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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor

22
Jun
2018
Los ritmos rojos: un cuento triste
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Los Ritmos Rojos

Tras muchos años dedicado a la búsqueda de lo mejor entre las nuevas voces, las voces ya consagradas y las voces extranjeras para ofrecérnoslas con las mejores garantías de edición, Jesús Munárriz se ha ganado con creces el derecho a hacer una excepción y publicar un libro suyo en el sello por él creado y llevado a lo más alto, la Editorial Hiperión.

El ritmo de haikus del título, “Los ritmos rojos / del siglo en que nací. / Un cuento triste”, es un recurso que contribuye a acentuar, por contraste, las sombras de las que este poemario da cuenta. Porque de haikus nada: ni contemplación de la naturaleza, ni cambio de estaciones, ni ausencia de sujeto, ni aire zen. Este poemario es, en efecto, un cuento triste, el relato de quien da cuenta del desencanto ante los ideales de la Revolución Rusa precisamente en el año de la celebración del centenario de esta, 2017.

Según el mismo autor declara, “el triunfo de los revolucionarios rusos en 1917 cambió el curso de la historia y condicionó de una u otra forma las vidas de cuantos nacimos en el siglo XX, al igual que su fracaso y sus consecuencias condicionan también a su manera lo que sucede en el XXI. Las vidas de los humanos nunca escapan a su circunstancia. Ni la poesía, si no quiere tintinear en el vacío, debe hacerlo.”

En efecto, el primer verso de este poemario es “Mil novecientos diecisiete”. El último poema se refiere a “Jesús de Nazaret, aquel judío / que andaba por la vida con lo puesto / dijo que siempre habrá pobres y ricos / y arreó a los banqueros zurriagazos.” En el medio, una auténtica crónica de lo ocurrido en este siglo, con versos claros, a veces premeditadamente prosaicos, que buscan agilidad ante todo, pero que no pierden la intensidad, una elegancia incluso adusta basada en la depuración y en la claridad.

Rusia, Budapest, Berlín, Múnich, Turín…: los escenarios de la obra. CHEKA, GPU, OGPU, NKVD, KGB…: las siglas de la trama. Y, cómo no, los nombres de los poetas, los seres, en nada especiales entre millones de seres más, para los que esta trama fue tragedia:

“Antes que nadie, Blok, acorralado

por sus propios versos.

Yesenin luego, suicidado, Jlébnikov

gangrenado en el frente, Mandelshtam

aniquilado en el gulag, el entusiasta

Vladímir Mayakovski, suicidado,

la vacilante Marina Tsvietaieva

suicidada también, y sus controladores

y acusadores Lev Trotsky y Anatoli Lunatcharski

asesinados a su vez…”

Munarriz mantiene un tono racional y frío, una clara opción por el carácter reflexivo de la poesía, una reflexión pegada a la historia y a los nombres propios de esta, especialmente cuando la tentación del sentimentalismo, la afectación y el escapismo están al orden del día en la poesía.

Un cuento triste, sí, pero lúcidamente comprometido. Sincero al dar cuenta de la decepción. Y, aunque no es fácil atisbar esperanza en este poemario, no puede haber futuro sin confrontación sincera con el presente y el pasado que hasta aquí nos ha traído.

A uno, que aparte de camarada poeta no deja de ser teólogo y está por tanto obligado a ejercer la reflexión crítica sobre todo aquello que habla de Dios, no deja de llamarle la atención que el poema epílogo finalice dándole la razón al Nazareno. Me pregunto, seguro de que a Munárriz no le ha faltado nunca sinceridad y valor, qué traerá el “Continuará” del Colofón. No se pierdan estas páginas.

 

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12
Jun
2018
El tiempo es un león de montaña
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Trinidad Gan

“El tiempo es un león de montaña” (Ed. Visor), un libro conquistado a la experiencia y a sí misma, es el último poemario de Trinidad Gan. Por él obtuvo el XX Premio de Poesía Generación del 27.

Creo que es ésta una obra de inspiración cubista. De un modo que guarda similitud con el cubismo, en “El tiempo es un león de Montaña” desaparece la perspectiva única y son tratados los temas desde una composición de “perspectiva múltiple”.

En estos poemas podemos adentrarnos, al mismo tiempo y en el mismo plano, desde perspectivas diversas. Sin embargo, al contrario de lo que ocurría en la pintura, donde se buscaba suprimir la sensación de profundidad, la implicación de la experiencia y del sentimiento, que Trinidad sí incorpora, nos va a otorgar profundidad y emoción.

El sujeto poético es, a la vez, quien mira y es mirado. La persona cuya voz nos habla comparece ante el lector y, a la vez, se distancia de la poeta retratada. Es sujeto y es objeto. Es ella y otra, muchas otras. Es su fiera y la presa que su fiera devora.

