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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor

15
Oct
2016
Un Nobel para Fangoria
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Una lejana pariente los lucía orgullosa en su salón. Encuadernados en cuero negro y letras doradas, aguardaban una futura jubilación para ser leídos. No sé si desde entonces -hace ya bastante de aquel salón de “petit point”- habrá actualizado todas aquellas obras completas.

Me pregunto, en todo caso, si para completar la colección no habrá de encuadernar el último Nobel de literatura en formato mp3. Si, cuando vaya a buscar las obras completas de Bob Dylan, no la enviarán a la sección de discos. Si, en mi próxima visita, no me comentará que en el volumen tercero de las obras del último Nobel ha descubierto un “temazo”.

A mí me parece bien este giro de guion de la Academia sueca para despiste de señoronas que muestran, como prueba de nivel cultural y social, los volúmenes de autores cuyos nombres no sabemos pronunciar ( Sully Prudhomme, Verner von Heidenstam, Karl Adolph Gjellerup, Henrik Pontoppidan, Wladyslaw Reymont, Frans Eemil Sillanpää, Pär Lagerkvist…) pero que han ganado el Nobel y están reunidos en su salón.

Porque hace tiempo que está desdibujada la frontera entre alta cultura y cultura popular. Preciosas y costumbristas acuarelas enmarcadas en brillante neobarroco y vendidas en galerías para nuevos ricos no pueden compararse con grafitis cuyo formato discontinuo y callejero no puede ser enmarcado ni adquirido.

Y con la literatura igual. La poesía -este último es, una vez más y serán muchas, un Nobel poético- nació como canto callejero. Ahí están Homero, los juglares, los Serrat. Encontrar un lenguaje poco grandilocuente y unas imágenes renovadas es, para un poeta, un quebradero de cabeza.

Lo fácil es ponerse altisonante y repetir mitos o paisajes de “insuperable grandeza”. Pero utilizar una bolsa de plástico arrastrada por el viento, una grúa, un arcén de carretera sucio para hablar de la vida, no parece tan evidente. Al menos para gente que quiere ser tenida por culta.

Y este Nobel a Dylan parece significar eso. El problema surge cuando piensas en los candidatos que se han quedado sin él; en si este premio, que debería consolidar y dar a conocer patrimonios literarios que merecen universalizarse, no cae, de este modo, en una cierta táctica efectista. De hecho, lo ha conseguido: todo el mundo habla del Nobel y no sé cuántos hablan de la poesía de Bob Dylan.

Por eso -y ahora me permito yo el giro de guion-, mi pregunta es si realmente el Nobel es tan importante. Si, en versión ultra actualizada, no somos todos un poco como mi pariente y, dándonoslas de modernos, no nos movemos, como ella, un poco a golpe de premio famoso, de letra dorada, de actualidad cultureta.

Y no porque no haya buenos libros o discos premiados, sino porque hay autores y artistas de gran calidad más allá de lo mediático y el reto es descubrirlos, hablar de ellos, reconocerlos y compartir una obra que puede enriquecernos.

Pero claro, para eso hay que leer, visitar exposiciones fuera de circuitos, escuchar más allá de los 40 principales.

Me pregunto si el próximo Premio Cervantes no estará entre los discos de otra pariente admiradora de Sara Montiel. Y quien dice Sara, dice Fangoria.

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6
Oct
2016
Tráfico de experiencias
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Visto en uno de esos programas que descubro cuando estoy de viaje. El programa en sí me ha gustado: refleja situaciones muy distintas y, sin juicios, sutil e inteligentemente, los realizadores nos van mostrando aspectos de la actualidad que son elocuentes por sí mismos.

El capítulo en cuestión trataba de la industria del lujo, un sector que, al parecer, en plena crisis, no ha hecho sino crecer. Paradoja primera: la crisis ha creado ricos más ricos y pobres más pobres.

