Utilizamos cookies propias y de terceros para obtener información y realizar análisis estadísticos sobre el uso de nuestro sitio web. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Más información en la página sobre las cookies.

Entendido

Logo dominicosdominicos

Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor

22
Abr
2017
Locas de alegría
2 comentarios

Dirigida por Paolo Virzì

De todo ha habido en lo que a críticas se refiere, porque algunas la ponían por las nubes y otras detestaban eso de que ni te puedes reír como en otras comedias ni puedes llorar como en un drama. Pues las dos cosas he hecho yo: reírme a pierna suelta y llorar a moco tendido.

Hablo de la película italiana “Locas de alegría”, dirigida por Paolo Virzì, un director prolífico al que parece importarle poco la corrección artística y está, sin embargo, empeñado en dejar constancia de cuestiones humanas de nuestro tiempo.

La cosa arranca en una institución para personas con problemas mentales en la que Beatrice tiene problemas de convivencia -quién no- y a la que llega Donatella, una chica joven envuelta en misterio. Beatrice delira constantemente: se cree una condesa y continuamente marca la diferencia con el resto, que son pobres, feas -en sus palabras- y no tienen clase ninguna. En todo se inmiscuye y a ratos no sabemos si está loca de verdad o, simplemente, los locos somos nosotros.

Pronto querrá hacerse amiga de Donatella. Y lo consigue, hasta el punto de que la relación entre ambas se convierte en la espina dorsal de la película que alza el vuelo cuando ambas emprenden una escapada, una aventura, un viaje a ninguna parte. Aunque quizá sí: el viaje a un lugar dentro de ellas mismas.

La cosa es que el guion tiene serios inconvenientes en lo que se refiere a excesos de casualidades, situaciones forzadamente traídas, momentos provocados más por la necesidad del director que por la historia misma. De ahí las críticas negativas, que no se dan cuenta de que al director estas cosas le importan muy poco porque su objetivo es otro. Entonces descubres que la película en realidad es un gran pretexto, una parábola, para decirnos otra cosa; esto: una amiga, una sola amiga, basta para encontrar la luz en la locura. Y ya está. Y es emocionante hasta los tuétanos.

Por lo demás, pues alucinar de admiración ante el inmenso, inmensísimo papel de Beatrice, interpretado por Valeria Bruni Tedeschi, sin la cual esta gran locura se vendría abajo. Si se tiene la suerte de verla en versión original, se aprecia el método seguido que, según una amiga con experiencia en esto, consiste en echar a andar el personaje mucho antes de que comience la sesión de rodaje y dejarlo seguir un buen rato después de que se apaguen los focos.

Por otro lado, destacar el trabajo coral, eso que se nota en escenas corales en las que la cámara se carga al hombro y se sumerge en el rollo montado por los actores para que luego el espectador reciba algo intangible, un elemento imposible de planificar y que brota de la manera en que el grupo ha trabajado su relación fuera de plano. Procesos creativos que dan un sabor especial a esta cinta, a pesar de sus defectos. ¿Qué importan estos, cuando a cambio nos queda esa huella de amistad y de locura, dos naturalezas en una misma vida?

Una chifladura memorable. No os la perdáis.

 

Ir al artículo

20
Abr
2017
La simiente del fuego
3 comentarios

Ramiro Rosón

Se cruzan en mi mesa de lectura (bueno, no es una mesa, sino un palé que recogí en la calle) los dos volúmenes de “Teoría de la expresión poética”, de Carlos Bousoño, obra considerada como la última gran publicación en español que abordó el hecho poético en sí, y la presencia paciente de poemarios de jóvenes autores, alguno de los cuales ha despertado mi interés desde una primera cata.

Vayamos hoy con “La simiente del fuego”, de Ramiro Rosón (coeditado por Idea y Aguere). Lo primero que llama nuestra atención es la elegancia reposada y clara de este poemario; una escritura madura para la edad de su autor que denota cómo el saber hacer está asimilado y es hora ya de trascender la hacia el riesgo de la propia voz y el propio universo poético.

Ramiro Rosón parte de una escritura clásica y formalmente contenida que da primacía al contenido sobre la forma. Quizá precisamente porque tiene algo importante que decir.

En efecto, sorteando esa tendencia juvenil a llegar y querer parecer poeta, que nos afecta cuando somos jóvenes, esa tentación del “miradme, soy joven, terrible y nunca habéis escuchado algo parecido” por la que todos hemos pasado, a sus escasos veintitantos, Ramiro Rosón mira sin prejuicio ni complejo la condición trascendente del mundo y el ser humano, incluyendo su realidad religiosa, con la particularidad de que, a pesar de los indudables matices cristianos que presenta, no sabemos y no nos importan las creencias del autor: Ramiro ha erigido un texto verdadero que se sostiene en sí mismo.

Al arte le basta el arte en cuanto a arte se refiere. Recogiendo lo que Bousoño manifiesta en el citado clásico, “el narrador poemático es un sueño del autor sin comillas, y el `autor´ entrecomillado es un sueño del lector”. Lo que, en otro orden de cosas, viene a significar que “la relación entre poema y vida se parece a la relación que media entre dos líneas paralelas, que sin tocarse nunca, cada una de ellas sigue las evoluciones de la otra”.