La poeta convive con ella misma en el pasado. Trata de advertir a la que fue sobre el futuro que le espera, prevenir lo inevitable. Pero lo inevitable es ella, la suma -y algo más- de todos los tiempos, ciudades, asfaltos, rellanos y escaleras que la han traído hasta aquí. Este libro es un puzle roto, un espejo roto en otros tantos espejos -poemas- rotos y cuyo único fondo estable es la poesía misma.

Viaje, tiempo, perspectivas, memoria, sueño, son, al fin y al cabo, formas de parafrasear la vida. Trinidad ha vivido la suya, una vida hecha de muchas vidas, y ha hecho del azar su propio juego, y de los muchos rostros posibles su propio rostro. Este libro muestra que en la vida llega un momento de atajarle el camino al camino, de salirle al camino al camino mismo.

Por ello la poeta sale del cuarto gris donde en entregas anteriores la encontrábamos, para romper paredes, desalojar la ceniza acumulada y quedarse sólo con el fuego, que es, al fin y al cabo, lo que importa, lo que arde, lo que era poesía en tantos poemas. Es un libro sin miedo, o, quizá, un libro que mira a los ojos del miedo como quien mira a los ojos de la fiera, del león, del tiempo, de sí misma.

El mismo tiempo que deshilacha nuestro tejido existencial es el que teje nuestra verdad, pues nuestra verdad es temporal, es en el tiempo, es tiempo. Por eso la poeta que se enfrenta aquí a su furia, a su estrago, es la misma que ha de reparar los daños, rehacer el orden, volver a poner en pie las cosas que el león ha arrasado para, luego, decirlo, decírselo, decírnoslo.

Quizá por eso cobra una especial relevancia en estos poemas la metapoesía. Si a esto le sumamos que estamos ante un libro de madurez y de balance, nos damos cuenta de que a Trinidad lo mejor que le queda, después de decir adiós a las cosas que no eran sino un lastre, es el lenguaje mismo.

Para los apache y walapai de Arizona, el león de montaña (o puma) fue precursor de la muerte. Precursor de la muerte: teníamos que llegar aquí y temíamos llegar aquí, pero estaba anunciado desde el principio. Que sea precursor de la muerte un animal tan bello como el león de montaña nos habla, en realidad, de la belleza de la vida y de la furia del instante y de la potencia del presente.

Creo que en este libro Trinidad llega a un acuerdo consigo misma, a un pacto con su verdad, a un compromiso con su futuro. Y ese pacto se firma en verso, un verso definido con esa belleza que tienen los seres salvajes cuando están en calma, en reposo.

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22
May
2018
El derecho a odiar
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derecho a odiar

Pues no, no le reconozco derechos al odio. Una cosa es reconocer que odiamos, que podemos sentir odio, que a veces lo mejor sea reconocerlo si de verdad queremos superarlo, y otra admitir impasiblemente que el odio tenga carta de legitimidad, que sea uno de los derechos que nos otorgamos a nosotros mismos.

Porque la fuente del derecho no es el capricho autoindulgente, sino la dignidad de la persona concebida en su verdadero ser, que es relacional. “El otro” forma parte de mí. Odiando, me rebajo a mí mismo. ¿Y a qué viene esto?

El anonimato de las redes sociales, cierto periodismo que algunos, con razón, denominan “de cloacas”. Cierta telebasura que hace omnipresentes en los medios a personajes absurdos y frívolos que venden su vacuidad a precio de oro por platós televisivos en los que se aplaude el lenguaje soez, el insulto y la descalificación gratuita. La falaz equiparación de la sinceridad con la mala educación. La intención de hacernos creer que es libertad de expresión o derecho a la información lo que en realidad es un modo de hacer dinero fácil mediante un amarillismo especialmente diseñado para las audiencias más vulnerables, las de aquellas vidas cuya aventura más apasionante es proyectar sobre ridículos famosos, famosos por nada interesante, su propio aburrimiento o su propia frustración. El espectáculo de tertulianas maquilladas como puertas que lo mismo lanzan hipótesis sobre el asesino, que se convierten en especialistas en derecho, o en psicólogas, o en filósofas sociales y chupan cámara tratando de mantener el pico de audiencia según les vayan indicando por el pinganillo que suban o bajen el tono mientras el video morboso se repite y se repite en bucle… A esto me refiero.

Hace años se pusieron de moda los estudios que analizaban hasta qué punto las convenciones sociales influían en nuestras convicciones morales. Simplificando, se ponía de relieve cómo el hecho de ser aceptados, de acomodar nuestros valores morales a lo aceptable o a lo correcto socialmente hablando, nos podía llevar a mantener posiciones morales “convencionales”, incluso cuando en nuestro fuero interno o privado no coincidiésemos exactamente con aquello que en nuestro comportamiento externo dejábamos entrever. Es decir, el contexto social hacía de “molde” moral. Y no era lo mejor, pero al menos ayudaba a “contener” lo peor. Cuando el muro de contención social se corrompe, ¿qué más da lo moralmente bueno, si en la anarquía del anonimato podemos vomitar contra los demás nuestro malestar consciente o inconsciente?