La cuestión es que el nivel de derroche de estos ricos resulta escandalosamente inmoral. Y así, una de las líneas de investigación que el reportaje seguía se centraba en una “diseñadora de tés”. Esta mujer diseña tés que ella previamente ha seleccionado en los lugares más remotos y a partir de los cuales realiza sus mezclas. A continuación, ofrece estos tés a personas de alto, muy alto nivel adquisitivo. Los presenta y ofrece en el hotel más caro de Madrid. Los precios oscilan entre los 300 y los 2.000 euros el kilo. Para ello realiza degustaciones que no se llaman degustaciones, sino “experiencias” de tés. El adjetivo “exclusivo” y todos su adverbiales es la palabra más repetida. Algunas de estas “experiencias de té” se organizan en habitaciones cuyo alquiler puede ascender a los 4.000 euros.

El caso es que las cámaras han asistido a una de estas catas que no se llaman catas. Tres invitadas han sido recibidas por la diseñadora de tés. Una de ellas, con rostro entre Yoko Ono y Piero della Francesca, es bloguera de vinos; otra, ataviada con lazos y flores en el pelo cual personaje salido de un cuadro de Frida Kahlo, es artista, no sé de qué, que a veces aquí cabe todo. La última se ha presentado como filósofa y ensayista. Llevaba una chaqueta que yo juraría ha salido del taller de Varela. Era la más lista y ha realizado un comentario interesante. En su opinión, una de las demandas más importantes del hombre de hoy es la demanda de experiencias. Las personas quieren experiencias y están dispuestas a pagar por ellas lo que sea. Pero como es filósofa y conferenciante, ha matizado: no todas las experiencias que se ofrecen son tales. Muchas están vacías de contenido. No es el dinero el barómetro de calidad de las mismas, sino algo, una presencia que hay detrás y que les da o no su calidad. Para esta ensayista, “son los intangibles lo que crean tangibles, y no al revés”. Total, que ha querido señalar que, por más lujo que las envuelva, lo que cuenta es lo que hay en el fondo, “algo intangible” que ella, casualmente, tiene la habilidad de descubrir.

Han tocado la guitarra, han sonreído desde unas facciones operadas, se han besado, han olido el té con los ojos cerrados y, después -si no antes: eso no lo ha filmado la cámara- habrán pagado una enjundiosa cantidad por la “experiencia” del té. Pero ahí han quedado las palabras de la conferenciante, cuya acertada reflexión sobre tangibles e intangibles, dado el contexto y el precio, me pregunto yo si no le habría resultado más acertado formular tomando el té, por ejemplo, en un descanso de algún hospital de la india -¿será por té?- ayudando a las Misioneras de la Caridad. Y eso por ir lejos.

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3
Oct
2016
"Regreso a casa"
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Más de un regreso. Vuelve Gong Li. Los años que han pasado por la actriz china la han embellecido aún más, precisamente porque la alejan del artificio y acentúan en su rostro una tensa iluminación dramática. Gong Li es toda la tormenta: la suavidad de las nubes y la descarga del trueno, la oscuridad impenetrable y el primer rayo de sol. Una debilidad capaz de destrozarte y una brutalidad que te serena.

También Zhang Yimou vuelve a sus orígenes. Con “Regreso a casa”, esta su última película -fugaz por salas españolas, para qué quejarnos ya del desfondamiento cultural de este país- se aleja de la grandilocuencia visual de sus recientes producciones para abrazar de nuevo la simplicidad. Eso sí, una simplicidad con muchos recursos económicos y una crítica política tolerada por el régimen comunista que, de perseguir sus obras, pasó a encumbrarlo y hasta mimarlo.

Pero lo que importa es el contenido y la forma en cuanto obra de arte, pues no son la marginalidad ni la oficialidad la medida del talento. Cuando hay talento, lo que queda es lo que la obra tiene de verdad y de arte. Y en “Regreso a casa” volvemos a encontrar cine mayúsculo, soberbio, único, inconfundible: Zhang Yimou del que nos gusta.

