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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor

21
May
2017
Stefan Zweig, adios a Europa
2 comentarios

Zweig

Lo peligroso es que, al final de la película, te preguntas si en realidad no está sucediendo ahora.

En pleno ascenso del nacionalsocialismo, el escritor austríaco Stefan Zweig, el más leído autor en lengua alemana de ese momento -sólo detrás de Thomas Mann-, acaba de llegar a Brasil para iniciar una serie de lecturas y conferencias por toda América Latina. Ya no volverá más a Europa.

Su obra ha sido prohibida en Alemania. Numerosos artistas y escritores también judíos, como Zweig, abandonan el viejo continente ante lo que ya parece irremediable. El holocausto está a punto de ocurrir; la Segunda Guerra Mundial será el desenlace de todo.

Pero el aclamado escritor no quiere tomar parte. Aun cuando lo presionan para que denuncie lo que está sucediendo en su propia tierra, toda vez que él parece a salvo a tantos miles de kilómetros, se resiste abiertamente a denunciarlo. No cree que ello haga un bien a sus propios compatriotas -dice. Como escritor, la misión de su arte es diferente -dice.

Son, sin embargo, cada vez más las gestiones que tiene que realizar ante embajadas y consulados de toda América ante la petición de decenas, centenas de artistas que huyen desesperados, que buscan escapar de la persecución o la muerte. No puede escribir. Todo su tiempo lo emplea intentando ayudar. La realidad le abre los ojos: ¿qué importancia tiene mi obra comparada con esto? -dice.

La austera, racional, casi fría película, refleja la idea de paraíso que muchos escritores proyectaron sobre el hospitalario Brasil de ese momento. Un lugar donde pueden vivir los hombres y mujeres de distintas razas, religiones, ideas -dice.

Pero su corazón vive anclado en la angustia, en la desesperación, en el miedo. Su judaísmo le ofrece una esperanza contra toda esperanza. Pero, en el fondo, no tiene fe. Conocido es el desenlace de esta película absolutamente pegada a los hechos históricos: él y su esposa -no estamos destripando la cinta- se suicidan en 1942.

Y entonces, eso; te preguntas qué fue de Europa. Qué delgada línea separa lo que parece inconcebible, lo que una vez sucedió, de lo que está ocurriendo ahora. Lo que parece superado, de lo vuelve a asomar en tantos brotes de racismo, intolerancia, populismo y desenraizamiento intelectual.

La ausencia de pasión narrativa confiere a esta película de Maria Schrader un calado específico que, sin perder su verdad, se habría confundido con la mera emoción o la inmediata indignación. El discurso panfletario es un arma de doble filo.

La primera escena es un largo, larguísimo plano estático en torno a una enorme mesa repleta de flores. Es el recibimiento en el Nuevo Mundo. La última escena es, cinematográficamente, memorable, antológica; tan sumamente inteligente como simple. De nuevo un largo plano a cámara anclada. El sencillo uso de un espejo posibilita narrar lo que es mejor descubrir tan sólo en su reflejo. Alguien reza en hebreo. Las últimas palabras -las pronuncia un personaje menor que secundario: negra, mujer, criada- son un “Padre nuestro”. A la directora le basta para preguntarnos qué fue de Europa.

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16
May
2017
del hombre / que observa lo que no comprende y se estremece
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Onieva

Es un riesgo abordar algunos temas en poesía. Lo difícil ante ellos es resistirse a la atracción de ciertos polos, como pueden ser el sentimentalismo, el subjetivismo, la emotividad como reclamo, los lugares comunes. Hay que poseer el don de la mesura, ese equilibrio que mantiene a raya el pálpito inmediato pero, a su vez, no ahoga en la frialdad de la inteligencia la pujanza de las cosas verdaderamente sentidas. Dificilísimo, vamos.

“Vértices”, de Francisco Onieva (Visor 2016) es un poemario impecable y ejemplar en ese sentido. ¿Cómo ir más allá en estas cosas de la emoción sin sucumbir al confesionalismo sensiblero que aquello que tiene que ver con la propia biografía parece demandar algún tipo de lector? Perdón, que aún no lo he dicho y sin decirlo estos comentarios no se entienden: “Vértices” aborda, como poco, la paternidad del poeta.

Las hijas se convierten en patria: Sois la única patria / en la que vale la pena creer, leemos en un poema titulado “Blanca y Marta”, y que no necesita más de dos versos para estar pleno.

Ya aquí hay un elemento fundamental. El poeta está separado de sí. No mira su rostro. No le importa su imagen. Si algo queda de un “yo”, es su fuga. Si hay primera persona, lo es desubjetivada, mediada a través de quien ha salido de sí y se contempla desde los ojos de sus niñas -esto no es sólo un retruécano-, o desde los propios ojos, no ya desposeídos, sino luminosamente ofrendados, plenificados de don.