El hecho es el poema y está ahí. Rosón llega a él por la vía poética misma, al margen de la especulación, la cual, en poesía, suele y quizá debe ser un "a posteriori".

Y ya que este blog pretende explorar la posible relación entre arte y fe, resulta satisfactorio encontrar un acercamiento al hecho cristiano en campos ajenos al lenguaje y la simbólica tradicionales religiosos. En el fondo, es el argumento más consistente acerca de la validez del Evangelio y de la atracción que Jesús de Nazaret sigue suscitando sobre la mirada humana, en este caso, una mirada joven. Intuimos en los versos de Ramiro Rosón que no le condiciona lo que la teología pudiera pensar de su escritura, pero tampoco lo que el resto de las voces poéticas puedan criticar, un parnaso donde esconder las creencias o determinados vuelos trascendentes a veces es un requisito para medrar literariamente.

Está bien que así sea la independencia de Ramiro Rosón, porque la misión del poeta es otra bien distinta a la de agradar y triunfar. Nuestro vate vuela libre sin más alas que las de la búsqueda  y la belleza.

“La simiente del fuego” es un libro que, desde su título, asciende. Parte de bien adentro en la tierra, como la semilla, aunque pronto muestra su aspiración de fuego. Tiende el fuego a las estrellas, aunque en ese viaje se las haya de ver con la disolución. Al fin y al cabo, el vuelo es eso que queda tras lo que se marcha porque su esencia es movimiento.

Ramiro escribe desde su Canarias natal para, desde una situación de soledad personal y cierto aislamiento literario, huir y llegar al lector por la única brecha abierta, esa grieta por la que todo se escapa (hay una grieta en todo, nos decía Leonard Cohen) y gracias a la cual somos redimidos.

Cipreses, garzas, catedrales, bosques sagrados, vencejos; incluso las afirmaciones cristianas de la Resurrección y Asunción, desprovistas de categorías teológicas, dan tensión y magnitud a los poemas. Todo -desde la voz de las cosas a la interioridad del hombre que escucha y escribe- nos dice que es inútil acallar el llamado del Misterio. Lo cual nada de extraño tiene, a no ser su cualidad de absoluta otredad. De lo contrario, no sería misterio y no estaríamos así, más fuera de nosotros mismos que dentro.

Ser poeta es encontrar preguntas y Ramiro Rosón las encuentra. Luego no hay más que resolver el silogismo… Si bien, al avanzar por su obra, descubrimos que queremos más: que rompa más, que se desconozca más, que transgreda más los límites del discurso. Pero ello es promesa que intuimos cerca, pues es el mismo texto el que nos la despierta, y eso ya es milagro. En realidad, este libro recoge un periodo creativo de 8 años y se percibe en él la evolución y cada vez más clara conciencia de este autor pese a su juventud. Es un poemario que se sitúa entre “Tratado de la luz”, de 2008, y una inminente publicación en la que las intuidas evoluciones estéticas eclosionarán con fuerza. Lo esperamos.

Para contrapeso, concluyamos diciendo que el carácter sapiencial y limpiamente poético de este libro no excluye el compromiso más concreto y directo. Antes bien, éste es una conclusión directa y necesaria de la mirada contemplativamente laica de Rosón. Véase, si no, el poema “Inmigrantes”, con cuyos versos finales invitamos a la lectura de “La simiente del fuego”:

“Los hombres que los miren como espejos
lavarán las infamias de la tierra;
los hombres que los miren como espejos
serán alondras puras en el alba.”                            

 

Ir al artículo

28
Feb
2017
A la luz de la luna, los negros somos azules. Moonlight
1 comentarios

Ahora todo el mundo habla de ella, después del accidentado fin de gala de los Oscar. No soy muy de Oscar. Es un escaparate y un gran negocio. No olvidemos que la industria cinematográfica es una de las mayores fuentes de ingresos de USA (la segunda, según algunas estimaciones), aparte de pieza clave en la acción cultural del país americano. Su forma de estar presente hasta en el último rincón del mundo, su manera de llevar a nuestros ojos lo que sus ojos ven.

Pero a lo que íbamos. Este año estaba especialmente descolgado, dada la abultada acumulación de estatuillas a las que aspiraba la sobrevalorada “La La Land”. Así es que este final accidentado en el cual pasó de ganar el galardón a la mejor película a haberlo perdido en favor de Moonlight me ha sabido a justicia poética.

Tenía pensado escribir sobre “Moonlight” desde que la vi. ¿Por qué ha ganado? Porque es una obra de arte llena de personalidad, épica y estilo frente al vacío retórico, el descafeinado guion y las interpretaciones acomodadas en busca de taquilla de “La La Land”, que es una película bastante mediocre, un producto de esos que hacen los especialistas puliendo hasta dar con los estándares que agradarán al público y asegurarán el taquillazo. Así de simple.

Moonlight, en cambio, es riesgo y personalidad desde el principio. No sabría delimitar su tema, y eso, en este caso, es un mérito, porque, si se tiene el talento suficiente, a veces el tema es la vida sin más. Y saber llevar vida al arte ya es mucho.