Este es el argumento: el preso político Lu Yanshi es liberado cuando termina la revolución cultural. Denunciado y repudiado por su propia hija, tras la liberación descubrirá que la persona que nunca le traicionó y que lo esperó día y noche ya no lo recuerda. Su esposa (interpretada por Gong Li como si desde la cinta se ausentara de la cinta) sufre amnesia y, pese a estar él ya a su lado, acude todos los meses a esperarlo. Nada puede hacer Lu para que ella lo reconozca, por lo que, finalmente, acude junto a ella a esperarse a sí mismo en su regreso.

No es principalmente una historia de amor lo que nos cuenta la película. Tampoco se queda en una reflexión sobre la enfermedad o la amnesia. Se le puede atribuir un alcance ideológico que puede derivar en político al hablar de una reconciliación nacional que no es tal, toda vez que se intenta obviar la historia y pasar página sin reconocer los errores y los abusos, las secuelas de la represión y la ausencia de catarsis de las vidas truncadas.

Lo que tenemos aquí es la irrenunciable necesidad de esperar algo después de que lo arrancaron de nuestra memoria. Una película sobre las enfermedades de la esperanza, toda vez que ha sido sometida a manipulación, barridos o reconducciones. En todo caso, al final, el amor, porque la caridad todo lo espera, será quien espere con quien espera y no puede reconocer su objeto.

“Regreso a casa” ofrece momentos de verdadero cine, de verdad universal sostenida sobre lo más concreto, inintercambiable e íntimo de sus personajes. De ahí que numerosas secuencias alcancen un valor épico. Y, por supuesto, esta película nos devuelve al Yimou más genuino y poético, pues, en su manera de mirar y mostrar, algo ocurre más allá de lo que en el instantáneo fotograma podemos comprender.

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11
Jul
2016
Abbas Kiarostami
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Ha muerto Abbas Kiarostami. Esto de las redes sociales ha desenfocado estas cosas: todos los días la pérdida de algún famoso -no sé si Kiarostami era un famoso- es trending topic. Y hasta nos ponemos un poco retóricos y patéticos. Parece que nos importan tantos hechos, que, al final, tanto importar ya no tiene importancia.

Pero a mí sí me ha dolido esta pérdida. Me enseñó a mirar de otra forma y en otras direcciones. Me enseñó que, aunque la banalización y curiosidad campen a sus anchas por el mundo y por las vidas, hay un espacio donde nunca entrará la cámara, un santuario donde nuestro misterio es fuente de creación con tal que aceptemos su carácter misterioso, inaprensible para nosotros mismos.

En sus películas aprendemos que no todo está visto si perseveramos en la simplicidad. Que en la más insignificante vida se está narrando una historia que hace avanzar el mundo, aunque sea lentamente y apenas un puñado de limpios de corazón sean testigos del milagro.

Puede tratarse del niño que, hasta entrada la noche, recorre las aldeas en busca de su amigo para devolverle un cuaderno olvidado. Abbas resuelve la historia de la forma más simple y nos obliga a pensar como sólo un niño pensaría.

Puede tratarse de la historia de quien recorre a la deriva caminos y en su trasiego, cuya causa ignoramos, las historias de las vidas de los otros nos salvan de la decisión de suicidarnos. Pocas veces he tenido la certeza de estar tan cerca de la realidad y de la inocencia, la pureza.

Su manera de enfocar es contemplativa. Intuimos detrás horas infinitas, horas en las que dejar quieta la cámara hasta que surja el milagro, lo imposible de decir si tratamos de extraerlo, de conducirlo, de dirigirlo. Kiarostami es un director que no dirige. A lo sumo ordena y destila lo que las cosas dan de sí. Y, aunque sabemos que esto es imposible y que la ausencia de intervención es sólo apariencia, su gran logro es presentar como verdad la verdad por el camino de la espera.

La inocencia de los niños proviene de quien se hace niño. Sus actores no profesionales son más convincentes que cualquier interpretación. Y luego están la poesía y el camino. Porque muchos minutos de su metraje suceden en camino, a bordo de un coche. Es un cine en éxodo. Por las ventanas se cuela la crítica social más sincera sin necesidad de elaborar un discurso, sin necesidad de juzgar o elegir. De ahí su peligro para el régimen iraní. Pero también para nosotros.