Es esa plenitud de saberse en el tú del otro la que madura también a nuestro autor, pues llega, de algún modo, a la experiencia de lo inefable, la que no puede ser transcrita, sino sólo testimoniada. Los poemas son una forma de mirar con los ojos cerrados, la manera de eternizar la dicha. No pienso en transformar la armonía en palabras. / Tampoco creo que sea posible.

Luego sólo hay que dejar que la poesía cumpla su destino. Y eso hace con el lector: la verdad vital que estos poemas nos regalan, lejos de apegarnos al ego, a la subjetividad excrecida, por medio de un ejercicio de plena madurez, ascesis y vigilancia intelectual del autor, nos mantiene en el espacio tensionalmente abierto entre la voz pronunciada/escuchada y el referente vital ofrecido/recibido. Este último es así trasmutado en referente literario universalizable.

Según el DRAE, "vértice" es el "punto en que concurren los dos lados de un ángulo".Dos realidades configuran ese vértice. Pero si pasamos al plano de le tridimensionalidad, como parece recoger el mismo DRAE en su segunda acepción, tendremos que "vértice" también es "punto donde concurren tres o más planos".Tres son ahora los elementos que entran en la constitución del mismo.

Los poemas de este libro se constituyen como verdaderos vértices en la concurrencia de las vidas, las del padre con las de sus hijas. Pero no sólo la vida, encarnada ya en poema, es fruto del encuentro, de la confluencia libre con el otro o las otras. Vértice es, igualmente, ese lugar donde se funde certidumbre e incertidumbre, lo decible y lo indecible. Y así -lo que hace de este un poemario absolutamente especial-, la escritura misma concurre en una dimensión ya tridimensional.

Porque estamos ante una obra que redimensiona, sin complicar ni oscurecer los diferentes planos de lectura, el hecho mismo del acto poético. Metaliteratura, metapoética, Onieva nos hace asistir a la difícilmente plasmable confluencia de ser, ser-en-otro y ser-escrito, constitutivos mismos del acto creador. Tres vidas en una sola escritura o tres escrituras en una sola vida. El padre engendra, pero el padre es engendrado como padre por y en el ser del otro, y, ambos, son en cuanto que acto de ser escrito.

Parece complejo, pero es sencillo. Parece sencillo, pero es complejo. Pocas veces una metafísica (de la paternidad, de la creación) tan elevada alcanza una claridad tan meridiana: La hibridación de tiempo y luces / habilita un paisaje que me exige cuentas. / Lo simplifico.

Lo más hermoso de este hermoso libro es que estas consideraciones pueden ser pasadas por alto perfectamente para quien prefiera prescindir de ellas, porque es cualidad de toda verdadera obra de arte hablar desde sí misma ajena a sus análisis. El arte sólo por el arte se conoce, el poema sólo por el poema se justifica: Os llamo con las palabras del hombre / que observa lo que no comprende y se estremece.

Y, de este modo, lo que tiembla, lo que está profundamente emocionada, no es una dimensión sentimental del individuo, sino la inteligencia toda transversal del entero autor y del lector entero.

Cuando la emoción es inteligente, la inteligencia ya es toda ella emoción. Lo cual conlleva ausencia de artificio, trucos, efectismo: Hoy vuelvo a mi habitación primera. / Todo parece estar en el lugar de siempre. / Incluso yo. / Por fin escribo de mí sin disfraces. / Es una inexplicable paz de fuego encendido.

Sólo queda dejar constancia de una cosa. Que este milagro (el que ocurre dentro del libro y el que el libro significa para nosotros, sus lectores), este asombro de ser sin ser, se desvanezca un día. Pues si la madurez y la paternidad ha llevado a Francisco Onieva a regalarnos estos poemas, también la madurez nos lleva a atisbar, cada vez más escueta y terrible, la certeza de la muerte: Y me da miedo mi alegría.

No importa. Esto es ya eterno: La lámpara apagada aún conserva el mundo.

También contra la muerte nace la poesía: Amarte es la resurrección de un hombre / que agradece los dones recibidos / —no sé muy bien a quién— / porque vivir es una invitación, / y no un crédito hipotecario.

Bienaventurado el don que Francisco Onieva ha recibido. Correspondan al Creador de todos los dones leyendo este poemario. 

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1
May
2017
Obreros de la palabra
2 comentarios

Obreros de la palabra

Esta entrada nace de un comentario que, con ocasión del día del trabajador, he hecho en Facebook y que ha provocado una animada conversación.