Decía San Agustín que, cuando un hombre se eleva, todos nos elevamos. Pues bien: cuando un hombre se degrada, entre el aplauso y el regocijo, todos nos degradamos.

Reivindico una ética de los medios. De lo contrario, lo que se deteriora es la convivencia.

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15
May
2018
He visto el Amor
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He visto...

Ya lo dice Björk en esa mítica escena de “Bailar en la oscuridad”, cuando, descubierta su grave falta de vista, preguntada por el hombre que la ama si le da igual, si no piensa hacer nada para evitar una ceguera inminente, ella responde: “Ya lo he visto todo. He visto la oscuridad. He visto una pequeña chispa.”

Es la escena del tren en marcha sobre el que Selma (Björk) danza. Ya ha decidido en su interior que el dinero ahorrado durante toda su vida está destinado a operar a su hijo para evitar que sufra la misma enfermedad por la que ella es ya prácticamente una invidente.

“¿No te importa perderte la gran muralla China, el Empire State, la mano de tu nieto acariciando tu pelo?”. Y ella responde: “He visto lo que elegí. He visto lo que necesité. Y eso es suficiente. Desear más sería avaro. He visto lo que era y sé lo que seré”.

Si a esto le unimos el mensaje sacrificial de la película (es un paralelo a la vida Cristo), y esa jarra de agua fría que nos dice que muchas veces la injusticia y la mentira triunfan pero que no pasa nada, porque el bien, la entrega y la bondad no pueden ser comparadas con ninguna otra cosa y justifican nuestra vida entera, podremos llegar a sentir la felicidad incluso en las circustancias más adversas.

Ese es el milagro de la desconcertante película: que todo salga mal pero que todo esté bien. Porque lo más importante es lo que el corazón ha visto, lo cual es una forma de entregarse que el mismo corazón tiene.

Hay momentos en la vida que nos hacen volver la mirada hacia atrás y en los que, si echamos también la vista hacia adelante, nos parece que todo ha sucedido como si nada hubiera sucedido. Porque lo importante es invisible a los ojos y sólo permanece lo que ha visto el alma.

Quizás es este uno de esos momentos. 

Un paréntesis me obliga a detenerme mientras pergeño otras palabras, las que habré de pronunciar en gratitud al... (bueno, esto da igual). En el paréntesis se abre un claro y en ese claro recuerdo que, hace apenas unos años, sólo deseaba llegar a los 40 con un puñado de poemas que, como agua en las manos, tuvieran más o menos sentido. La vida ha sido generosa, con avaricia generosa más allá de lo siquiera imaginado. Y en el paréntesis se escucha una voz que, no sin severidad y contundencia, me dice: “todo eso es nada, no lo olvides, porque sólo cuenta lo que tu corazón ha visto.”

Entonces el contador se pone a cero. Con la diferencia de que ahora es una cuenta atrás.

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14
Mar
2018
Serán las madres las que digan: basta
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Girasoles

Ha habido sobre exposición mediática y algunas cadenas de televisión han traspasado los límites de la ética periodística convirtiendo el trágico suceso en un espectáculo sobre el que se vertían todo tipo de bulos, comentarios banales, informaciones falsas y detalles morbosos que inmoralmente buscaban audiencia.

Por ello, lo importante es quedarnos con la altura moral de Patricia, la madre del pequeño Gabriel, con su grandeza de espíritu al pedir que tras el dramático asunto no quede sentimiento alguno de rencor, venganza u odio, pues los hechos demuestran la generosidad de la gente, la capacidad de entrega solidaria y desinteresada para ayudar: hay más personas buenas, inmensamente más e inmensamente más buenas, y, por lo tanto, no hay que darle al mal y sus agentes el protagonismo que no merecen.

Todo el dolor de esta madre se convierte en un mensaje en el que la apuesta por el bien y la necesaria actuación de la justicia encuentran su lugar propio sin detrimento la una de la otra.

La rabia, por más comprensible que sea, no puede ofuscar la recta razón, la mirada clarividente, especialmente a la vista de esta ola de solidaridad y ayuda que ha movilizado a miles de personas. Y es la mirada de esta madre, Patricia, la mirada de la parte más afectada de todas, la que nos deslumbra con su serenidad de fondo y con esa sabiduría del corazón que va más allá del dolor.