Finalmente, la poesía. Algo intangible en las imágenes. Nada tan a ras del mundo y, sin embargo, tan empapado de misterio, de otra cosa que nunca acertamos a expresar en un lenguaje lógico.

En “Yo he querido ser grúa muchas veces” le dejé un poema. Lo pongo en imagen. Pobre tributo por tanto recibido. Que su Dios y el mío le hayan premiado por no haber dejado en barbecho los dones recibidos. Por haber dignificado la tan corruptible condición artística. Por haber ligado dignidad humana y poesía por el camino de la luz que se mueve, que es el cine.

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28
Jun
2016
Si Dios quiere
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Como película no es gran cosa, más bien es una mala película. La comedia italiana “Si Dios quiere” parte del conflicto que se desata cuando el hijo de un prestigioso cardiólogo marxista comunica a toda la familia su intención de ingresar en un seminario para hacerse sacerdote.

Pensamos que este será el argumento principal, tratado con un humor que, sin ser demasiado fino, recurriendo incluso a gags previsibles, resulta efectivo y nos arranca unas cuantas carcajadas. Pero a mitad del metraje la atención se traslada a la amistad que el médico entabla con el sacerdote a quien este acusa de responsable de la vocación de su hijo. La cosa es sencilla: el padre del muchacho vocacionado trata de acercarse al religioso que ha influido en su hijo para encontrar algo en su vida con lo que desacreditarlo e impedir así que el joven siga adelante con su intención de entrar en el seminario.

El giro de guion viene a poner de manifiesto una realidad no menos interesante. La de esa generación que un día tuvo ideales comprometidos social y políticamente y que, con el paso del tiempo, ha acabado vistiendo trajes a medida de 1.200 euros y un día, muy a pesar suyo, se da cuenta de eso que José Emilio Pacheco retrató en dos versos: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.

Cuando el hijo expone que antes se sentía perdido, que nada le importaba, pero que ahora tiene ilusión, ha encontrado algo que le hace feliz, los miembros de la familia parecen lanzarse en busca del sentido de su propia vida. La madre, que fue activista en los 70, de repente quiere revitalizar sus ideales, dejar de ser la mujer florero que organiza cenas glamurosas y adopta telemáticamente niños en África, para implicarse en los movimientos sociales tan ahora vivos en Italia como en España. Claro, que todo le quedará un poco grande; está desfasada y fuera de lugar. La hija mayor, que tiene pocas neuronas y es muy pija, se anima a leer el Evangelio y, tras prepararse un batido, ponerse sombrero, bronceador y mullidos cojines -está tan ilusionada que no quiere que nadie le cuente el final de la historia de Jesús de Nazaret-, se atasca en la primera página de lectura.

El cura es simpático, carismático, inteligente y está interpretado por Alessandro Gassman. Así es fácil ¿quién no quiere ser como él?

Pero estamos ante una comedia italiana y, la verdad, dentro del buen momento que vive el cine italiano, hasta una película tan flojita como esta tiene su aquel. Porque, más allá del arranque a propósito de la vocación religiosa -que podría haber dado más juego afinando los chistes o diferenciándose de una mera serie de videoclips cómicos-, aparece por aquí uno de los problemas de fondo de nuestro tiempo: las contradicciones que nos llevan a ser marxistas de filosofía, capitalistas de cartera, clasistas con el servicio, solidarios a distancia y, en fin, seres perdidos en nuestro laberinto de inercias.

Es el vacío de ideales, el olvido de las razones y las pasiones que nos movieron un día, la ausencia, al cabo, de algo tan imprescindible como la vocación y la esperanza lo que está al fondo de esta comedia.

Vale la pena verla, reírnos un poco de nosotros mismos -buen principio para cambiar- y pensar en la vida, la muerte, la fe y nuestras contradicciones, aunque sea en plan palomitas y refresco, pues no siempre hay que estar cultos, estupendos y metafísicos.