¿Debe cobrar un poeta, como obrero de la palabra, por leer sus poemas? En mi caso, es algo que contradice mis principios. Pero entiendo que yo, en mi voto de pobreza y sin tener un salario propio ni siquiera para comprar y "poseer" los libros que me gustaría, disfruto del regalo impagable de tener un plato de comida todos los días. Porque nuestros bienes, para mucho o para poco, son en común. Es una elección personal y, por lo tanto, no puedo contradecir ni juzgar a quien no ha hecho mi misma -rara- elección.

Ello me lleva a pensar que alguien entregado a la escritura y que no disfrute del regalo de los bienes compartidos por una comunidad conventual -que es mi caso- sí debería recibir su salario, por más que la poesía sea un don. 

Otra consideración distinta me merece que poetas cuya obra no ha tenido aún más trascendencia que la de ser una moda exijan 1.000 euros para hacer una lectura de 45 minutos.

En el debate de redes, hay quien ha recordado esa distinción entre precio y valor. Hay quien, como autor, señala que, si hablamos estrictamente de la poesía, es totalmente legítimo que un poeta cobre por leer: está ofreciendo algo valioso. Que sea inmaterial no reduce su valor.

El mismo José Martín Vayas, quien fue bastantes años responsable del CAL (Centro Andaluz de las Letras) nos ha recordado que el trabajo de un autor literario, incluidos los eventos como las lecturas públicas, debían ser remuneradas: “otra cosa son los actos que promocionan la presentación de un libro y buscan una mayor venta del mismo. En mi etapa como responsable del CAL así lo establecí”.

Por otro lado, un lector nos ha hecho notar que, “frente a la cultura del gratis total hay que exigir una remuneración, aunque sea simbólica, cada vez que se publica, que se leen poemas, que se realiza alguna actividad literaria. De lo contrario, solamente se contribuye a que la figura del poeta se desvalorice cada vez más ante la sociedad en general. Quien produce bienes culturales (como la poesía) tiene tanto derecho a participar de la economía como los demás, sencillamente porque no vive del aire.”

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29
Abr
2017
La vida enorme
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Xavier Rodríguez Ruera

Hay rarezas que nacen de la deliberación. Otras son, en cambio, rarezas resultantes de una manera diferente de relacionarnos con el mundo. Ningún juicio estético merecen a priori. Pero las segundas nos dejan unas ganas de saber más allá del propio saber poético, pues, aunque en su ficción la relación con la vida no ha de ser necesaria, también en su ficción la relación extraña con la vida puede ser una elección consciente.

Creo que “La vida enorme” (Témenos Ediciones, 2017), de Xavier Rodríguez Ruera, nos trae una rareza vitalmente aceptada. Y, aunque el contenido transcurra sobre materia literaria -un culturalismo sin pretensión y apariencia de tal,- es la textura de su gramática la portadora de autobiografía. Consciente o no de ello, esa es ya una aportación de este poemario.

Esta belleza rara es un servicio que nos hace Rodríguez Ruera frente a un panorama donde abunda la belleza del Photoshop, también los poemas Photoshop.

“Los poemas los escribe un yo al borde de la alienación que lucha por integrarse en el mundo”, se sinceraba el autor en un wasap con el epiloguista, Carlos Robles Lucena, quien consiente en la indiscreción de compartirlo con los lectores y se refiere a la voz de Xavier como una lírica de la reinserción emocional.

Y así, este “La vida enorme” traza un camino de vuelta, el de alguien que ha estado al borde del abismo y, desde allí, trenza con los versos una terapéutica soga tendida al muelle de la realidad. En ese muelle asoma Barcelona como ciudad madre, una Barcelona a veces histórica y mágica, otras desmitificadamente extraradial.

Desde la infancia de la primera parte a la última sección, habitada por una Ofelia Yonki y gentes que deambulan por el metro, atravesaremos la insolación, la desolación, la templanza marcada por la voz de Valente y una serie de estampas literarias en las que lo anecdótico se convierte en el punto de fuga.

Tanto en los versos más cenicientos como en los más atemperados, Rodríguez Ruera habla como hablan los ojos vivos de los peces muertos.

Este es un libro verdegrís, como el mar algunas veces que no son recuerdo. Están en boca de uno de sus personajes, pero estos versos bien podrían aplicarse el mismo yo entrecomillado del poeta: “Me gustan los libros complicados,/ las canciones sencillas, las mujeres/ con ojeras y los hombres/ que miran a los ojos al estrechar la mano.”

Su forma de encabalgar es un eco del laberinto de lagunas calles, quizá las más interesantes, las que un día desembocaron en la enormidad de una vida, la vida, para la que algunos poetas -me incluyo- no estamos preparados. “La vida enorme” dice eso: que la vida es enorme, que nos queda grande como vida, y que aceptar su llamada poética también nos queda grande. Sólo que algunos, de tanto caerse y levantarse en la trinchera de la comunicación y la incomunicación (pues ambas cosas son cosa de la poesía), consiguen, como Xavier, al menos recoger en la página la sombra de esta hipertrofia de sentido y sinsentido.