La identidad -¿quién soy?-, el precio que hay que pagar por ser diferente, la amistad, la bondad de algunos seres buenos que justifican este mundo, las contradicciones con las que siempre hemos de lidiar, las cosas que toda la vida hemos querido decir y no hemos dicho y son más parte de nosotros mismos que todo lo que hemos dicho, la infancia que nunca nos abandona y está ahí, condicionándolo todo, la ternura que buscamos en tantas decisiones como tomamos sin saber muy bien por qué… Todo esto, forma parte de “Moonlight” sin que tengamos la conciencia de que algo está ocurriendo.

Pero sabemos que las buenas intenciones suelen producir el peor arte. Por lo que este contenido habría podido producir un pestiño de no ser por el talento que rebosa esta cinta escrita por negros, dirigida por negros, interpretada por negros. Sí, ese talento es lo que la lleva a ser lo que es, un puro ejercicio de poesía completamente antipoética, es decir: realizada sin elementos líricos, estéticos, efectistas o sentimentales. Y, por supuesto, el magnífico empastado de las interpretaciones, ese elemento de comunión que intuimos en toda la obra y nos llega a los espectadores con intensidad. Hay momentos sublimes en su sencillez y sinceridad.

“Un día tienes que decidir por ti mismo quién vas a ser. No puedes dejar que otros lo decidan por ti”. No quería decir que Moonlight es una obra maestra, para no ponernos sublimes. Pero ya lo han dicho otros.

Ir al artículo

21
Feb
2017
Ciberadaptados
2 comentarios

Ciberadaptados

Antonio Manilla, "Ciberadaptados"

Editorial "La huerta grande"

 

No es fácil encontrar claridad y definición en publicaciones que se adentren en el complejo mundo de Internet, las redes sociales y las nuevas formas de edición. Entre otras razones, porque, por más desarrollado que nos parezca, es este un mundo aún incipiente, algo que no ha hecho más que despertar y cuya deriva y conquistas aún no podemos valorar con suficiente estabilidad, precisamente por su complejidad y por su apenas intuido potencial.

Por eso recomiendo desde ya este título, “Ciberadaptados”, del periodista, ensayista y poeta Antonio Manilla.

Destaco su lucidez clara, cuya primera aportación es lo mucho que nos ahorra. Manilla se ha documentado copiosamente y lo que trae hasta aquí son puntos de llegada tras los que adivinamos vericuetos y cuestiones complejas cuyos necesarios pormenores reconstruimos sin que su desarrollo nos desvíe de la necesidad de alcanzar claridad en medio del denso bosque virtual.

El primer capítulo nos delimita un espacio y un tiempo. La revolución cibernética irrumpe desde una civilización, la occidental, en clara crisis -y cuándo no- cultural y de valores. Reuniendo autores tan diferentes como Adorno, Finkielkraut, T. S. Eliot o McLuhan, se describe cómo la industria cultural en la era capitalista se ha ido erigiendo en heredera del lugar de socialización de las formas culturales ante la progresiva disolución de la familia.

Internet es un estado sin gobierno ni capital, inabarcable y ubicuo, que acaba con el sentido lineal del tiempo de la ilustración y modifica el sentido de lugar. Sobre este panorama, Manilla describe el estado actual de la cultura, en sentido sustantivo y absoluto, posicionándose con Finkielkraut para negar que cualquier tipo de actividad alcance el rango de cultura. A pesar de ser estimables y de que no pueden ser pasadas por alto, numerosas manifestaciones no son un absoluto cultural. Por un lado, se necesita perspectiva: el Siglo de Oro no sabe que es el Siglo de Oro; por otro, es aún insuficiente la evaluación que es característica esencial de los organismos realmente vivos.

En ese sentido, ante muchos fenómenos de la red podríamos preguntarnos por qué lo llamamos cultura cuando queremos decir entretenimiento; constatando, además, cómo lo lúdico ha venido a sustituir y desplazar lo que tradicionalmente se ha entendido por cultura. Y esto atañe directamente a Internet, en la medida en que esta transformación se habría iniciado con la conversión de la sociedad de la información en una plataforma cuyo elemento fundamental deja de ser la palabra y se rinde a la imagen, el magnetismo del ver.

El sistema espectacular produce muchedumbres solitarias. Gran parte del volumen virtual genera un entretenimiento sin relación con actividades intelectuales, artísticas o literarias, ocupado en generar productos perecederos, fabricados para el gran público por creativos de unas industrias en guerra por el mercado. Predomina la ausencia de búsqueda de sentido, lo cual tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y la proliferación de un periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo.

“Cultura es lo que queda entre las ruinas, aquello que aparece cuando se ha derrumbado lo que es apariencia y exterior y ornato. La vida que sostenía el andamiaje visible para los demás, el pilar invisible. El lugar del sentido, la bordadora del ser del hombre, cuanto no pasa por nosotros sin dejar huella benéfica”, nos recuerda Manilla.