Quizá sea oportuno este poema de Ángela Figuera. También ella perdió un hijo. Parece que estos versos llegan como rocío al alma en estos días. ¡Ah!: y dejemos las redes sembradas de girasoles, como Patricia ha pedido.

 

Serán las madres las que digan: basta.
Esas mujeres que acarrean siglos
de laboreo dócil, de paciencia,
igual que vacas mansas y seguras
que tristemente alumbran y consienten
con un mugido largo y quejumbroso
el robo y sacrificio de su cría.
 

Serán las madres todas rehusando
ceder sus vientres al trabajo inútil
de concebir tan sólo hacia la fosa.
De dar fruto a la vida cuando saben
que no ha de madurar entre sus ramas.
No más parir abeles y caínes.
Ninguna querrá dar pasto sumiso
al odio que supura incoercible
desde los cuatro puntos cardinales.
 

Cuando el amor con su rotundo mando
nos pone actividad en las entrañas
y una secreta pleamar gozosa
nos rompe la esbeltez de la cintura,
sabemos y aceptamos para el hijo
un áspero destino de herramienta,
un péndulo del júbilo a la lágrima.
Que así la vida trenza sus caminos
en plenitud de días y de pasos
hacia la muerte lícita y auténtica,
no al golpe anticipado de la ira.
 

¿Por qué lograr espigas que maduren
para una siega de ametralladoras?
¿Por qué llenar prisiones y cuarteles?
¿Por qué suministrar carne con nervios
al agrio espino de alambradas,
bocas al hambre, sombras al espanto?
¿Es necesario continuar un mundo
en que la sangre más fragante y pura
no vale lo que un litro de petróleo,
y el oro pesa más que la belleza,
y un corazón, un pájaro, una rosa
no tienen la importancia del uranio?
 

Ángela Figuera Aymerich. “Rebelión” (El grito inútil, 1952)

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8
Mar
2018
Era viernes y ella se llamaba Rosario
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Era viernes

 

Uno no puede entenderlo. Lees cada día el Evangelio, piensas que está claro. La relación de Jesús con las mujeres, sus gestos proféticos, liberadores. Su forma de complicarse la vida hasta una muerte instigada por los maestros de la ley, por los autorizados intérpretes de un dios que tiene poco del Dios vivo.

Escuchas el testimonio de una monja que trabaja ayudando a mujeres a salir de la prostitución, su relato de chicas apaleadas hasta el "coma" literal, encerradas y violadas durante semanas. Tu corazón tiembla. Pero luego alguien viene a decirte que entre las reivindicaciones se esconden elementos ideológicos que son fruto del demonio. Vamos, lo que el mismo Jesús había profetizado: filtrar un mosquito para tragarse el camello. Y te dan ganas de tirar la toalla, porque parece que no ha servido de nada. Que aún queda mucho por sufrir hasta que el corazón se nos despierte, hasta aprender a amar.

Pero al final, pues no, que de sufrir has de hacerlo del lado de las víctimas, porque es lo que tiene sentido. Y porque es lo que Dios mismo hizo, por más que nuestra egoísta y culpable sordera insista en ignorarlo. O, lo que es peor, tergiversarlo.

Cum spe, sine metu: ¡feliz día de la dona! 

ERA VIERNES Y ELLA SE LLAMABA ROSARIO

Sus dos hijas estaban jugando con la Barbie en la sala de estar.
Alicia, la vecina del tercero, follando como loca con un senegalés.
Las dos viejas de abajo
atentas a un programa de la tele.
Sus padres en la playa,
disfrutando del sol en Benidorm.
El bebió una cerveza
antes de sugerirle
que pensara dos veces lo de aquella denuncia.
Ella estaba callada, en postura fetal,
entre la lavadora y el sillón,
en el suelo, tirada,
esperando su turno,
rodeada de sangre y de miedo.

 

Katy Parra

 
 
 

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27
Jul
2017
"Accidente"
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Camino Román

[Como anunciábamos en el artículo anterior, continuamos compartiendo la presentación de los Adonáis 2016 que celebramos recientemente con la presencia de los tres autores.] 

“Accidente”, de Camino Román 

“Accidente”, de Camino Román, nos demuestra que se puede escribir una poesía joven, fresca y contemporánea que, a la vez y sin detrimento, busca nuevos cauces de calidad.

Nacida en Veguellina de Órbigo (León) en 1981, Camino es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca. Se dedica a la enseñanza artística, a la vez que elabora su propia obra pictórica habiendo participado en diversas exposiciones. La última de ellas, “Todo está mal”, en 2016. Traemos este dato porque explica en parte su poesía: el arte contemporáneo exige un discurso cada vez más elaborado (adivinamos en ello los ensayos estéticos de Danto) y, en esa circunstancia, la pintura llevo a Camino a la poesía.