“Qué vida más jodida. (Canta
un pájaro).
Qué vida más hermosa:
pero brilla una estrella.”

 

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22
Abr
2017
Locas de alegría
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Dirigida por Paolo Virzì

De todo ha habido en lo que a críticas se refiere, porque algunas la ponían por las nubes y otras detestaban eso de que ni te puedes reír como en otras comedias ni puedes llorar como en un drama. Pues las dos cosas he hecho yo: reírme a pierna suelta y llorar a moco tendido.

Hablo de la película italiana “Locas de alegría”, dirigida por Paolo Virzì, un director prolífico al que parece importarle poco la corrección artística y está, sin embargo, empeñado en dejar constancia de cuestiones humanas de nuestro tiempo.

La cosa arranca en una institución para personas con problemas mentales en la que Beatrice tiene problemas de convivencia -quién no- y a la que llega Donatella, una chica joven envuelta en misterio. Beatrice delira constantemente: se cree una condesa y continuamente marca la diferencia con el resto, que son pobres, feas -en sus palabras- y no tienen clase ninguna. En todo se inmiscuye y a ratos no sabemos si está loca de verdad o, simplemente, los locos somos nosotros.

Pronto querrá hacerse amiga de Donatella. Y lo consigue, hasta el punto de que la relación entre ambas se convierte en la espina dorsal de la película que alza el vuelo cuando ambas emprenden una escapada, una aventura, un viaje a ninguna parte. Aunque quizá sí: el viaje a un lugar dentro de ellas mismas.

La cosa es que el guion tiene serios inconvenientes en lo que se refiere a excesos de casualidades, situaciones forzadamente traídas, momentos provocados más por la necesidad del director que por la historia misma. De ahí las críticas negativas, que no se dan cuenta de que al director estas cosas le importan muy poco porque su objetivo es otro. Entonces descubres que la película en realidad es un gran pretexto, una parábola, para decirnos otra cosa; esto: una amiga, una sola amiga, basta para encontrar la luz en la locura. Y ya está. Y es emocionante hasta los tuétanos.

Por lo demás, pues alucinar de admiración ante el inmenso, inmensísimo papel de Beatrice, interpretado por Valeria Bruni Tedeschi, sin la cual esta gran locura se vendría abajo. Si se tiene la suerte de verla en versión original, se aprecia el método seguido que, según una amiga con experiencia en esto, consiste en echar a andar el personaje mucho antes de que comience la sesión de rodaje y dejarlo seguir un buen rato después de que se apaguen los focos.

Por otro lado, destacar el trabajo actoral, eso que se nota en escenas corales en las que la cámara se carga al hombro y se sumerge en el rollo montado por los actores para que luego el espectador reciba algo intangible, un elemento imposible de planificar y que brota de la manera en que el grupo ha trabajado su relación fuera de plano. Procesos creativos que dan un sabor especial a esta cinta, a pesar de sus defectos. ¿Qué importan estos, cuando a cambio nos queda esa huella de amistad y de locura, dos naturalezas en una misma vida?

Una chifladura memorable. No os la perdáis.

 

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20
Abr
2017
La simiente del fuego
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Ramiro Rosón

Se cruzan en mi mesa de lectura (bueno, no es una mesa, sino un palé que recogí en la calle) los dos volúmenes de “Teoría de la expresión poética”, de Carlos Bousoño, obra considerada como la última gran publicación en español que abordó el hecho poético en sí, y la presencia paciente de poemarios de jóvenes autores, alguno de los cuales ha despertado mi interés desde una primera cata.

Vayamos hoy con “La simiente del fuego”, de Ramiro Rosón (coeditado por Idea y Aguere). Lo primero que llama nuestra atención es la elegancia reposada y clara de este poemario; una escritura madura para la edad de su autor que denota cómo el saber hacer está asimilado y es hora ya de trascender la hacia el riesgo de la propia voz y el propio universo poético.

Ramiro Rosón parte de una escritura clásica y formalmente contenida que da primacía al contenido sobre la forma. Quizá precisamente porque tiene algo importante que decir.

En efecto, sorteando esa tendencia juvenil a llegar y querer parecer poeta, que nos afecta cuando somos jóvenes, esa tentación del “miradme, soy joven, terrible y nunca habéis escuchado algo parecido” por la que todos hemos pasado, a sus escasos veintitantos, Ramiro Rosón mira sin prejuicio ni complejo la condición trascendente del mundo y el ser humano, incluyendo su realidad religiosa, con la particularidad de que, a pesar de los indudables matices cristianos que presenta, no sabemos y no nos importan las creencias del autor: Ramiro ha erigido un texto verdadero que se sostiene en sí mismo.