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11
Jun
2016
El olivo
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Icíar Bollaín resulta interesante casi siempre. Incluso cuando elige un camino de subrayados previsibles que podrían acabar en el panfleto, los temas que propone no nos dejan indiferentes. A Bollaín se le agradece, sobre todo, lo bien superada que tiene la dialéctica que en otros autores aún contrapone ética y estética, modernidad y tradición, realismo y utopía.

Siempre me he preguntado por qué una historia concreta, esta historia cualquiera, llega a convertirse en novela, poema, película. Uno de los aspectos que hoy se estudia en diversas disciplinas artísticas es no tanto la inspiración como los procesos creativos. Hay tantos como artistas y autores. Ese seguimiento de procesos creativos trata de centrarse no tanto en el artista desde el punto de vista de alguien con “genio” o “talento”, como en la relación de éste con la realidad, el tiempo y los otros.

¿Cómo llega, por ejemplo, un hecho histórico como el sermón de Montesinos -la homilía que en 1511 denunció el trato dado por los encomenderos a los nativos americanos y que desencadenó una serie de debates que son origen del derecho internacional- a las manos de esta directora y se convierte en una película sobre las actuales políticas comerciales en América Latina? Así ocurrió en “También la lluvia”.

Ahora, en “El olivo”, Icíar Bollaín nos habla de algunos de estos árboles que, milenarios, plantados por los romanos incluso, han sido arrancados y vendidos para decorar rotondas, fincas o edificios de grandes empresas. Es una metáfora de la España de estos últimos tiempos. Y, si bien es cierto que esta directora me gusta más cuando sus historias son más pequeñas, cuando las posiciones son menos de manual y de doctrina -sigo prefiriendo su cinta “Flores de otro mundo”, sobre chicas latinas que vienen a habitar pequeños pueblos de la vieja Castilla-, esta nueva entrega me ha dejado huella.

Más allá de las intenciones -las mejores intenciones hacen la peor literatura-, me quedo con lo menos previsible de “El olivo”. Posiblemente algunas batallas están perdidas de antemano, pero la victoria no consiste (sólo) en recuperar lo vendido o en derrotar a corto plazo a los goliats de este tiempo, sino en aprender el arte del injerto. Un nuevo orden no se improvisa. No lo habrá sin cultura (también agri-cultura), la cultura aprendida y heredada de nuestros mayores (también nuestros libros mayores).

Cultura es eso que nos enseña a distinguir entre precio y valor, entre cash y sentido, entre éxito y dignidad.

Por la película desfilan el papel que las redes sociales tienen hoy a la hora de sensibilizar y movilizar en algunos de los procesos de cambio que estamos viviendo. Habla de ecología, de corrupción especulativa, del significado identitario que conlleva la modificación del paisaje, de relaciones intergeneracionales y su reflejo social, de una España que desconoce sus raíces y malvende lo mejor de sí misma.

Pero su acierto consiste en girar hacia la parte menor, que acaso sea la más importante: nosotros mismos, cada uno, como persona. De nuestras contradicciones. De nuestra tendencia a colaborar con la parte de nosotros mismos que más daño nos hace y si esto es vencible. De cómo una pequeña rama de olivo será una prenda real de esperanza si sabemos, si hemos aprendido, pues eso, el arte del injerto que, por más centenario que sea, hemos heredado en la manos muy concretas de alguien.

Llena de imágenes y metáforas potentes -algunas demasiado obvias-, “El olivo” es una película que debemos ver. Especialmente si nos debatimos -social, cultural, políticamente- entre la apatía o la violencia, entre la resignación o la inmediatez. Tener raíces nos permite ir adelante y hacia arriba. Lo malo es darse cuenta tarde.

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5
Jun
2016
Desde el mar a la estepa
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Durante una cena -mi acompañante ha sido crítico gastronómico y sabe elegir los lugares-, en el desempeño de esa hermosa tarea que consiste en acompañar la gestación de un libro, alguien comentó que, en los últimos años, encuentra bastantes poemarios muy correctos pero que echa de menos voces singulares, libros más arriesgados, propuestas con más personalidad.

