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Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
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28
Feb
2017
A la luz de la luna, los negros somos azules. Moonlight
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Ahora todo el mundo habla de ella, después del accidentado fin de gala de los Oscar. No soy muy de Oscar. Es un escaparate y un gran negocio. No olvidemos que la industria cinematográfica es una de las mayores fuentes de ingresos de USA (la segunda, según algunas estimaciones), aparte de pieza clave en la acción cultural del país americano. Su forma de estar presente hasta en el último rincón del mundo, su manera de llevar a nuestros ojos lo que sus ojos ven.

Pero a lo que íbamos. Este año estaba especialmente descolgado, dada la abultada acumulación de estatuillas a las que aspiraba la sobrevalorada “La La Land”. Así es que este final accidentado en el cual pasó de ganar el galardón a la mejor película a haberlo perdido en favor de Moonlight me ha sabido a justicia poética.

Tenía pensado escribir sobre “Moonlight” desde que la vi. ¿Por qué ha ganado? Porque es una obra de arte llena de personalidad, épica y estilo frente al vacío retórico, el descafeinado guion y las interpretaciones acomodadas en busca de taquilla de “La La Land”, que es una película bastante mediocre, un producto de esos que hacen los especialistas puliendo hasta dar con los estándares que agradarán al público y asegurarán el taquillazo. Así de simple.

Moonlight, en cambio, es riesgo y personalidad desde el principio. No sabría delimitar su tema, y eso, en este caso, es un mérito, porque, si se tiene el talento suficiente, a veces el tema es la vida sin más. Y saber llevar vida al arte ya es mucho.

La identidad -¿quién soy?-, el precio que hay que pagar por ser diferente, la amistad, la bondad de algunos seres buenos que justifican este mundo, las contradicciones con las que siempre hemos de lidiar, las cosas que toda la vida hemos querido decir y no hemos dicho y son más parte de nosotros mismos que todo lo que hemos dicho, la infancia que nunca nos abandona y está ahí, condicionándolo todo, la ternura que buscamos en tantas decisiones como tomamos sin saber muy bien por qué… Todo esto, forma parte de “Moonlight” sin que tengamos la conciencia de que algo está ocurriendo.

Pero sabemos que las buenas intenciones suelen producir el peor arte. Por lo que este contenido habría podido producir un pestiño de no ser por el talento que rebosa esta cinta escrita por negros, dirigida por negros, interpretada por negros. Sí, ese talento es lo que la lleva a ser lo que es, un puro ejercicio de poesía completamente antipoética, es decir: realizada sin elementos líricos, estéticos, efectistas o sentimentales. Y, por supuesto, el magnífico empastado de las interpretaciones, ese elemento de comunión que intuimos en toda la obra y nos llega a los espectadores con intensidad. Hay momentos sublimes en su sencillez y sinceridad.

“Un día tienes que decidir por ti mismo quién vas a ser. No puedes dejar que otros lo decidan por ti”. No quería decir que Moonlight es una obra maestra, para no ponernos sublimes. Pero ya lo han dicho otros.

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21
Feb
2017
Ciberadaptados
2 comentarios

Ciberadaptados

Antonio Manilla, "Ciberadaptados"

Editorial "La huerta grande"

 

No es fácil encontrar claridad y definición en publicaciones que se adentren en el complejo mundo de Internet, las redes sociales y las nuevas formas de edición. Entre otras razones, porque, por más desarrollado que nos parezca, es este un mundo aún incipiente, algo que no ha hecho más que despertar y cuya deriva y conquistas aún no podemos valorar con suficiente estabilidad, precisamente por su complejidad y por su apenas intuido potencial.

Por eso recomiendo desde ya este título, “Ciberadaptados”, del periodista, ensayista y poeta Antonio Manilla.