Tras un poemario online, “<3<3" en 2014, cuenta con otro libro en papel: "Una foto de un lugar que visitaste" (Ediciones Ochoacostado, 2016). “Accidente”, accésit de Adonáis, nos sorprende desde el primer instante por la originalidad de su lenguaje y por una imaginería que, inmediatamente, nos traslada a otros registros artísticos y nos anima a la aventura de ensanchar nuestra relación con el lenguaje a lo largo de un sostenido ejercicio de imprevisibilidad que, lejos de abrumarnos con rarezas, muestra precisamente cómo la creatividad, cuando es exigente, conecta con asuntos universales a través de lo más cotidiano; con cuestiones últimas sin tener que ponerse trascendentales; con el fondo del corazón sin tener que pasar por la grandilocuencia.

Hay dos voces en “Accidente” y ese es el gran hallazgo de Camino Román. Por un lado, está la voz que discurre por el color, la espontaneidad, el ritmo y los destellos de la vida contemporánea. Es una voz que parece y es divertida, sencilla, pop y agradablemente superficial. Pero, inmediatamente, esa facilidad no puede contener una sensación de amenaza, una intuición de zarpazo agazapado en la digitalidad. Es entonces cuando se abre su otra voz, la que nos habla, en realidad, de la humana soledad, del desamor, de la incomunicación, de la sustitución del espacio real por el espacio virtual.

El logro y la aportación de este libro es, precisamente, su capacidad para articular sincrónicamente los dos registros y para atraparnos donde menos parecía, pues, en el mismo divertimento, nos da un golpe de terror o de gracia, como en esos tiovivos de feria donde el brillo acharolado de los caballos y los muñecos encierra, a la vez, un espanto sin posibilidad de discontinuidad.

Camino conoce la estética del mundo virtual y cómo, en la luminosidad de sus pantallas, el espacio real ha sido sustituido por el espacio virtual, la vida por su videojuego, la persona por su avatar. Y claro, al final hasta el llanto importa con tal de que sea rentable. Lo que haya detrás, que cada uno se lo coma a solas.

¿Por qué, en el mundo más intercomunicado entre los mundos pensables, estamos, finalmente, tan solos? Porque estamos solos “como los árboles que siempre están solos / libertad lo llamamos a veces / para reconocernos aunque nadie nos reconozca.”

El presente poemario es un testimonio precoz de esa generación que comienza a descubrir la trampa de las redes, la viscosidad de una pantalla de plasma en la que, al fondo, estamos atrapados, pues sus respuestas sólo sirven para una vida virtualmente fallida.

Parece la generación que descubre que su libertad se ha reducido a una aplicación para Android y que hay muchos perfiles falsos en las redes. La que descubre cómo el arte ha renunciado a los dogmatismos para caer paralizada ante el dogma absoluto de un yo absoluto recluido en el yo virtual de verse a sí mismo vivir y, sin embargo, no sentirse vivo.

Camino ha escrito para nosotros el libro de una generación que comienza a preguntarse “Y después, ¿qué?”.

“Accidente” es un libro que aspira a molestar a alguien. Porque, al final, aspira, -lo confirma ella- al amor.

El valor de nuestra artista consiste en adentrarse en estas cuestiones últimas sin plantearlas como cuestiones últimas. Ni siquiera como cuestiones. Su aportación consiste en deslizarse y deslizarnos por una estética pixelada con sus mismas armas, como si nada, como quien ha aceptado el juego para inocular en el videojuego el virus que un día habrá de bloquearlo.

Si en la desprogramación de este universo estará implícita también nuestra propia aniquilación, es algo que la poesía y la obra pictórica de Camino Román no dejará de contarnos en su momento. Estamos avisados.

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23
Jul
2017
El recelo del agua
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Recelo del agua

[Como anunciábamos en el artículo anterior, continuamos compartiendo la presentación de los Adonáis 2016 que celebramos recientemente con la presencia de los tres autores.]

El recelo del agua, de Bibiana Collado

En esa extraña relación entre poeta y lector, hay veces en que tenemos la sensación de que el poema no reposa ni en el uno ni en el otro, sino en ambos y en ninguno. Por ejemplo, cuando asistimos al acto de su autonomía, una autonomía que se sostiene en su verdad, su verdad poética. Entonces el lector tiene que decirle a la poeta que lo siente, pero que es poeta lo quiera o no lo quiera, que es poeta pese a que esto le va a doler siempre.

Algo así sucede al leer “El recelo del agua”, de Bibiana Collado. Poemas en alto grado de poema que imponen su soberanía y abren un espacio que nos deslumbra y nos duele. Asistimos a ese extraño fenómeno que sólo puede ocurrir en lo poético mediante el cual el dolor alumbra algo hermoso y la hermosura nos duele.