Al arte le basta el arte en cuanto a arte se refiere. Recogiendo lo que Bousoño manifiesta en el citado clásico, “el narrador poemático es un sueño del autor sin comillas, y el `autor´ entrecomillado es un sueño del lector”. Lo que, en otro orden de cosas, viene a significar que “la relación entre poema y vida se parece a la relación que media entre dos líneas paralelas, que sin tocarse nunca, cada una de ellas sigue las evoluciones de la otra”.

El hecho es el poema y está ahí. Rosón llega a él por la vía poética misma, al margen de la especulación, la cual, en poesía, suele y quizá debe ser un "a posteriori".

Y ya que este blog pretende explorar la posible relación entre arte y fe, resulta satisfactorio encontrar un acercamiento al hecho cristiano en campos ajenos al lenguaje y la simbólica tradicionales religiosos. En el fondo, es el argumento más consistente acerca de la validez del Evangelio y de la atracción que Jesús de Nazaret sigue suscitando sobre la mirada humana, en este caso, una mirada joven. Intuimos en los versos de Ramiro Rosón que no le condiciona lo que la teología pudiera pensar de su escritura, pero tampoco lo que el resto de las voces poéticas puedan criticar, un parnaso donde esconder las creencias o determinados vuelos trascendentes a veces es un requisito para medrar literariamente.

Está bien que así sea la independencia de Ramiro Rosón, porque la misión del poeta es otra bien distinta a la de agradar y triunfar. Nuestro vate vuela libre sin más alas que las de la búsqueda  y la belleza.

“La simiente del fuego” es un libro que, desde su título, asciende. Parte de bien adentro en la tierra, como la semilla, aunque pronto muestra su aspiración de fuego. Tiende el fuego a las estrellas, aunque en ese viaje se las haya de ver con la disolución. Al fin y al cabo, el vuelo es eso que queda tras lo que se marcha porque su esencia es movimiento.

Ramiro escribe desde su Canarias natal para, desde una situación de soledad personal y cierto aislamiento literario, huir y llegar al lector por la única brecha abierta, esa grieta por la que todo se escapa (hay una grieta en todo, nos decía Leonard Cohen) y gracias a la cual somos redimidos.

Cipreses, garzas, catedrales, bosques sagrados, vencejos; incluso las afirmaciones cristianas de la Resurrección y Asunción, desprovistas de categorías teológicas, dan tensión y magnitud a los poemas. Todo -desde la voz de las cosas a la interioridad del hombre que escucha y escribe- nos dice que es inútil acallar el llamado del Misterio. Lo cual nada de extraño tiene, a no ser su cualidad de absoluta otredad. De lo contrario, no sería misterio y no estaríamos así, más fuera de nosotros mismos que dentro.

Ser poeta es encontrar preguntas y Ramiro Rosón las encuentra. Luego no hay más que resolver el silogismo… Si bien, al avanzar por su obra, descubrimos que queremos más: que rompa más, que se desconozca más, que transgreda más los límites del discurso. Pero ello es promesa que intuimos cerca, pues es el mismo texto el que nos la despierta, y eso ya es milagro. En realidad, este libro recoge un periodo creativo de 8 años y se percibe en él la evolución y cada vez más clara conciencia de este autor pese a su juventud. Es un poemario que se sitúa entre “Tratado de la luz”, de 2008, y una inminente publicación en la que las intuidas evoluciones estéticas eclosionarán con fuerza. Lo esperamos.

Para contrapeso, concluyamos diciendo que el carácter sapiencial y limpiamente poético de este libro no excluye el compromiso más concreto y directo. Antes bien, éste es una conclusión directa y necesaria de la mirada contemplativamente laica de Rosón. Véase, si no, el poema “Inmigrantes”, con cuyos versos finales invitamos a la lectura de “La simiente del fuego”:

“Los hombres que los miren como espejos
lavarán las infamias de la tierra;
los hombres que los miren como espejos
serán alondras puras en el alba.”                            

 

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28
Feb
2017
A la luz de la luna, los negros somos azules. Moonlight
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Ahora todo el mundo habla de ella, después del accidentado fin de gala de los Oscar. No soy muy de Oscar. Es un escaparate y un gran negocio. No olvidemos que la industria cinematográfica es una de las mayores fuentes de ingresos de USA (la segunda, según algunas estimaciones), aparte de pieza clave en la acción cultural del país americano. Su forma de estar presente hasta en el último rincón del mundo, su manera de llevar a nuestros ojos lo que sus ojos ven.

Pero a lo que íbamos. Este año estaba especialmente descolgado, dada la abultada acumulación de estatuillas a las que aspiraba la sobrevalorada “La La Land”. Así es que este final accidentado en el cual pasó de ganar el galardón a la mejor película a haberlo perdido en favor de Moonlight me ha sabido a justicia poética.