¿Y qué tiene esto que ver con Internet? Sencillamente: para calibrar su lugar y su impacto, ha de medirse con esta reflexión sobre la cultura, de lo cual no ha de salir tan mal parada como podría pensarse desde una mente preventiva y purista. Pero -y es lo que importa- por lo dicho, aún falta mucha perspectiva para responder con sabiduría.

De hecho, Manilla nos regala un sustancioso capítulo donde recoge prevenciones sobre el impacto de la radio, el cine o la televisión que, decenas de años después, nos resultan risibles. El fatalismo y la demonización de las redes tampoco resulta creíble. Todo es cuestión de hallar las proporciones adecuadas.

Porque, entre otras cosas, bajo el techo de Internet se han reunido tres elementos actores de la trasmisión del conocimiento en nuestra época en su versión digitalizada: libros, música y cine. Sin olvidar la “internetización” del consumo, además del carácter interactivo que convierte a los usuarios en “prosumidores”, es decir, consumidores a la vez que productores. Elementos todo ellos de gran calado y que ya han dejado su huella en la forma en que hoy entendemos las relaciones sociales y humanas. Como en todo, la respuesta no residirá más que en la inexcusable tarea de decidir cómo y hasta dónde queremos que lo que llegó como un instrumento para facilitarnos la vida nos la estropee. Y eso depende más de la voluntad y la inteligencia que del medio digital en sí.

Por lo que respecta a esos pronósticos catastrofistas, Manilla nos resume también los estudios de quienes, con toda seriedad, niegan explícitamente que Internet cambie nuestro modo de pensar.

¿Y respecto a las nuevas formas de edición digitales? “Ciberadaptados” nos recuerda cómo con el paso del manuscrito a la imprenta ocurrió igual que con el tránsito de la oralidad a la escritura: “avivó renuncias y acusaciones, que fueron desde tildar los libros armas del diablo hasta responsabilizarlos de fomentar el aislamiento social del lector”.

Aunque no sea en papel, la lectura en sí ha dado un repunte con las nuevas tecnologías. La lectura instrumental, la búsqueda de información, goza de buena salud. De haber una crisis, lo sería de cierto tipo de lector, concretamente el literario. Pero ni aun así este aserto es muy defendible. Nada de muerte de la literatura; lo que quizá está apareciendo es una nueva clase de lector bajo el influjo de lo hipertextual, en direcciones múltiples debido a la libertad de navegación.

Manilla se moja. Y algo que también hace este ensayo absolutamente recomendable, es que al hábil, lúcido, ameno periodista que Antonio es se suma su excelente calidad de poeta. No siempre, como también subraya el prologuista, se puede disfrutar de una lectura tan práctica y clara en la que la belleza, lejos de ofuscar, suma y redimensiona.

Para tener en nuestras bibliotecas.

 

 

 

Ir al artículo

25
Ene
2017
Prójimos
1 comentarios

projimos

No sé cómo llamarlo, porque tampoco “equilibrio” es la palabra. Para las cosas de vivir, para las de la virtud, bien está el equilibrio. Pero no siempre para el arte, aunque ya sabemos que hay tantas teorías del arte como teorías sin más.

Es cuestión de opción, y, en este poemario recién aparecido, Santiago Molina sí ha apostado por una especie de equilibrio entre lector y poema, entre una dirección y otra, situándose el autor en parte ninguna.

“Prójimos” (Editorial Enkuadres) apuesta por poner el sentido último de sus poemas en el otro, en los otros. A estos versos poco le importan la vida y los sentimientos del autor, a no ser cuando éstos se saben orientados al diferente. Y funciona, porque, sin explicitarlo, ahí es precisamente donde entra el autor: un autor que sólo se encuentra con su vida y con su historia en la medida en que se desprende de ellas. Y, por el camino, el “yo” y su “yoísmo” han quedado superados, que no anulados.

Mucho mejor lo señala el lúcido prólogo de Juan Peregrina, en cuyas palabras “el poeta es, ante todo, testigo de lo que vive: un testigo no dedicado a observar y callar”, sino que convive con lo contado, “con las personas que cuentan y le cuentan”.

Por eso, aunque nuestro poeta nos avisa en este libro de lo tremendo que será darnos cuenta de que no muy tarde vendrá la muerte precedida de soledad y de olvido -olvido que puede conducirnos al rencor, la envidia o la desesperación a causa de las cuales pasemos por alto la solidaridad, la admiración y la celebración-, el poeta puede también anticiparse para recordar y metamorfosear esta terrible posibilidad en belleza, elegancia, reconocimiento y celebración. Y es que:

“Hay hombres de llanto hondo y áspero.

Hombres que nunca fueron niños (…)

Custodia las cenizas del mundo.

Son bosque talado”

Pero mejor saberlo y acogerlo en las palabras para que, al hacer acto de “Fe”, cuando llegue el momento de convertir en gracia la pérdida, no quedemos fuera de la realidad sino más dentro:

 

“Pero existe,

                               así,

                               tan imperfecto.

 Es por eso que creo.”

 

Hermoso el “Prójimos” de Santiago Molina, traslúcido en su humildad. Más cercano cuanto más arrojado en manos del otro, del distinto. Una poética de la projimidad, la definiría yo.