Nacida en Burriana en 1985, licenciada en Filología Hispánica, Master en Estudios Hispánicos avanzados, Bibiana Collado no es nueva en el panorama édito de la poesía española. Aunque ya antes nos había entregado “Poemas sueltos” (Premio Voces Nuevas y Premio Universitat de València) y “Como si nunca antes” (Premio Arcipreste de Hita), tenemos ahora la certeza, sin embargo, de que va a quedarse, porque se ha abierto en ella una vibración autónoma que no podemos nombrar de otro modo que emocionar la inteligencia.

En efecto, “El recelo del agua” es uno de esos libros que tiene vida propia. Habla incluso cuando lo hemos cerrado. Activa en el tiempo un temblor que no puede ser ignorado porque su estruendo sordo brota de una forma de amar personal y de familia, íntima y social, que ya existía antes, pero que ahora se ha desgajado del miedo de las cosas que se mascaban en voz baja.

“El recelo del agua” tiene voz de mujer. Y con esto decimos que una larga estirpe de mujeres nos sale al encuentro en sus poemas. Mujeres que no fueron a la escuela, mujeres que guardaban un ajuar por si acaso, mujeres que cuidan a mujeres, mujeres que con catorce años trabajan 12 horas remachando bolsos en una fábrica, mujeres que extienden juntas las sábanas sobre una cama para la enfermedad futura, mujeres que se consuelan mutuamente y, mutuamente, a la vez se culpan sin poderlo decir, mujeres que bajaron del cerro, mujeres que tienen una cicatriz de quemadura muy antigua, mujeres que son hijas de su madre y madre de su hija y después madre de su madre y luego hijas de sus hijas. Mujeres que comulgaron con un traje amarillo en una foto de habitación sin ventana de la que se han borrado los padres pobres y las chozas pobres y luego asisten a la comunión de la hija del patrón en mesa aparte. Mujeres con 15 minutos de descanso y un termo de café para apilar cítricos junto a mujeres cuatrocientas en una nave industrial y manos astilladas de escarcha y madrugada. Mujeres que fueron maestras de francés y que no fueron maestras de francés.

Bibiana se ha valido en este libro de una técnica que tiene el buen gusto de pasar desapercibida formalmente y mediante la cual ha superpuesto tiempos, lugares, biografías. Las realidades cobran así perspectiva y llegan a nosotros como verdad. Pero a la vez, esa verdad se materializa en verdad social y cultural, porque Collado superpone también estratos de cultura. Cultura no es un añadido a la vida sino una dimensión más de ella. Por ello, mujeres del sustrato bíblico, mujeres de las letras, como Santa Teresa o sor Juana, y mujeres con Alzheimer y olvido, conviven con mujeres de las fábricas porque sus diferentes dimensiones con Alzheimer y sin olvido lo son de una misma historia que es la de ellas y es la nuestra, aunque nos hiera aceptarlo.

El arte de Bibiana cobra, finalmente, una dimensión que convierte éste en un libro irrenunciable cuando también irrumpe -y no sé hasta qué punto es consciente de ello- en el espacio sagrado; y, así, por ejemplo, celebra una eucaristía en el mismo acto en que una mujer parte el pan para otra y acerca una copa a otra mujer: Y Bibiana no sólo hace comulgar dos espacios semánticos que alimentan alma y cuerpo, sino que hasta aúna dos mundos sonoros, el de la anáfora consecratoria -donde sólo la voz de hombres se escucha, según la tradición católica- y el de la forma en que ella dispone sus versos: (“se acerca, parte el pan / y se lo da diciendo:/ Coma madre, que apenas / ha probado bocado. / Después le llena la copa / y se la da diciendo: / Beba usted despacito, / no se vaya a atragantar.”).

Algo similar ocurre en el poema “El beso de Judas”, que concita también el plano de la pintura trayéndonos a los ojos una obra de Caravaggio: parece que hasta el miedo de Dios es mejor captado desde los ojos de una mujer.

“El recelo del agua” es un libro estremecedor. Catárquico y anticatárquico, pues, a la vez que trasmuta en su propio poema el miedo de los de abajo a no saber nunca lo suficiente, a que se nos note la pobreza que llevamos en los huesos, como en un acto de justica y superación, a la vez, digo, y en el mismo exorcismo verbal, lo deja para siempre temblando, imposible ya de ignorar, como tiembla el agua en un pozo que aún está vivo y mana y del que no podemos curarnos.