Tengo la fortuna de recibir libros o revistas y la desgracia de quedar mal por no responder a todos con mi gratitud o con mi opinión. Como no me resigno a ello, los apilo sobre la mesa con la intención de leerlos y comentarlos. Y a buen seguro que lo haré, aun cuando haya de dedicar semanas exclusivas a ello. Pero a veces, no sé por qué, algún volumen se adelanta hasta mis manos e insiste en no marcharse.

Y he recordado esas palabras de mi amigo –“echo de menos voces singulares”-, porque en esta antología, “Desde el mar a la estepa” (Chamán Ediciones, con prólogo de Dionisia García), sí hay voces singulares. Se trata de una recopilación de poetas actuales articulados en el eje Cartagena (el mar), Murcia y Albacete (la estepa). Así dicho, suena extraño, pero no lo es en absoluto porque no sólo la geografía aúna a estos autores, sino un itinerario y una serie de publicaciones, revistas y foros que han convertido este vértice español en uno de los más fértiles, interesantes y activos de la actualidad poética.

Algunos tienes trayectorias muy consolidadas. Otros se abren paso con una personalidad y un descaro envidiables. Y están quienes han puesto en marcha, además de su obra, una de las revistas más frescas de las que actualmente gozamos, “La Galla Ciencia”.

No quiero dejar de nombrarlos a todos: Antonio Rodríguez Jiménez, Antonio Aguilar, Lucía Plaza, Cristina Morano, Javier Lorenzo Candel, Juan de Dios García, Francisca Gata Amate, Ángel Paniagua, Constantino Molina, Noelia Illán, Andrés García Cerdán, Héctor Castilla, Jaufre Rudel, José Daniel Espejo, José Oscar López, Gracia Aguilar, Idoia Arbillaga, Rubén Martín Díaz, Vicente Velasco,, Mercedes Díaz Villarías, Diego Sánchez Aguilar, Matías M. Clemente Gabaldón, Ángel M. Gómez Espada, Milagros López, David Sarrión, Miguel Úbeda, José Alcaraz, Javier Temprado y Pedro Gascón.

Imposible dar cuenta de cada personalidad poética. Pero mi recomendación quiere poner de relieve que tienen algo que decir, oficio, personalidad y aires nuevos -acentuándose más un rasgo u otro según cada caso-. El conjunto es a la vez coherente, en cuanto que su movimiento centrífugo tiene un eje sólido de fuga: que fondo y forma se conformen mutuamente.

No puedo dejar de citar el poema “La pureza” -que me ha impactado- de Antonio Rodríguez Jiménez; tampoco “Si un día”, de Antonio Aguilar; la simplicidad rotunda de los versos de Cristina Morano; el magistral inédito “Para no hacer palabra la belleza” de Javier Lorenzo; la profunda claridad de “Gethsemani,Ky” de José Alcaraz Pérez.

Y, en fin, obligándome a mí mismo a cortar aquí la lista de poemas que me apetecería citar -espero me perdonen-, concluyo recordando las palabras de mi amigo para responder que hay voces y hay libros no sólo correctos, sino con personalidad y profundidad. Lo que pasa es que las listas oficiales y los suplementos más conocidos -cuando estás dentro descubres cómo funcionan estas cosas- no dan cuenta ni de lo mejor ni de lo más interesante.

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27
May
2016
Santo Tomás de Aquino en tiempos difíciles
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De una tesis doctoral no deberíamos salir siendo los mismos. Si verdaderamente se trata de un trabajo de inmersión, un viaje sin destino previamente pactado, una peregrinación intelectual, es posible que al final descubramos dimensiones que no habíamos previsto. A mí me ocurrió. Quizá por la grandeza del autor estudiado, Santo Tomás de Aquino.