 

Ir al artículo

31
Dic
2016
Liturgia de las horas
3 comentarios

Javier Asiáin

Aunque su fecha de publicación es de 2012, año en que obtuvo el premio “San Juan de la Cruz”, ha sido en este declinante 2016 cuando llegó a mis manos. El tiempo tiene sus misterios y el Misterio tiene sus tiempos (al menos lo ha tenido para que, al fin, nos encontráramos Javier y yo).

Lo cierto es que vamos a concluir el año en este blog con un libro que hace liturgia del paso del tiempo.

Se trata de “Liturgia de las horas” de Javier Asiáin (Rialp), un poemario sorprendente en contenido y forma. En contenido, porque su estructura en tres partes aborda el paso del tiempo -oración de la mañana, de la tarde y de la noche- en torno a una verdadera liturgia cuya peculiaridad consiste en sacralizar el amor hasta llegar al encuentro íntimo con la amada. En cuanto a la forma, porque Asiáin se vale de citas bíblicas, oraciones, salmodias e invocaciones tomadas de la liturgia cristiana para volcarlas a lo humano.

Lo interesante es que Javier procede con tanta delicadeza, con un tino rítmico, semántico e imaginario tan armónico -no desprovisto de ciertas concreciones tan naturales como bien traídas-, que muchos de los poemas bien conservarían su sentido sagrado y su capacidad de elevación meramente espiritual. “El poema es un cántico / contra la impiedad de este mundo”, leemos en un poema titulado “Conclusión de oficio” y subtitulado como “Acción de gracias”.

Se percibe erudición y respeto por una tradición sacra que aquí, en su empleo amoroso, muestra claramente su vigencia plenificadora de otros órdenes.

En efecto, la liturgia sagrada de las horas es una forma de introducir al ser humano que por ella camina en una realidad más verdadera del tiempo. Es la forma religiosa de hallar el sentido del paso del tiempo, lo cual no puede hacerse sin entrar en el tiempo de Dios, en la relación con su persona y su historia, con su tiempo, más allá de nuestra medida del tiempo. Es la forma de encontrar otro transcurrir, otra dimensión que, entonces sí, derrama su luz sobre el mero paso de los instantes.

Porque el paso de una hora a otra, de un año a otro, poco importa más allá de la medida y la convención socialmente sincronizada. Hay días que son años y años que se nos fueron como un día. Instantes en que maduramos un trienio y trienios en que nuestra vida se estanca o retrocede. Y si no hubiera un sentido, un porqué, un alguien hacia quién, una razón para seguir caminando, el tiempo bien podría convertirse en un laberinto de angustias.

Javier Asiáin ha conducido el tiempo por la liturgia del amor. Son tantas las paráfrasis de lugares bíblicos y de oraciones y salmodias -a veces trasvasados hasta el patronaje de un haiku-, que adivinamos no sólo un recurso utilitario del sucederse litúrgico sino una verdadera forma de concitar fuerzas: la del amor -más evidente- y la del tiempo sagrado, según el cual hay un acto primigenio creador, originante de identidad y dignidad, y un acto final consumador que dota cada instante y cada verso de movimiento, atracción y esperanza consumada.

Pasa un año -quedan horas-, pero poco importa para quien el sucederse del tiempo ya no es un descontar vida, sino la cuenta atrás hacia el encuentro con la vida (claro: aquí hablo por mí, que Javier está mejor amando y escribiendo, que para eso le ha dado la vida tanto talento).

Ir al artículo

30
Dic
2016
Gominolas
0 comentarios

Virgilio

Con una mezcla de perplejidad y admiración, leía un artículo de Javier Lorenzo Candel a propósito del éxito editorial de la nueva poesía española. Entre otras cosas, porque me revelaba algo al tanto de lo cual yo estaba al margen.

Sí, conocía el enorme éxito de ventas de una serie de nuevos poetas cuyo nombre hace poco me era totalmente desconocido. Los venía viendo en la lista de los más vendidos que publican los suplementos, pero como dejé de fiarme de los suplementos culturales más o menos importantes básicamente al conocer los mecanismos que rigen en ellos, no me había interesado mucho más.

El voto de pobreza -o la austeridad presupuestaria real- es un buen filtro y un buen antídoto contra el mercado, la publicidad y hasta el capitalismo salvaje (a veces también literario). Es decir: que como no puedes comprar muchos libros, lees de prestado, lees en una biblioteca, lees en una librería y tienes muy claro lo que merece la pena y lo que no.

Y conste que me parece muy respetable el fenómeno, que estos autores hayan conquistado al gran público, que muchos adolescentes lean esta poesía frente a la ninguna poesía que antes leían. Pero el fenómeno comercial no sustentaba mi interés por esos versos. Simplemente lo que leía no me justificaba el precio. Ni iba conmigo ni me resultaba tan diferente a lo que iba conmigo que realmente despertara mi interés.