Destaco su lucidez clara, cuya primera aportación es lo mucho que nos ahorra. Manilla se ha documentado copiosamente y lo que trae hasta aquí son puntos de llegada tras los que adivinamos vericuetos y cuestiones complejas cuyos necesarios pormenores reconstruimos sin que su desarrollo nos desvíe de la necesidad de alcanzar claridad en medio del denso bosque virtual.

El primer capítulo nos delimita un espacio y un tiempo. La revolución cibernética irrumpe desde una civilización, la occidental, en clara crisis -y cuándo no- cultural y de valores. Reuniendo autores tan diferentes como Adorno, Finkielkraut, T. S. Eliot o McLuhan, se describe cómo la industria cultural en la era capitalista se ha ido erigiendo en heredera del lugar de socialización de las formas culturales ante la progresiva disolución de la familia.

Internet es un estado sin gobierno ni capital, inabarcable y ubicuo, que acaba con el sentido lineal del tiempo de la ilustración y modifica el sentido de lugar. Sobre este panorama, Manilla describe el estado actual de la cultura, en sentido sustantivo y absoluto, posicionándose con Finkielkraut para negar que cualquier tipo de actividad alcance el rango de cultura. A pesar de ser estimables y de que no pueden ser pasadas por alto, numerosas manifestaciones no son un absoluto cultural. Por un lado, se necesita perspectiva: el Siglo de Oro no sabe que es el Siglo de Oro; por otro, es aún insuficiente la evaluación que es característica esencial de los organismos realmente vivos.

En ese sentido, ante muchos fenómenos de la red podríamos preguntarnos por qué lo llamamos cultura cuando queremos decir entretenimiento; constatando, además, cómo lo lúdico ha venido a sustituir y desplazar lo que tradicionalmente se ha entendido por cultura. Y esto atañe directamente a Internet, en la medida en que esta transformación se habría iniciado con la conversión de la sociedad de la información en una plataforma cuyo elemento fundamental deja de ser la palabra y se rinde a la imagen, el magnetismo del ver.

El sistema espectacular produce muchedumbres solitarias. Gran parte del volumen virtual genera un entretenimiento sin relación con actividades intelectuales, artísticas o literarias, ocupado en generar productos perecederos, fabricados para el gran público por creativos de unas industrias en guerra por el mercado. Predomina la ausencia de búsqueda de sentido, lo cual tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y la proliferación de un periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo.

“Cultura es lo que queda entre las ruinas, aquello que aparece cuando se ha derrumbado lo que es apariencia y exterior y ornato. La vida que sostenía el andamiaje visible para los demás, el pilar invisible. El lugar del sentido, la bordadora del ser del hombre, cuanto no pasa por nosotros sin dejar huella benéfica”, nos recuerda Manilla.

¿Y qué tiene esto que ver con Internet? Sencillamente: para calibrar su lugar y su impacto, ha de medirse con esta reflexión sobre la cultura, de lo cual no ha de salir tan mal parada como podría pensarse desde una mente preventiva y purista. Pero -y es lo que importa- por lo dicho, aún falta mucha perspectiva para responder con sabiduría.

De hecho, Manilla nos regala un sustancioso capítulo donde recoge prevenciones sobre el impacto de la radio, el cine o la televisión que, decenas de años después, nos resultan risibles. El fatalismo y la demonización de las redes tampoco resulta creíble. Todo es cuestión de hallar las proporciones adecuadas.

Porque, entre otras cosas, bajo el techo de Internet se han reunido tres elementos actores de la trasmisión del conocimiento en nuestra época en su versión digitalizada: libros, música y cine. Sin olvidar la “internetización” del consumo, además del carácter interactivo que convierte a los usuarios en “prosumidores”, es decir, consumidores a la vez que productores. Elementos todo ellos de gran calado y que ya han dejado su huella en la forma en que hoy entendemos las relaciones sociales y humanas. Como en todo, la respuesta no residirá más que en la inexcusable tarea de decidir cómo y hasta dónde queremos que lo que llegó como un instrumento para facilitarnos la vida nos la estropee. Y eso depende más de la voluntad y la inteligencia que del medio digital en sí.