Decir que es un clásico es recurrente y se queda corto, a no ser que entendamos que un clásico es una luz, una luz que no podemos atrapar y que, más bien, nos enfrenta a nosotros mismos y a nuestro tiempo. Los contemporáneos se miden por semanas. Los clásicos por siglos. Umberto Eco dice que la gran literatura es autoritaria, y es que, siendo como es más grande que nosotros, se nos impone ella sola, aunque nadie haga nada por imponerla. Como un avión que se sostuviera en el aire por el miedo sumado de los pasajeros -cito a González Iglesias-, los clásicos se sostienen en su altura por el miedo sumado de quienes no los han leído.

Yo iba siguiendo la pista de la teología negativa en el pensamiento del Aquinate sobre el lenguaje sobre Dios y encontré que su postura consiste en una radical confianza en el lenguaje para hablar humildemente de Dios, no porque rechace la teología negativa ni el apofatismo -esas cualidades del conocimiento y del lenguaje por las que de Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos y de Dios es poco lo que podemos decir porque está más allá del lenguaje- sino porque, integrando la dimensión negativa y apofática del lenguaje en toda su radicalidad, la trasciende en la dirección de la encarnación: Dios se ha hecho palabra y, en la kénosis del lenguaje, la palabra humana, la pobre palabra humana, ha quedado validada para apuntar lo que en ella no puede quedar retenido.

Es lo que tiene Santo Tomás. Pero también su método. Varios años bregando con su método nos proporcionan un instrumento para desenmascarar las trampas y las demagogias del lenguaje. Concretamente hoy en día hay una muy engañosa. A ella vamos.

Se repite como latiguillo recurrente en los tiempos del Papa Francisco -contra el Papa Francisco- que la Iglesia no puede plegarse a las exigencias del mundo, pues ha de custodiar la verdad recibida. Y es cierto que la Iglesia no puede plegarse a ningunos intereses y ha de custodiar la verdad. Pero esto es algo tan sagrado que merece ser tomado absolutamente en serio. La Iglesia no dialoga con el mundo y la cultura porque se desnaturalice o porque quiera entrar al trapo del mundo o quedar simpática. Lo hace porque su sagrada misión de custodia de la verdad consiste en llevar a Jesucristo, que es la verdad y la vida, por los caminos del mundo para que el mundo se encuentre con Jesucristo, camino.

Si la Iglesia no lleva el Evangelio a los hombres de todo tiempo, entonces es cuando se traiciona a sí misma y cuando malvende su depósito sagrado. Se parece entonces a una gran dama soberbia y altiva más que a una madre. Si el amor fontal del Evangelio, lo que Jesús hizo hasta dar su vida por los hombres para testimoniar el amor incondicional del Padre, queda secuestrado en formas temporales, en respuestas que no responden, en formulismos mundanos -idolátricos, hechos por hombres- estaría traicionando a su Señor.

Cuando la Iglesia sale al encuentro del hombre y de la cultura en la que Dios la sitúa en cada encrucijada histórica no traiciona su naturaleza. Lo hace precisamente empujada por su naturaleza, que viene de más lejos.

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22
May
2016
Techo y comida
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Gracias a algunos canales de Internet, tenemos la oportunidad de acceder a películas que pasaron por cartelera fugazmente. No eran para el gran público y, en este caso, están, además, realizadas con un presupuesto mínimo.

Sin embargo, hay una historia que contar y un mensaje comprometido que trasmitir. “Techo y comida” se limita a reflejar el día a día de una joven madre y su hijo en los límites de la supervivencia a los que la crisis económica ha llevado a tantas personas.

No tiene trabajo, no puede pagar el alquiler y hay amenaza de desahucio. No tiene para comer. La cena de todos los días son salchichas de oferta -tres euros 6 paquetes- y, cuando llega el cheque comida, una hamburguesa y patatas suponen un banquete. Le han cortado la luz, le han cortado el agua y la escena final nos deja los ojos pegados a la incertidumbre imaginando -o temiendo- cómo será su futro más inmediato.

Tampoco hay música, no hay iluminación especial. No hay de nada, sólo talento narrativo y, como todo el mundo sabe, una actriz, Natalia de Molina, que, en estado de gracia -o de desgracia-, acaba difuminando los límites entre película y realidad.