Tenía pensado escribir sobre “Moonlight” desde que la vi. ¿Por qué ha ganado? Porque es una obra de arte llena de personalidad, épica y estilo frente al vacío retórico, el descafeinado guion y las interpretaciones acomodadas en busca de taquilla de “La La Land”, que es una película bastante mediocre, un producto de esos que hacen los especialistas puliendo hasta dar con los estándares que agradarán al público y asegurarán el taquillazo. Así de simple.

Moonlight, en cambio, es riesgo y personalidad desde el principio. No sabría delimitar su tema, y eso, en este caso, es un mérito, porque, si se tiene el talento suficiente, a veces el tema es la vida sin más. Y saber llevar vida al arte ya es mucho.

La identidad -¿quién soy?-, el precio que hay que pagar por ser diferente, la amistad, la bondad de algunos seres buenos que justifican este mundo, las contradicciones con las que siempre hemos de lidiar, las cosas que toda la vida hemos querido decir y no hemos dicho y son más parte de nosotros mismos que todo lo que hemos dicho, la infancia que nunca nos abandona y está ahí, condicionándolo todo, la ternura que buscamos en tantas decisiones como tomamos sin saber muy bien por qué… Todo esto, forma parte de “Moonlight” sin que tengamos la conciencia de que algo está ocurriendo.

Pero sabemos que las buenas intenciones suelen producir el peor arte. Por lo que este contenido habría podido producir un pestiño de no ser por el talento que rebosa esta cinta escrita por negros, dirigida por negros, interpretada por negros. Sí, ese talento es lo que la lleva a ser lo que es, un puro ejercicio de poesía completamente antipoética, es decir: realizada sin elementos líricos, estéticos, efectistas o sentimentales. Y, por supuesto, el magnífico empastado de las interpretaciones, ese elemento de comunión que intuimos en toda la obra y nos llega a los espectadores con intensidad. Hay momentos sublimes en su sencillez y sinceridad.

“Un día tienes que decidir por ti mismo quién vas a ser. No puedes dejar que otros lo decidan por ti”. No quería decir que Moonlight es una obra maestra, para no ponernos sublimes. Pero ya lo han dicho otros.

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21
Feb
2017
Ciberadaptados
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Ciberadaptados

Antonio Manilla, "Ciberadaptados"

Editorial "La huerta grande"

 

No es fácil encontrar claridad y definición en publicaciones que se adentren en el complejo mundo de Internet, las redes sociales y las nuevas formas de edición. Entre otras razones, porque, por más desarrollado que nos parezca, es este un mundo aún incipiente, algo que no ha hecho más que despertar y cuya deriva y conquistas aún no podemos valorar con suficiente estabilidad, precisamente por su complejidad y por su apenas intuido potencial.

Por eso recomiendo desde ya este título, “Ciberadaptados”, del periodista, ensayista y poeta Antonio Manilla.

Destaco su lucidez clara, cuya primera aportación es lo mucho que nos ahorra. Manilla se ha documentado copiosamente y lo que trae hasta aquí son puntos de llegada tras los que adivinamos vericuetos y cuestiones complejas cuyos necesarios pormenores reconstruimos sin que su desarrollo nos desvíe de la necesidad de alcanzar claridad en medio del denso bosque virtual.

El primer capítulo nos delimita un espacio y un tiempo. La revolución cibernética irrumpe desde una civilización, la occidental, en clara crisis -y cuándo no- cultural y de valores. Reuniendo autores tan diferentes como Adorno, Finkielkraut, T. S. Eliot o McLuhan, se describe cómo la industria cultural en la era capitalista se ha ido erigiendo en heredera del lugar de socialización de las formas culturales ante la progresiva disolución de la familia.

Internet es un estado sin gobierno ni capital, inabarcable y ubicuo, que acaba con el sentido lineal del tiempo de la ilustración y modifica el sentido de lugar. Sobre este panorama, Manilla describe el estado actual de la cultura, en sentido sustantivo y absoluto, posicionándose con Finkielkraut para negar que cualquier tipo de actividad alcance el rango de cultura. A pesar de ser estimables y de que no pueden ser pasadas por alto, numerosas manifestaciones no son un absoluto cultural. Por un lado, se necesita perspectiva: el Siglo de Oro no sabe que es el Siglo de Oro; por otro, es aún insuficiente la evaluación que es característica esencial de los organismos realmente vivos.

En ese sentido, ante muchos fenómenos de la red podríamos preguntarnos por qué lo llamamos cultura cuando queremos decir entretenimiento; constatando, además, cómo lo lúdico ha venido a sustituir y desplazar lo que tradicionalmente se ha entendido por cultura. Y esto atañe directamente a Internet, en la medida en que esta transformación se habría iniciado con la conversión de la sociedad de la información en una plataforma cuyo elemento fundamental deja de ser la palabra y se rinde a la imagen, el magnetismo del ver.