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15
Jul
2017
La lucha por el vuelo
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Tres Adonáis

[En los sucesivos días, publicaremos en este blog los extractos de la triple presentación de los ganadores de Adonáis 2016, en la que estuvieron presentes los autores]

Adonáis sigue siendo Adonáis. Y no es necesario recurrir sólo a las glorias pasadas, a los nombres de quienes, desde sus inicios en la mítica colección (bien ganadores, bien accésit), han alcanzado la condición de clásicos contemporáneos: José Hierro, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Julia Uceda, Blanca Andreu. Podemos también acudir a las ediciones más recientes para encontrar en Adonáis algunos de los nombres de los poetas jóvenes o de generación intermedia cuyo recorrido posterior podemos ya mencionar como relevante: Joaquín Pérez Azaustre, Javier Vela, Antonio Aguilar, Raquel Lanseros, Juan Meseguer, Jorge Galán, Francisco Onieva, Rubén Martín Díaz, Constantino Molina, Nilton Santiago... Seguro que la necesidad de brevedad hace injusticia a nombres significativos.


A esta lista se suman ahora los nombres de Sergio Navarro, Bibiana Collado y Camino Román. Y no es cuestión de vanidad o triunfalismo. Es algo más: inscribirse en esta estela no significa ser mejor que nadie, pero sí apostar por la excelencia con una ambición que interpreto como necesidad de enlazarnos a una tradición y un patrimonio para ser no en solitario, sino en plural; no en egoísmo, sino en gratitud; no en soliloquio, sino en diálogo con quienes nos han hablado y aportado. Estar en Adonáis es ser parte de un cuerpo vivo. 


“La lucha por el Vuelo”, de Sergio Navarro 

“La lucha por el vuelo”, de Sergio Navarro, recupera para nosotros la vibración de un Adonáis clásico. Nacido en Marbella en 1992, doble Grado en Filología Hispánica y Comunicación Audiovisual, Sergio había publicado en 2015 el poemario “Telarañas”. 

Con el presente libro nos adentra en un peregrinaje por la naturaleza, un recorrido que se inicia en la invencible, ignota vastedad del abismo, desde el que una sonda hace llegar noticias de una soledad cósmica desconocida, para continuar después por una naturaleza más terral pero igualmente ajena a lo humano, indiferente a la conciencia que trata de penetrar su misterio. 

Este viaje, sin embargo, halla en la poesía un radar con el que proseguir hasta, y en sus sucesivas partes, adentrarnos y adentrar en nosotros el sacrosanto misterio que aguarda en cuanto vive. 

Serán una musicalidad sostenida y unos encabalgamientos que suspenden proverbialmente la respiración sobre un abismo vertiginoso -coherente reflejo formal de la lucha por el vuelo y la voluntad de habitar este espacio- los que imanten nuestra querencia de altura para, finalmente, introducirnos en ese espacio místico que, sin embargo y paradójicamente, nos aguardaba en lo más humano, pues la más salvaje potencia natural revela ahora su condición de empuje a fin de que cosmos y corazón sean, comunionalmente, uno. (“que el hogar verdadero al que volver / es la tierra del hombre, quien anhela / el cielo mientras reza en el camino”). 

En el poemario ganador del Adonáis 2016, Sergio se entrega, se abre, se arraiga, se desarraiga, crece, se empequeñece, anhela, vuela, cae, se levanta, choca, atraviesa. 

Porque no, no es cuestión de facilitar las cosas o limar asperezas. Ya decía Platón que son difíciles las cosas bellas. Por ello Navarro nos hará atravesar, especialmente en la sección II, a través de la experiencia del fracaso y la muerte. ¿Qué sentido tienen la caída y la muerte, si somos vuelo? 

Sergio -no de forma filosófica, pues es otra muy distinta su/la razón poética- aborda ahora uno de los grandes misterios de la vida. Morir, fracasar, no pueden responderse. Sólo dejan entrever un misterio más hondo, ese que nos dice que la lucha por el vuelo (eso somos: lucha por el vuelo) es, en el fondo, un aleteo por entrar a la luz, al calor, al espacio humanado. 

Cosas así sólo se pueden expresar y comprender en el poema, pues el poema comprende sin comprender y dice sin decir. El poema cumple así su vocación de introducirnos en el misterio, de una forma vedada a otra lógica, para desvelar velando. Ser -vivir- y escritura se dan forma mutuamente.

Por eso, a través de esta sección, Navarro operará también cierto cambio de registro, pasando del ámbito más natural al urbano, constatando que, junto a las fiebres más espirituales, la vida nos conduce al lugar donde habitan tantos hombres de nuestro tiempo, pues toda mística no es mística verdadera hasta que no se encarna, hasta que no penetra el corazón concreto de lo humano concreto allí donde concreta y personalmente se encuentra. 

A través de esa grieta abierta en el aire podremos continuar. La muerte se revela madre porque ahora comprendemos que Dios es la Madre que ya nos ha alumbrado una vez y que nos alumbrará definitivamente un día. Mas, mientras tanto y para el vuelo, tenemos el amor, un amor alejado de tópicos románticos y artificios retóricos, pues se trata del amor de quienes, sencillamente, juegan sobre la hierba bajo la luz de sol, el amor del niño adormilado sobre los hombros del padre que fuertemente lo sujeta. Entonces sí, entonces todo el libro revela su naturaleza de don que hace temblar de sentido nuestros tuétanos. 