Cercana a veces al documental, la cinta incurre en algunos defectos notables. Se nota cuándo se cuenta la verdad o cuándo se recurre a un cliché. Lo siento, debo haber estado en los lugares erróneos, pero en ninguno de los comedores sociales que conozco he visto que se pida “rezar” a quienes acuden. Tampoco he visto a nadie cantando flamenco mientras rebusca en un contenedor de basura. Ya, ya…: hay cosas que se quieren decir, relaciones que se quieren sugerir, pero cuando nacen de una intención más intelectual que vital, en películas tan desnudas como esta, salta a la vista. Captamos la intención, pero la cinta pide al espectador también una mirada sincera y en ese juego entramos.

De todas formas, insisto: hay talento, hay algo que decir desde dentro y se dice muy bien. Hay compromiso y exigencia artística. Juan Miguel del Castillo, su director, tiene voz propia y arriesga. Ello justifica sobradamente los peros. Incluso el escaso presupuesto se convierte en un aliado, en una parte más del argumento y del estilo. Como en poesía, decir más con menos también en cine reconcilia la ética y la estética. Porque sin verdad no hay belleza y decir cosas bonitas no siempre es un acto hermoso.

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30
Mar
2016
Orquesta de desaparecidos
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Orquesta de desaparecidos

Francisco Javier Irazoki

Hiperión 2015

No están desaparecidos todos los integrantes de esta orquesta, como, por ejemplo, Eloy Sánchez Rosillo, de cuya obra poética se hace acompañar Irazoki por las calles de París. Nos lo dice en uno de los primeros textos de este libro. Y es, en realidad, no tanto una declaración de principios como de finales. Quizá una declaración de estado. De estado presente. Irazoki elige a quienes han decidido elegir la respuesta luminosa para aquellas cosas que también podrían tener una respuesta oscura. Frente a la buena fama de la angustia en “nuestra” cultura -el “nuestra” es cosa del autor-, existe otra alternativa: la conciencia contra la simpleza sombría.

En los textos de esta “Orquesta de desaparecidos” percibimos claramente esa opción precisamente en cuanto opción, en cuanto voluntad y balance de vida. Como si el verdadero compromiso consistiera en alejarse del coro de plañideras, profetas de calamidades y traficantes de desdichas que tan comercialmente pueblan el panorama artístico. Los campeonatos de dolor literario otorgan coronas, pero no es el compromiso con el mundo el que importa a sus vencedores, sino el compromiso con su propia exaltación.

Los textos de Irazoki no necesitan imitar el tono y las músicas marginales ni los versículos con olor a serpiente. Nos alertan contra las ráfagas herméticas por las que “el lector vuela con los ojos vendados” así como contra los gestos comerciales de abandono y languidez, esos libros de poemas en los que la sordina y el filtro sepia impiden escuchar con nitidez el apogeo de la vida. El verdadero arte consiste en trasmitir la complejidad con expresión limpia, llevar la profundidad a la superficie.

Y eso explica este libro por el que desfilan retazos autobiográficos en los que lo verdaderamente importante son los otros, desaparecidos o no: familiares, artistas callejeros o consagrados, personajes anónimos en cuyos hombros cae la carga ética de nuestro tiempo. El anonimato también como una opción en la que ética y estética se conforman mutuamente.

Víctimas del Gulag o de la Zona Cero de Nueva York, hombres que pudiendo triunfar regalaron su suerte a otros escritores, poetas verdaderos que tuvieron que protegerse tras la máscara de la locura o la hermana muerta que, sencillamente, lo acompañó para que él pudiera estar solo componen esta orquesta. Pero también la propia alma, la propia conciencia o la propia soledad desgajadas del poeta, como verdaderos otros y otras cuya música en realidad no nos pertenece. Y ahí su extraña belleza.

No quiero parecer baboso, pero “Orquesta de desaparecidos” de Francisco Javier Irazoki sí merece contarse como un libro necesario y distinto. Frente a una literatura que podríamos denominar “Tristeza de supermercado”, un libro impregnado de gratitud, una gratitud que excluye recompensas.

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