Por eso este artículo de Javier Lorenzo me ha parecido iluminador. Básicamente viene a decir que el éxito editorial de esta supuesta poesía -digo supuesta porque muchos niegan que se trate de poesía más allá de sensiblonas anotaciones de cuaderno adolescente- estriba en aportar una respuesta a la demanda creada en el receptor desde el punto de vista del contenido. Se trataría de una poesía que le viene a decir al lector, un lector que es más público que lector, aquello que quiere escuchar de una manera no muy complicada de entender y que, en el fondo, sigue una estructura similar a los mecanismos publicitarios.

Un amigo lo decía de forma más bruta en una sobremesa: “para ser poeta hoy, tienes que tener miles de seguidores en Twitter, Facebook, Youtube…; poner una frase bonita cada pocas horas, a ser posible con imagen, versos así como de anuncio de colonia o de compresas… Pero ojo, expón tus sentimientos de una forma que no sea muy inquietante. Vende gominolas.”

A mí me parece muy respetable el fenómeno. Tantas veces se ha acusado a los poetas al uso de haber espantado a los lectores que, oye, no está mal otra manera de enfocar las cosas. Que cada cual elija.

A mí lo que me interesa del análisis del fenómeno es lo que realmente dice de nuestro tiempo. Nos habla de un gran desamparo ideológico. Nos habla de un desamparo sentimental que requiere como compensación el consumo de sentimientos y experiencias frente a un vacío emocional difuso. Nos habla del desfondamiento intelectual, del hecho de desconocer que sobre ciertas experiencias vitales se ha ido mejor y más al fondo desde hace muchos siglos. Nos habla de un vértigo frente a propuestas verdaderamente diferentes, frente a lo no sabido, para aferrarse a lo asimilable: lugares comunes que graviten sobre lo estable, emociones que parecen cambios pero no lo son y que, en cuanto tal, se hacen deseables.

Como señala Javier Lorenzo: "El arte de hacer desear, de necesitar de manera inmediata, está descrito como una de las características de mensaje publicitario, iniciando un enfoque de atracción del receptor hacia la idea que queremos vender. “El medio es el mensaje”, que diría McLuhan."

Para terminar, en lo que nos dice de nuestro tiempo, yo señalaría que ante estas falsas novedades de supermercado literario es cuando los clásicos muestran su verdadero carácter de auténticos innovadores. En medio de la moda consumista, Virgilio o Francisco Brines son la verdadera vanguardia.

 

 

 

Ir al artículo

23
Dic
2016
Licencia para bailar
0 comentarios

Katy Parra

Este año que ya declina nos ha dejado libros muy hermosos. Uno de ellos, la última entrega poética de Katy Parra. Quienes la venimos siguiendo, recibimos sus versos expectantes.

Si a la precisión impoluta de sus estructuras y a la difícil claridad de una voz fraguada en mil batallas los ponemos contra las cuerdas de lo que de verdad importa, el resultado es este “Licencia para bailar” (Valparaiso). La madurez desde la que dialogar con la madre y la muerte, con la hija que no ha sido y la misericordia pendiente. Un poemario donde sobrevivir y arder son la misma cosa para, aun así, convertir tanta desolación en canto y baile últimos: la macabra y hermosísima danza de la muerte. Katy Parra nos ha traído hasta aquí para salvarse y salvarnos de toda rendición.

Encontré cierta explicación al resultado formal de la poesía de Katy cuando supe que, entre los múltiples oficios de nuestra autora, está el saber de confección. Se trata de medir, cortar, componer, armar piezas de una realidad que no existe y que, sin existir, impone su medida y su figura final sobre el completo proceso creativo. Y hacerlo de tal forma que la diversidad de piezas, formas, medidas, texturas y colores confluyan en un resultado final en el que nada sobre ni falte, adaptada al cuerpo, útil a la vida a la vez que inútil en cuanto inútiles han de ser las cosas que juegan orden de belleza y de sentido.

Como la costura, la poesía es un arte más sapiencial que académico. En ella hemos de lidiar con las materias más dispares en orden a una misma pieza: cremalleras y encajes, gomas elásticas y ribetes, retales de rústico vaquero sobre las que superponer tulipanes. Así son los poemas de “Licencia para bailar”: sin concesión a un mal corte, siguiendo un muy exigente patronaje, dando cabida a materiales corrientes junto a fondos, motivos y pequeños elementos cercanos y contemporáneos.

Katy Parra es, además, maestra en el arte de ayudar a otros poetas a encontrar su voz. Sin embargo, aquí tiene el buen gusto de no pasar por tal, pues prefiere despeinarse, arrugarse y disimularse a sí misma para que, finalmente, el suyo sea un arte destinado más a quien haya de vestir el poema que a la vanagloria de la sastra.

“Licencia para bailar” está dividido en dos partes: “Canciones para un lunes sin recreo” y “La danza de las cosas” respectivamente. Musicalidad y danza son una marca de la casa, porque, si la poesía de Katy tiene un distintivo reconocible, es la interiorización de un ritmo naturalizado hasta la sensación de esa facilidad sólo conquistada en muchas horas de lectura y ejercicio.

Ya la concepción del libro nos sitúa en el marco de las danzas de la muerte que hunden sus raíces en la tradición medieval. La muerte acude a estas páginas y nos introduce en su danza, una danza de la que sabemos no vamos a escapar.