El sistema espectacular produce muchedumbres solitarias. Gran parte del volumen virtual genera un entretenimiento sin relación con actividades intelectuales, artísticas o literarias, ocupado en generar productos perecederos, fabricados para el gran público por creativos de unas industrias en guerra por el mercado. Predomina la ausencia de búsqueda de sentido, lo cual tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y la proliferación de un periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo.

“Cultura es lo que queda entre las ruinas, aquello que aparece cuando se ha derrumbado lo que es apariencia y exterior y ornato. La vida que sostenía el andamiaje visible para los demás, el pilar invisible. El lugar del sentido, la bordadora del ser del hombre, cuanto no pasa por nosotros sin dejar huella benéfica”, nos recuerda Manilla.

¿Y qué tiene esto que ver con Internet? Sencillamente: para calibrar su lugar y su impacto, ha de medirse con esta reflexión sobre la cultura, de lo cual no ha de salir tan mal parada como podría pensarse desde una mente preventiva y purista. Pero -y es lo que importa- por lo dicho, aún falta mucha perspectiva para responder con sabiduría.

De hecho, Manilla nos regala un sustancioso capítulo donde recoge prevenciones sobre el impacto de la radio, el cine o la televisión que, decenas de años después, nos resultan risibles. El fatalismo y la demonización de las redes tampoco resulta creíble. Todo es cuestión de hallar las proporciones adecuadas.

Porque, entre otras cosas, bajo el techo de Internet se han reunido tres elementos actores de la trasmisión del conocimiento en nuestra época en su versión digitalizada: libros, música y cine. Sin olvidar la “internetización” del consumo, además del carácter interactivo que convierte a los usuarios en “prosumidores”, es decir, consumidores a la vez que productores. Elementos todo ellos de gran calado y que ya han dejado su huella en la forma en que hoy entendemos las relaciones sociales y humanas. Como en todo, la respuesta no residirá más que en la inexcusable tarea de decidir cómo y hasta dónde queremos que lo que llegó como un instrumento para facilitarnos la vida nos la estropee. Y eso depende más de la voluntad y la inteligencia que del medio digital en sí.

Por lo que respecta a esos pronósticos catastrofistas, Manilla nos resume también los estudios de quienes, con toda seriedad, niegan explícitamente que Internet cambie nuestro modo de pensar.

¿Y respecto a las nuevas formas de edición digitales? “Ciberadaptados” nos recuerda cómo con el paso del manuscrito a la imprenta ocurrió igual que con el tránsito de la oralidad a la escritura: “avivó renuncias y acusaciones, que fueron desde tildar los libros armas del diablo hasta responsabilizarlos de fomentar el aislamiento social del lector”.

Aunque no sea en papel, la lectura en sí ha dado un repunte con las nuevas tecnologías. La lectura instrumental, la búsqueda de información, goza de buena salud. De haber una crisis, lo sería de cierto tipo de lector, concretamente el literario. Pero ni aun así este aserto es muy defendible. Nada de muerte de la literatura; lo que quizá está apareciendo es una nueva clase de lector bajo el influjo de lo hipertextual, en direcciones múltiples debido a la libertad de navegación.

Manilla se moja. Y algo que también hace este ensayo absolutamente recomendable, es que al hábil, lúcido, ameno periodista que Antonio es se suma su excelente calidad de poeta. No siempre, como también subraya el prologuista, se puede disfrutar de una lectura tan práctica y clara en la que la belleza, lejos de ofuscar, suma y redimensiona.

Para tener en nuestras bibliotecas.

 

 

 

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25
Ene
2017
Prójimos
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projimos

No sé cómo llamarlo, porque tampoco “equilibrio” es la palabra. Para las cosas de vivir, para las de la virtud, bien está el equilibrio. Pero no siempre para el arte, aunque ya sabemos que hay tantas teorías del arte como teorías sin más.

Es cuestión de opción, y, en este poemario recién aparecido, Santiago Molina sí ha apostado por una especie de equilibrio entre lector y poema, entre una dirección y otra, situándose el autor en parte ninguna.

“Prójimos” (Editorial Enkuadres) apuesta por poner el sentido último de sus poemas en el otro, en los otros. A estos versos poco le importan la vida y los sentimientos del autor, a no ser cuando éstos se saben orientados al diferente. Y funciona, porque, sin explicitarlo, ahí es precisamente donde entra el autor: un autor que sólo se encuentra con su vida y con su historia en la medida en que se desprende de ellas. Y, por el camino, el “yo” y su “yoísmo” han quedado superados, que no anulados.

