ky” de José Alcaraz Pérez.

 

Y, en fin, obligándome a mí mismo a cortar aquí la lista de poemas que me apetecería citar -espero me perdonen-, concluyo recordando las palabras de mi amigo para responder que hay voces y hay libros no sólo correctos, sino con personalidad y profundidad. Lo que pasa es que las listas oficiales y los suplementos más conocidos -cuando estás dentro descubres cómo funcionan estas cosas- no dan cuenta ni de lo mejor ni de lo más interesante.



Santo Tomás de Aquino en tiempos difíciles

viernes, 27 de mayo de 2016 | Hay 3 comentarios

De una tesis doctoral no deberíamos salir siendo los mismos. Si verdaderamente se trata de un trabajo de inmersión, un viaje sin destino previamente pactado, una peregrinación intelectual, es posible que al final descubramos dimensiones que no habíamos previsto. A mí me ocurrió. Quizá por la grandeza del autor estudiado, Santo Tomás de Aquino.

 

Decir que es un clásico es recurrente y se queda corto, a no ser que entendamos que un clásico es una luz, una luz que no podemos atrapar y que, más bien, nos enfrenta a nosotros mismos y a nuestro tiempo. Los contemporáneos se miden por semanas. Los clásicos por siglos. Umberto Eco dice que la gran literatura es autoritaria, y es que, siendo como es más grande que nosotros, se nos impone ella sola, aunque nadie haga nada por imponerla. Como un avión que se sostuviera en el aire por el miedo sumado de los pasajeros -cito a González Iglesias-, los clásicos se sostienen en su altura por el miedo sumado de quienes no los han leído.

 

Yo iba siguiendo la pista de la teología negativa en el pensamiento del Aquinate sobre el lenguaje sobre Dios y encontré que su postura consiste en una radical confianza en el lenguaje para hablar humildemente de Dios, no porque rechace la teología negativa ni el apofatismo -esas cualidades del conocimiento y del lenguaje por las que de Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos y de Dios es poco lo que podemos decir porque está más allá del lenguaje- sino porque, integrando la dimensión negativa y apofática del lenguaje en toda su radicalidad, la trasciende en la dirección de la encarnación: Dios se ha hecho palabra y, en la kénosis del lenguaje, la palabra humana, la pobre palabra humana, ha quedado validada para apuntar lo que en ella no puede quedar retenido.

 

Es lo que tiene Santo Tomás. Pero también su método. Varios años bregando con su método nos proporcionan un instrumento para desenmascarar las trampas y las demagogias del lenguaje. Concretamente hoy en día hay una muy engañosa. A ella vamos.

 

Se repite como latiguillo recurrente en los tiempos del Papa Francisco -contra el Papa Francisco- que la Iglesia no puede plegarse a las exigencias del mundo, pues ha de custodiar la verdad recibida. Y es cierto que la Iglesia no puede plegarse a ningunos intereses y ha de custodiar la verdad. Pero esto es algo tan sagrado que merece ser tomado absolutamente en serio. La Iglesia no dialoga con el mundo y la cultura porque se desnaturalice o porque quiera entrar al trapo del mundo o quedar simpática. Lo hace porque su sagrada misión de custodia de la verdad consiste en llevar a Jesucristo, que es la verdad y la vida, por los caminos del mundo para que el mundo se encuentre con Jesucristo, camino.

 

Si la Iglesia no lleva el Evangelio a los hombres de todo tiempo, entonces es cuando se traiciona a sí misma y cuando malvende su depósito sagrado. Se parece entonces a una gran dama soberbia y altiva más que a una madre. Si el amor fontal del Evangelio, lo que Jesús hizo hasta dar su vida por los hombres para testimoniar el amor incondicional del Padre, queda secuestrado en formas temporales, en respuestas que no responden, en formulismos mundanos -idolátricos, hechos por hombres- estaría traicionando a su Señor.

 

Cuando la Iglesia sale al encuentro del hombre y de la cultura en la que Dios la sitúa en cada encrucijada histórica no traiciona su naturaleza. Lo hace precisamente empujada por su naturaleza, que viene de más lejos.



Techo y comida

domingo, 22 de mayo de 2016 | Hay 0 comentarios

Gracias a algunos canales de Internet, tenemos la oportunidad de acceder a películas que pasaron por cartelera fugazmente. No eran para el gran público y, en este caso, están, además, realizadas con un presupuesto mínimo.