Por lo que respecta a esos pronósticos catastrofistas, Manilla nos resume también los estudios de quienes, con toda seriedad, niegan explícitamente que Internet cambie nuestro modo de pensar.

¿Y respecto a las nuevas formas de edición digitales? “Ciberadaptados” nos recuerda cómo con el paso del manuscrito a la imprenta ocurrió igual que con el tránsito de la oralidad a la escritura: “avivó renuncias y acusaciones, que fueron desde tildar los libros armas del diablo hasta responsabilizarlos de fomentar el aislamiento social del lector”.

Aunque no sea en papel, la lectura en sí ha dado un repunte con las nuevas tecnologías. La lectura instrumental, la búsqueda de información, goza de buena salud. De haber una crisis, lo sería de cierto tipo de lector, concretamente el literario. Pero ni aun así este aserto es muy defendible. Nada de muerte de la literatura; lo que quizá está apareciendo es una nueva clase de lector bajo el influjo de lo hipertextual, en direcciones múltiples debido a la libertad de navegación.

Manilla se moja. Y algo que también hace este ensayo absolutamente recomendable, es que al hábil, lúcido, ameno periodista que Antonio es se suma su excelente calidad de poeta. No siempre, como también subraya el prologuista, se puede disfrutar de una lectura tan práctica y clara en la que la belleza, lejos de ofuscar, suma y redimensiona.

Para tener en nuestras bibliotecas.

 

 

 

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25
Ene
2017
Prójimos
1 comentarios

projimos

No sé cómo llamarlo, porque tampoco “equilibrio” es la palabra. Para las cosas de vivir, para las de la virtud, bien está el equilibrio. Pero no siempre para el arte, aunque ya sabemos que hay tantas teorías del arte como teorías sin más.

Es cuestión de opción, y, en este poemario recién aparecido, Santiago Molina sí ha apostado por una especie de equilibrio entre lector y poema, entre una dirección y otra, situándose el autor en parte ninguna.

“Prójimos” (Editorial Enkuadres) apuesta por poner el sentido último de sus poemas en el otro, en los otros. A estos versos poco le importan la vida y los sentimientos del autor, a no ser cuando éstos se saben orientados al diferente. Y funciona, porque, sin explicitarlo, ahí es precisamente donde entra el autor: un autor que sólo se encuentra con su vida y con su historia en la medida en que se desprende de ellas. Y, por el camino, el “yo” y su “yoísmo” han quedado superados, que no anulados.

Mucho mejor lo señala el lúcido prólogo de Juan Peregrina, en cuyas palabras “el poeta es, ante todo, testigo de lo que vive: un testigo no dedicado a observar y callar”, sino que convive con lo contado, “con las personas que cuentan y le cuentan”.

Por eso, aunque nuestro poeta nos avisa en este libro de lo tremendo que será darnos cuenta de que no muy tarde vendrá la muerte precedida de soledad y de olvido -olvido que puede conducirnos al rencor, la envidia o la desesperación a causa de las cuales pasemos por alto la solidaridad, la admiración y la celebración-, el poeta puede también anticiparse para recordar y metamorfosear esta terrible posibilidad en belleza, elegancia, reconocimiento y celebración. Y es que:

“Hay hombres de llanto hondo y áspero.

Hombres que nunca fueron niños (…)

Custodia las cenizas del mundo.

Son bosque talado”

Pero mejor saberlo y acogerlo en las palabras para que, al hacer acto de “Fe”, cuando llegue el momento de convertir en gracia la pérdida, no quedemos fuera de la realidad sino más dentro:

 

“Pero existe,

                               así,

                               tan imperfecto.

 Es por eso que creo.”

 

Hermoso el “Prójimos” de Santiago Molina, traslúcido en su humildad. Más cercano cuanto más arrojado en manos del otro, del distinto. Una poética de la projimidad, la definiría yo.

 

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