Mucho mejor lo señala el lúcido prólogo de Juan Peregrina, en cuyas palabras “el poeta es, ante todo, testigo de lo que vive: un testigo no dedicado a observar y callar”, sino que convive con lo contado, “con las personas que cuentan y le cuentan”.

Por eso, aunque nuestro poeta nos avisa en este libro de lo tremendo que será darnos cuenta de que no muy tarde vendrá la muerte precedida de soledad y de olvido -olvido que puede conducirnos al rencor, la envidia o la desesperación a causa de las cuales pasemos por alto la solidaridad, la admiración y la celebración-, el poeta puede también anticiparse para recordar y metamorfosear esta terrible posibilidad en belleza, elegancia, reconocimiento y celebración. Y es que:

“Hay hombres de llanto hondo y áspero.

Hombres que nunca fueron niños (…)

Custodia las cenizas del mundo.

Son bosque talado”

Pero mejor saberlo y acogerlo en las palabras para que, al hacer acto de “Fe”, cuando llegue el momento de convertir en gracia la pérdida, no quedemos fuera de la realidad sino más dentro:

 

“Pero existe,

                               así,

                               tan imperfecto.

 Es por eso que creo.”

 

Hermoso el “Prójimos” de Santiago Molina, traslúcido en su humildad. Más cercano cuanto más arrojado en manos del otro, del distinto. Una poética de la projimidad, la definiría yo.

 

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31
Dic
2016
Liturgia de las horas
3 comentarios

Javier Asiáin

Aunque su fecha de publicación es de 2012, año en que obtuvo el premio “San Juan de la Cruz”, ha sido en este declinante 2016 cuando llegó a mis manos. El tiempo tiene sus misterios y el Misterio tiene sus tiempos (al menos lo ha tenido para que, al fin, nos encontráramos Javier y yo).

Lo cierto es que vamos a concluir el año en este blog con un libro que hace liturgia del paso del tiempo.

Se trata de “Liturgia de las horas” de Javier Asiáin (Rialp), un poemario sorprendente en contenido y forma. En contenido, porque su estructura en tres partes aborda el paso del tiempo -oración de la mañana, de la tarde y de la noche- en torno a una verdadera liturgia cuya peculiaridad consiste en sacralizar el amor hasta llegar al encuentro íntimo con la amada. En cuanto a la forma, porque Asiáin se vale de citas bíblicas, oraciones, salmodias e invocaciones tomadas de la liturgia cristiana para volcarlas a lo humano.

Lo interesante es que Javier procede con tanta delicadeza, con un tino rítmico, semántico e imaginario tan armónico -no desprovisto de ciertas concreciones tan naturales como bien traídas-, que muchos de los poemas bien conservarían su sentido sagrado y su capacidad de elevación meramente espiritual. “El poema es un cántico / contra la impiedad de este mundo”, leemos en un poema titulado “Conclusión de oficio” y subtitulado como “Acción de gracias”.

Se percibe erudición y respeto por una tradición sacra que aquí, en su empleo amoroso, muestra claramente su vigencia plenificadora de otros órdenes.

En efecto, la liturgia sagrada de las horas es una forma de introducir al ser humano que por ella camina en una realidad más verdadera del tiempo. Es la forma religiosa de hallar el sentido del paso del tiempo, lo cual no puede hacerse sin entrar en el tiempo de Dios, en la relación con su persona y su historia, con su tiempo, más allá de nuestra medida del tiempo. Es la forma de encontrar otro transcurrir, otra dimensión que, entonces sí, derrama su luz sobre el mero paso de los instantes.

Porque el paso de una hora a otra, de un año a otro, poco importa más allá de la medida y la convención socialmente sincronizada. Hay días que son años y años que se nos fueron como un día. Instantes en que maduramos un trienio y trienios en que nuestra vida se estanca o retrocede. Y si no hubiera un sentido, un porqué, un alguien hacia quién, una razón para seguir caminando, el tiempo bien podría convertirse en un laberinto de angustias.

Javier Asiáin ha conducido el tiempo por la liturgia del amor. Son tantas las paráfrasis de lugares bíblicos y de oraciones y salmodias -a veces trasvasados hasta el patronaje de un haiku-, que adivinamos no sólo un recurso utilitario del sucederse litúrgico sino una verdadera forma de concitar fuerzas: la del amor -más evidente- y la del tiempo sagrado, según el cual hay un acto primigenio creador, originante de identidad y dignidad, y un acto final consumador que dota cada instante y cada verso de movimiento, atracción y esperanza consumada.

Pasa un año -quedan horas-, pero poco importa para quien el sucederse del tiempo ya no es un descontar vida, sino la cuenta atrás hacia el encuentro con la vida (claro: aquí hablo por mí, que Javier está mejor amando y escribiendo, que para eso le ha dado la vida tanto talento).

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