 

 

Sin embargo, hay una historia que contar y un mensaje comprometido que trasmitir. “Techo y comida” se limita a reflejar el día a día de una joven madre y su hijo en los límites de la supervivencia a los que la crisis económica ha llevado a tantas personas.

 

 

No tiene trabajo, no puede pagar el alquiler y hay amenaza de desahucio. No tiene para comer. La cena de todos los días son salchichas de oferta -tres euros 6 paquetes- y, cuando llega el cheque comida, una hamburguesa y patatas suponen un banquete. Le han cortado la luz, le han cortado el agua y la escena final nos deja los ojos pegados a la incertidumbre imaginando -o temiendo- cómo será su futro más inmediato.

 

 

Tampoco hay música, no hay iluminación especial. No hay de nada, sólo talento narrativo y, como todo el mundo sabe, una actriz, Natalia de Molina, que, en estado de gracia -o de desgracia-, acaba difuminando los límites entre película y realidad.

 

Cercana a veces al documental, la cinta incurre en algunos defectos notables. Se nota cuándo se cuenta la verdad o cuándo se recurre a un cliché. Lo siento, debo haber estado en los lugares erróneos, pero en ninguno de los comedores sociales que conozco he visto que se pida “rezar” a quienes acuden. Tampoco he visto a nadie cantando flamenco mientras rebusca en un contenedor de basura. Ya, ya…: hay cosas que se quieren decir, relaciones que se quieren sugerir, pero cuando nacen de una intención más intelectual que vital, en películas tan desnudas como esta, salta a la vista. Captamos la intención, pero la cinta pide al espectador también una mirada sincera y en ese juego entramos.

 

 

De todas formas, insisto: hay talento, hay algo que decir desde dentro y se dice muy bien. Hay compromiso y exigencia artística. Juan Miguel del Castillo, su director, tiene voz propia y arriesga. Ello justifica sobradamente los peros. Incluso el escaso presupuesto se convierte en un aliado, en una parte más del argumento y del estilo. Como en poesía, decir más con menos también en cine reconcilia la ética y la estética. Porque sin verdad no hay belleza y decir cosas bonitas no siempre es un acto hermoso.



Orquesta de desaparecidos

miércoles, 30 de marzo de 2016 | Hay 1 comentarios

Orquesta de desaparecidos

Francisco Javier Irazoki

Hiperión 2015

 

No están desaparecidos todos los integrantes de esta orquesta, como, por ejemplo, Eloy Sánchez Rosillo, de cuya obra poética se hace acompañar Irazoki por las calles de París. Nos lo dice en uno de los primeros textos de este libro. Y es, en realidad, no tanto una declaración de principios como de finales. Quizá una declaración de estado. De estado presente. Irazoki elige a quienes han decidido elegir la respuesta luminosa para aquellas cosas que también podrían tener una respuesta oscura. Frente a la buena fama de la angustia en “nuestra” cultura -el “nuestra” es cosa del autor-, existe otra alternativa: la conciencia contra la simpleza sombría.

 

 

En los textos de esta “Orquesta de desaparecidos” percibimos claramente esa opción precisamente en cuanto opción, en cuanto voluntad y balance de vida. Como si el verdadero compromiso consistiera en alejarse del coro de plañideras, profetas de calamidades y traficantes de desdichas que tan comercialmente pueblan el panorama artístico. Los campeonatos de dolor literario otorgan coronas, pero no es el compromiso con el mundo el que importa a sus vencedores, sino el compromiso con su propia exaltación.

 

Los textos de Irazoki no necesitan imitar el tono y las músicas marginales ni los versículos con olor a serpiente. Nos alertan contra las ráfagas herméticas por las que “el lector vuela con los ojos vendados” así como contra los gestos comerciales de abandono y languidez, esos libros de poemas en los que la sordina y el filtro sepia impiden escuchar con nitidez el apogeo de la vida. El verdadero arte consiste en trasmitir la complejidad con expresión limpia, llevar la profundidad a la superficie.

 

Y eso explica este libro por el que desfilan retazos autobiográficos en los que lo verdaderamente importante son los otros, desaparecidos o no: familiares, artistas callejeros o consagrados, personajes anónimos en cuyos hombros cae la carga ética de nuestro tiempo. El anonimato también como una opción en la que ética y estética se conforman mutuamente.