Sin embargo, nuestra poeta no calca la tradición sin más, sino que la recibe enriqueciéndola. Y es que en este libro la danza de la muerte no es distinta de la danza de la vida: “la vida es una danza”, nos dice, y esa danza que es la vida y todas las cosas que en ella se mueven, nos mueven y nos nombran, es la misma danza que nos arrastra en su ebriedad hasta el final de ella misma, que es la muerte.

Apenas hay línea perceptible que divida vida y muerte. Porque es la vida quien nos muere y no es la muerte sino el final del baile. Claro, con tal que hayamos aceptado entrar en su frenesí, en su convulsión, la cual tanto extasía como agota, tanto nos desgasta como nos reconstruye. Hasta el punto de llegar a descubrir que somos esa danza de vital muerte o de mortal vida. Y no salir a la pista es no haber vivido, no haber sido.

Lo interesante es la manera en que esta irrupción temática concurre a la voz de Katy sin traicionar su estilo, sino afirmándolo y haciéndolo aún más “katyparriano”: permanece y se acendra la ironía que, a pesar de la mayor testimonialidad de algunos poemas -notamos a veces una nueva influencia, la de Javier Egea-, ejerce su contrapunto mediante el distanciamiento objetivador necesario para esquivar el patetismo, la autocomplacencia o el recurrente tono “sepia” tan frecuente en los poetas que se asoman a su propia vida a cierta altura del camino con perspectiva de balance.

En una especie de personal “futurismo” (esa corriente de las vanguardias que nos decía que un automóvil que ruge es más bello que “La Victoria de Samotracia”) nuestra poeta deja también constancia del baile de las cosas. Y así, los alfileres, un ojo de cristal, un guardarropa, un espantapájaros, retratos, calabazas, enanos de jardín o estatuas de un parque pueblan la segunda parte de este libro. Son, en definitiva, un inventario, un testamento postmortem de cosas premeditadamente intrascendentes para que el efecto sea más intenso por contraste.

¿Quién no ha querido ser espantapájaros, un espantapájaros rebelde contra la espantapajarorología y así, en vez de ahuyentar gorriones, darlas de comer, ser amigo de ellos, escuchar su canto? Si la respuesta es negativa, difícil está ser poeta.

Así es Katy Parra Carrillo. Así queda escrito para después de la muerte en este baile de la muerte tan licencioso con la vida.

 

Ir al artículo

19
Dic
2016
Carta a Gonzalo
4 comentarios

adonais

También Gonzalo Gragera ha sido este viernes finalista de la última edición del Adonáis. Uno celebra el triunfo de una amiga como Bibiana Collado, pero también este triunfo. 

Porque Adonáis sigue siendo Adonáis. Y no es necesario apelar a las glorias pasadas que fueron maestros con el correr del tiempo. Podemos también acudir a las ediciones más recientes para encontrar allí nombres de algunos de los poetas jóvenes o de generación intermedia cuyo recorrido posterior considero verdaderamente interesante (por poner límites, me ciño a autores a partir del 2000: Pérez Azaustre, M. Ángel Curiel, Gómez Coronado, Javier Cano, González da Costa, J. Carlos Abril, Gómez Toré, Javier Vela, Antonio Aguilar, Martínez Ros, Jesús Beades, Carlos Vaquerizo, Raquel Lanseros, Juan Meseguer, Jorge Galán, Francisco Onieva, Pablo Moreno, Rubén Martín Díaz, Gutierrez Román, Vanesa Pérez-Sauquillo, Martha Asunción Alonso, Rocío Arana, Ángel Talián, Joaquín Moreno, Constantino Molina, Nilton Santiago... Seguro que esta lista es injusta en su memoria). 

Y le digo a Gonzalo que lo suyo es un triunfo por varias razones, aunque ninguna tan importante como la tercera. 

Primero, porque supone estar entre los mejores entre los jóvenes. Estar entre los mejores no significa ser mejor que nadie, pero sí apostar por alcanzar la excelencia con una ambición que no entiendo en términos mundanos, sino como necesidad de inscribirnos y aportar a una estela que es patrimonio de muchos y riqueza para todos. 

Segundo, porque esto significa un camino bien encauzado -dada la trayectoria que ya conozco de Gragera-, y un camino que aún tiene mucho bueno por delante. 

Tercero, porque a mí me toca ser lo que soy, por encima de cualquier otra apariencia o cualquier otra estrategia de marqueting o disfraz interesado. Es decir, me toca ser el cura y por eso me corresponde decir en voz alta que el fracaso es una de las experiencias humanas más engañosas.

En el libro de Job -patrimonio también intelectual- asistimos a la gran duda en la fe de un hombre: ¿por qué triunfan los malvados mientras al hombre justo Dios le envía enfermedades y sufrimientos incontables?

Fracasa quien no da lo mejor de sí. Fracasa quien en la lucha por el poder y el prestigio se alía con los falsos ídolos mundanos y quien traiciona sus principios pisando o dejando en el camino a sus hermanos. Fracasa quien pone el éxito por encima de la hermosa experiencia del fracaso luminoso, sapiencial, el que nos madura, el que nos hace realmente humildes y no utilitariamente humildes.