El poemario se encamina, finalmente, a dar por bueno lo ya vivido, a dar por suficiente lo simple. Quien este camino ha recorrido, comienza a ser poeta verdadero. Porque la bondad es difusiva de sí. En efecto: ser poeta consiste, en ese punto del libro, en entregarse. Y si no, nada. Esta final armoniosa comunión de cosmos y existencia da, como fruto, pan de luz y de penumbra lentamente amasado. 

La palabra madurez viene a nuestra mente leyendo a Sergio y brota en nosotros una reconciliación con la vida. Sergio aúna metafísica del existir y escritura, cultura y moral, porque también escuchamos en él a los maestros y los maestros cobran sentido en él convirtiéndose en sabiduría para la vida y para el hoy. Su culturalismo es cuerpo vivo y no vacía erudición. 

Finalmente, la ambición de sentido y de altura -se trata de vuelo, no lo olvidemos- de este poemario nos hace recordar también a Alberto Magno cuando señalaba como una de las cualidades del verdadero arte la “grandeza”, ese afán por hacer algo, no grandioso, sino grande, generoso, a la altura de la condición humana, a la altura de la historia, a la altura de la altura que queremos alcanzar porque, en el fondo, y Sergio Navarro lo sabe, somos vuelo y ansias de azul.

 

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21
May
2017
Stefan Zweig, adios a Europa
2 comentarios

Zweig

Lo peligroso es que, al final de la película, te preguntas si en realidad no está sucediendo ahora.

En pleno ascenso del nacionalsocialismo, el escritor austríaco Stefan Zweig, el más leído autor en lengua alemana de ese momento -sólo detrás de Thomas Mann-, acaba de llegar a Brasil para iniciar una serie de lecturas y conferencias por toda América Latina. Ya no volverá más a Europa.

Su obra ha sido prohibida en Alemania. Numerosos artistas y escritores también judíos, como Zweig, abandonan el viejo continente ante lo que ya parece irremediable. El holocausto está a punto de ocurrir; la Segunda Guerra Mundial será el desenlace de todo.

Pero el aclamado escritor no quiere tomar parte. Aun cuando lo presionan para que denuncie lo que está sucediendo en su propia tierra, toda vez que él parece a salvo a tantos miles de kilómetros, se resiste abiertamente a denunciarlo. No cree que ello haga un bien a sus propios compatriotas -dice. Como escritor, la misión de su arte es diferente -dice.

Son, sin embargo, cada vez más las gestiones que tiene que realizar ante embajadas y consulados de toda América ante la petición de decenas, centenas de artistas que huyen desesperados, que buscan escapar de la persecución o la muerte. No puede escribir. Todo su tiempo lo emplea intentando ayudar. La realidad le abre los ojos: ¿qué importancia tiene mi obra comparada con esto? -dice.

La austera, racional, casi fría película, refleja la idea de paraíso que muchos escritores proyectaron sobre el hospitalario Brasil de ese momento. Un lugar donde pueden vivir los hombres y mujeres de distintas razas, religiones, ideas -dice.

Pero su corazón vive anclado en la angustia, en la desesperación, en el miedo. Su judaísmo le ofrece una esperanza contra toda esperanza. Pero, en el fondo, no tiene fe. Conocido es el desenlace de esta película absolutamente pegada a los hechos históricos: él y su esposa -no estamos destripando la cinta- se suicidan en 1942.

Y entonces, eso; te preguntas qué fue de Europa. Qué delgada línea separa lo que parece inconcebible, lo que una vez sucedió, de lo que está ocurriendo ahora. Lo que parece superado, de lo vuelve a asomar en tantos brotes de racismo, intolerancia, populismo y desenraizamiento intelectual.

La ausencia de pasión narrativa confiere a esta película de Maria Schrader un calado específico que, sin perder su verdad, se habría confundido con la mera emoción o la inmediata indignación. El discurso panfletario es un arma de doble filo.

La primera escena es un largo, larguísimo plano estático en torno a una enorme mesa repleta de flores. Es el recibimiento en el Nuevo Mundo. La última escena es, cinematográficamente, memorable, antológica; tan sumamente inteligente como simple. De nuevo un largo plano a cámara anclada. El sencillo uso de un espejo posibilita narrar lo que es mejor descubrir tan sólo en su reflejo. Alguien reza en hebreo. Las últimas palabras -las pronuncia un personaje menor que secundario: negra, mujer, criada- son un “Padre nuestro”. A la directora le basta para preguntarnos qué fue de Europa.

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