 

Víctimas del Gulag o de la Zona Cero de Nueva York, hombres que pudiendo triunfar regalaron su suerte a otros escritores, poetas verdaderos que tuvieron que protegerse tras la máscara de la locura o la hermana muerta que, sencillamente, lo acompañó para que él pudiera estar solo componen esta orquesta. Pero también la propia alma, la propia conciencia o la propia soledad desgajadas del poeta, como verdaderos otros y otras cuya música en realidad no nos pertenece. Y ahí su extraña belleza.

 

No quiero parecer baboso, pero “Orquesta de desaparecidos” de Francisco Javier Irazoki sí merece contarse como un libro necesario y distinto. Frente a una literatura que podríamos denominar “Tristeza de supermercado”, un libro impregnado de gratitud, una gratitud que excluye recompensas.



La verdadera belleza

sábado, 26 de marzo de 2016 | Hay 0 comentarios

 

 

En “La gran belleza”, una de las películas que perdurará más allá de nuestra década, hay una escena en la que la monja misionera que anda un poco perdida esos días por Roma asciende la “Escala Santa”. Se trata de la escalera por la que, según la tradición, subió Jesús al palacio de Pilatos en Jerusalén para ser mostrado al pueblo y condenado a muerte. Ya había sido flagelado y coronado de espinas. La poco probable leyenda afirma que fue llevada a Roma por Santa Elena tras el giro constantiniano, allá en el siglo IV, cuando cristianismo dejó de ser perseguido.

 

La anciana misionera, fea, llena de arrugas, desdentada, ha pasado su vida en África alimentándose de raíces. En la película representa la belleza interior, la verdadera, la que permanece, la belleza del amor en medio de una ciudad entregada a la moda, al placer y a las bellezas temporales. En una de las últimas escenas asciende de rodillas la Escala y la pequeña cruz de madera que lleva colgada al cuello va rozando los escalones. La impresión que produce es inmensa y, de alguna forma, revela el significado profundo de la película, sorprendiéndonos con una propuesta trascedente en medio de esta cinta llena de falsas, vacías salidas a la búsqueda de la belleza que realiza el protagonista y que, en el fondo, es una agustiniana ansia de verdadero amor.

 

He vuelto a la “Escala santa”. Los peregrinos ascienden de rodillas sobre la madera que cubre los escalones primitivos. La he subido en compañía de mis padres y, en fin, no sé por qué cuento esto. Pero atardecía sobre Roma. Algún último rayo de sol caía trasversalmente sobre ellos. Supongo que quería subir esa escalera con mis padres, aunque yo mismo lo ignoraba. Supongo que he cerrado un capítulo de mi vida sin tampoco darme cuenta.

 



La vida y algo más

domingo, 17 de enero de 2016 | Hay 0 comentarios

 

La Vida y algo más

Gonzalo Gragera

Ediciones La Isla de Siltolá, 2015

 

¿Por qué, me he preguntado leyendo “La vida y algo más” de Gonzalo Gragera, un autor joven –nacido en 1991 no ha llegado aún a los 25 años- ofrece ya un libro de claro corte sapiencial, a veces incluso sentencioso, sobre lo que la vida puede o no puede dar de sí y, de hecho, da (o no da)?

 

Echando la vista atrás, la sorpresa es mayor, pues antes de cumplir los 20 años Gragera publicó su primer poemario, “Génesis”, en el que ya se advertía una cierta precocidad y una madurez rara entre los poetas de nuestro tiempo, muchos de los cuales llegan (o llegamos) a una edad avanzadita con apenas una visión superficial e ilusoria, muchas veces crónicamente adolescente, del amor, de la existencia y del mismo sentido de la poesía que intenta dar cuenta de ellas.

 

Ahora llega a nuestras manos “La vida y algo más”. La primera impresión es que Gonzalo ha emprendido el mejor de los caminos, el que va del conocimiento, respeto y asimilación de las formas, al encuentro de una voz propia.

 

Efectivamente, el libro que presentamos va más allá de los ejercicios de estilo realizando esa difícil tarea de crecer y diferenciarse dando cuenta creativa y diversificada de las raíces, raíces formales, morales y vitales, en dirección a una independencia no exenta de la consecuente soledad y distanciamiento irónico.

 

Gragera lo sabe y no duda en adentrarse en este camino con decisión, porque es ahí, en la literatura de los otros, en la exigencia formal y en la apertura a una visión trascendente, donde ha descubierto qué es la vida y ha intuido que en ella hay un exceso, ese su “algo más” del título.