Fracasa -poéticamente- quien piensa que el don o el deseado don lo es sólo para sí: de la nada vino y para el prójimo pasó por mi vida.

Bien. Ya está sermoneando -dirán y han dicho-. Pero no. Hace poco se nos ha ido el amigo y poeta Adolfo Cueto. Pienso en la muerte. Egoístamente, en mi muerte. La edad y las enfermedades hacen que en algún momento ésta sea más que un temor o una certeza incluso. En mi caso, se trata de una presencia cotidiana, llena de esperanza y portadora de sabiduría. Y hasta con vanidad nos preguntamos, cuando se nos va un gran poeta, cómo querríamos ser recordados. En mi caso, prefiero ser recordado como un mediocre o incluso un mal poeta que, sin embargo, acompañó a un puñado de camaradas de oficio en al camino de no convertir en vinagre el vino de la palabra ebria. Que no tuvo ni dos versos decentes pero ayudó a quienes de verdad fueron bendecidos con el don de la palabra.

Por un extraño mecanismo perijorético, en teología se dice que no está plenamente el logos, que se relaciona con la inteligencia, si no está el pneuma (o la "ruah" hebrea), que se relaciona con el corazón. Pues eso.

Y esta carta (o chapa) a propósito de Gonzalo -perdóname- es una forma de hablar a solas. Pero todos lo recordáis: "quien habla solo, espera hablar a Dios un día". Todos sabéis quién lo dijo. 

Toca recomendar el hermoso y sabio "La vida y algo más", de Gonzalo Grajera, que es a lo que veníamos:

http://elatril.dominicos.org/articulos/la-vida-y-algo-mas/

 

Ir al artículo

19
Nov
2016
El derecho al asombro
4 comentarios

Algo empieza a estar muerto, en la literatura y en la vida, cuando dejamos de asombrarnos. Alguien lo dijo mejor, testimoniando qué pocas cosas le hacían ya volver la cabeza para mirar. Es como un río que se seca: sin arrastrar nada, todo se lo lleva consigo.

Tiene el hombre derecho al asombro. Y lo tiene el lector. Por ello hay autores a los que tardo en regresar: para no perder, precisamente, el asombro. Es el caso de San Juan de la Cruz. He tenido que volver a leerlo y ha sido nuevamente el asombro. Pero esta vez por algo previo a consideraciones e impresiones. Asombro por el hecho mismo de su estar ahí.

Que exista un autor que es cima de la espiritualidad y cima de la poesía; que converjan estas dos dimensiones; que sea posible -y no solo posible, sino algo real y culminante- que un hombre absolutamente evangélico sea un hombre absolutamente poético, me ha vuelto a despertar el asombro.

Porque cuanto más se adentra en el seguimiento radical de Cristo, más intensa, más perfecta, más arriesgada se hace su poesía. Es algo a reivindicar en el contexto de acercamiento entre fe y cultura.

No es vano razonar esto según uno de los principios fundamentales de la teología de Santo Tomas de Aquino, “la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona”.

La acción de la gracia de Dios, la acción del Espíritu Santo en la vida del hombre, no ha de conllevar, mejor dicho, no puede suponer en ningún caso, la mengua o la pérdida del ejercicio de sus dones naturales. Todo lo contrario: la acción profunda y verdadera de la gracia de Dios en el hombre ha de llevarlo a desplegar, potenciar, perfeccionar y plenificar las luces que en la naturaleza le han sido dadas: su inteligencia, su sensibilidad, su libertad, su sabiduría y, por supuesto, su creatividad.

Frente a espiritualidades del miedo y de la coacción en las que el ser humano cada vez queda más empequeñecido, anulado o atemorizado por la acción de Dios -una acción que dudo sinceramente sea la verdadera presencia de Dios, pues muchas veces se trata sólo de una experiencia religiosa alienante, insana, inauténtica-, yo encuentro en el sencillo y asombroso hecho de la existencia de la poesía de Juan de Yepes una prueba de la maravillosa correspondencia y armonía entre el plano de la gracia y el plano sobrenatural.

Tanto más cuando, como expresamente revela Juan de la Cruz, esos dones son para los demás, así como para ensalzar y embellecer la ya hermosa creación.

San Juan de la cruz no es peor escritor por el hecho de ser más santo, sino que, cuanto más se adentra en la espesura de la santidad, más crece la intensidad, la perfección, la luminosidad y sabiduría de su poética, no solo en lo que se refiere al contenido sino, y ahí lo deslumbrantemente asombroso, en lo que se refiere a la forma, al modo de escribir.

La acción de la gracia no sólo produce una obra santa, sino un estilo literario original y desbordante.

La sola presencia y figura de la obra sanjuanista es una irrupción del Espíritu Santo en el lenguaje de los hombres de la única forma en que el cristianismo puede concebirlo: plenificando, perfeccionando, aquilatando, llevando a la máxima expresión aquello en lo que se ha encarnado.

Ir al artículo

Posteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS

Archivo