 

En este sentido, Gragera se inserta, sin voluntad grupal ni apego a etiquetas generacionales o bandos literarios, a las nuevas voces que marcan su diferencia tanto frente al realismo plano y sin salida de un laberinto irredento, como frente a las rarezas incomprensibles, herméticas o de una artificiosa imaginería que a veces sólo esconden el hecho de no tener nada que decir ni en qué creer.

 

En esta dirección, nuestro autor muestra voluntad de permanencia literaria a la vez que, en realidad, contracultural si tenemos en cuenta la costumbre gris, la buena fama de la indefinición sentimentaloide, lo políticamente correcto y rentable que resulta en la poesía contemporánea el escepticismo.

 

En este sentido, este libro apuesta por el conocimiento cordial más allá e integrando la mera ilustración filosófica y artística de la modernidad, como sugiere una de sus “gragerías”: “La ideología es la ceguera del raciocinio”.

 

Este poeta sevillano no tiene miedo de traer a sus versos la palabra “verdad”, tan denostada por un pensamiento tan dogmático como el que se proponía erradicar. Y da un paso más allá del vacío de la palabra “esperanza” otorgándole y hasta arriesgándole un contenido que, sin resabio ni complejo, para Gragera incluye las denostadas “vida eterna” y “resurrección”.

 

Estilísticamente ha llamado mi atención el saber hacer con que Gragera inserta en la estructura rítmica del poema sentencias clásicas del tipo “sic transit gloria mundi”, “omnia vanitas”, que conviven perfectamente con nombres de agencias de calificación o cadenas de hamburgueserías. Un arte de hacer fácil lo difícil que probablemente toma el relevo a alguno de los autores cuya influencia advertimos: Luis Alberto de Cuenca, Miguel D´Ors.

 

Llama también la atención el riesgo que Gragera asume al dar entrada a la rima. Aun asonante, es un riesgo controlado. Quizá en algún momento puede resultar demasiado evidente. Se trata de ejercicios simples de los que extrae variada rentabilidad de sentido. Como, por ejemplo, cuando da entrada a una frase recurrente latina (omnia vanitas), la cual, con sólo volverla contra quien la pronuncia y la utiliza -como puede ser un crítico literario sentando cátedra: todo es vanidad excepto si se trata de uno mismo- Gonzalo provoca un asombro sutil.

 

Siempre hay cuidado formal en la estructura. Se advierte un trabajo de depuración que Gragera ha descubierto como un instrumento fundamental en poesía.

 

Agrada, igualmente, advertir que Gonzalo ha descubierto ya los entresijos de la vida literaria, los dogmas en boga y de moda y la necesaria soledad para encontrar la propia voz en una disidencia que no se detiene en el lamento y la acusación sino que se convierte en una razón más de creación y búsqueda, de reconversión y hasta reciclaje de lo que no sirve para crear nuevos versos que sí sirven y, además, son buenos. Qué certero en ese sentido el poema “Pautas para triunfar en la vida” dedicado a José María Jurado:

 

Codicia, sobre todas las cosas,

el bien del prójimo y ódiale,

claro está, como a ti mismo. (…)

Lee los libros que otros lean.

Opina lo que otros opinen.

Ríe las gracias que otros rían.

Baila el agua del río que otros bailen.

 

Sé gesto, sé apariencia e imagen.

Un estar que está sin ser.

 

 

Poco puede crecer, mutar y reinventarse lo que no tiene raíces. Y Gragera las tiene. Por eso puede ser crítico con ellas.

 

Pero no quiero terminar sin destacar lo que yo llamaría el “trasfondo teológico del libro”. Aunque más que teológico, cabría decir “teologal”. Despojado -excúsenme- tanto de cualquier connotación dogmatizante o clericaliode como de cualquier complejo o miedo que impida llamar a las cosas por su nombre, Gragera tiene una visión trascendente de las cosas. Tanto más trascendente cuanto que su poesía se mueve a pie de calle, con el lenguaje de lo cotidiano y lo sencillo. No hay sermón, pero sí sabiduría.

 

No se trata de meros títulos o referencias secundarias, porque en “La vida y algo más”, poemas como “Resurrección”, “En el principio fue el poema”, “Purgatorio”, “Crítica”, “Teología de un centro comercial”, “Teología de una tarde de hotel” o “Tierra prometida” dan cuenta de una visión orgánica del hombre y de la palabra que parte de un principio, afirma un sentido, apuesta por una esperanza salvífica y, fundamentado en todo ello, levanta su voz en favor de los más desfavorecidos, denuncia las consecuencias alienantes del consumismo contemporáneo, su lógica excluyente y su capacidad para, tantas veces –demasiadas-, incapacitar al hombre contemporáneo a amar más allá del falaz romanticismo de serie. Desde una convicción redimida, el poeta aborda las miserias humanas con un optimismo alejado de la mera idealización utópica o de la ensoñación sin fundamento. Gragera es social sin panfleto.

 

Una luz que no ciega al cerrar sus páginas. Deseo de seguir viendo crecer a este poeta. Esa sensación que nos deja haber compartido palabras de gracia. Y el consiguiente “a la espera de más”.



La novia

miércoles, 23 de diciembre de 2015 | Hay 1 comentarios

 

 

No sé si se trata de un problema técnico del viejo y destartalado cine en que vi la película –el único cine de Granada, por cierto, donde se proyectan películas no comerciales-, o un verdadero problema de la cinta, pero me parece imperdonable que en una película como esta el texto no se entienda. Y me temo que no es sólo un problema técnico, porque a unos sí se les entiende y a otros no. Lo digo porque en una película basada en textos de Lorca, muchos de ellos versos, esto no puede ocurrir.

 

Y lo digo también porque creo que no basta tener una cara bonita: –ay, esa Inma Cuesta, de brutal hermosura, entregada a fondo, de raza. Que no basta, niña, para ahogarnos en la pasión, dejar así las palabras como en los labios, como tragándonoslas. –Y ay, ese Leonardo, ni tan bello ni tan oscuro como el río negro y los caballos de Federico: que tampoco para abrasarse hay que quemar las palabras antes de echarlas al viento.

 

Menos mal que un excelente puñado de secundarios está soberbio. Soberbia la madre del novio (Luisa Gavasa). Soberbia la ama –o lo que quiera que sea- de la novia (Consuelo Trujillo). Muy bien el padre y el novio –merecidas nominaciones. Pero a lo que vamos. Sin ser una película perfecta ni redonda, “La novia”, de la directora aragonesa Paula Ortiz, es una gran película. El lamento viene por todo lo que podría haber llegado a ser.

 

Basada en “Bodas de sangre”, de Federico García Lorca, no deja indiferente. Para algunos no aporta nada al universo de las interpretaciones lorquianas. Rearguyo: eso para quien conoce mucho el universo del granadino y ha visto muchas versiones. Que no todo tiene que estar pensado para especialistas. Que poner en pie la fuerza, actualizar el mito, atrapar a nuevos espectadores, levantar ese universo estético -y pienso en jóvenes o en ajenos a la literatura española- no es cosa para cobardes.

 

Otros precisamente le reprochan ese exceso esteticista y su grandilocuencia. Vale, yo también. Pero me bajo del pedestal y me reprocho esa pose minimalista, intelectualoide, con la que a veces queremos distanciarnos del vulgo barroco o neoromántico. Como si fuéramos daneses. Y lo que es peor –me vuelvo a reprochar-, como si diéramos por inválido lo que no sea visión débil. Como si lo extremado o lo visceral ya no contaran. Que para ser culto parece que hay que hablar con sordina, adjetivar en desnatado, ponerle filtro gris a las palabras. Yo me respondo –y me regaño- que una cosa es impostar grandeza y otra dejarse embriagar, lo cual no está mal en algunos momentos en que la vida y el amor y la muerte piden ser mirados con pasión cómplice. A veces hay que entrar en el juego.

 

Si la película fuera de nacionalidad, por ejemplo, macedonia, por decir una tontería, ya tendríamos a los sesudos críticos en pie aplaudiendo su “telúrico pathos”. Que así andamos de acomplejados; que para parecer alguien, los intelectuales españoles tienen que andar hablando mal de este mísero país. Pues me niego, oiga. Desde la tumba de Lorca, me niego. (Y a ver quién encuentra esa tumba).

 

Ya digo. La película a veces parece perderse en una sucesión de videoclips. ¿Pero quién se resiste a Leonard Cohen en la voz de Carmen París? Parece perecer ante su ambición, ¿pero por qué no habitar los Monegros, el desierto de Almería y la Capadocia a la vez? La tragedia griega y el mito andaluz están más cerca de lo que recordamos. Y es maravilloso que así lo deje traslucir una aragonesa, mujer y joven.

 

Aunque no le perdono que el texto tantas veces se pierda, la película funciona por encima de sus defectos. Lo que la hace grande sin ser perfecta.

 

 

 

 

 



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