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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
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23
Ene
2022
Mustafá y su padre
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Mustafá y su padre

 

Es una de esa citas que recuerdas sin voluntad de recordar. Preguntado sobre qué es la pintura, Francis Bacon respondía sin titubeo que pintar es buscar la verdad.

La inspiración poética es también una experiencia de la verdad. No es más que eso, pero es nada menos que eso.

Se ha escrito mucho sobre la inspiración. Teorías las hay miles, y seguirán apareciendo, y ninguna será definitiva, porque la inspiración, unida como está al acto creador, es tan inagotable como ese mismo acto arcano que se pierde en la anterioridad a lo pensado.

Pero es eso; saber la verdad, una verdad en la que aquello que experimentamos y el modo de experimentarlo coinciden. Lo que estás conociendo en ese instante se abre camino para ser dicho. La manera de decirlo está naturalmente unida y provocada por lo que estás experimentando.

Por ello, en el arte, en realidad, no hay diferencia entre sentimiento y conocimiento. Estamos ante un sentimiento que se hace conocer; es una expresión comprensible de algo que estaba más allá de lo comprendido y ahora, sencillamente, se hace verdad alumbrada, comunicable. La esencia del arte es la comunicación de la verdad.

Me alegra haber descubierto por otras vías que la inspiración es la contemplación y la revelación de la verdad. Y que, una vez hecho esto evidente sin forcejeo alguno, cultivar el arte es una forma de entrega a la verdad.

Cuanto ocurrió, lo sabes, y basta. Nada o muy pocas cosas pueden disuadirte de alejarte de ello, porque entre la verdad y tú se signa una especie de sintonía, una comunión, una claridad que supera las cuestiones por el sentido, por la verificación y por ti mismo.

Digo esto porque algo de eso ha ocurrido. ¿Una inspiración radical? ¿Un acto en que los fundamentos quedan retratos como en una radiografía? ¿Una revelación cuyo contenido incluye al sujeto, lo destruye y lo recrea?

Es mucho más sencillo. En el telediario han dado la noticia de la acogida por parte de instituciones italianas del pequeño Mustafá, nacido sin brazos ni piernas debido a los medicamentos administrados a su madre para combatir las consecuencias de los gases empleados en la guerra de Siria.

El niño ha llegado a Italia con su padre. Allí comienza el futuro de ambos: la dotación de las prótesis que suplan la ausencia de extremidades del pequeño, así como su educación e integración en la sociedad italiana.

Todo comenzó cuando el Festival Internacional de Fotografía de Siena mostraba una imagen del padre de Mustafá, sin pierna también él a causa de un bombardeo, jugando con su hijo. Nadie más orgulloso que el padre y nadie más feliz que el hijo. En esta como en otras imágenes documentales les invade la felicidad más pura. No necesitan más que tenerse el uno al otro. Las adversidades y carencias parecen no contar.

Y ahora, en su llegada a Roma, el niño aplaudía, sonreía. El padre lo porta sobre sus hombros, sobre su regazo. Lo presenta orgulloso, como la cosa más hermosa que existe en el mundo. Un vínculo inmaterial los mantiene en la misma onda de gracia. Todo da igual frente al hecho de tenerse el uno al otro. La alegría de padre e hijo concentran, en un instante simultaneo, incesante y compartido, tantos significados a la vez que podrían escribirse miles de páginas y no se descifraría la verdad que se desprende de ellos, la luz que los sostiene.

Pero me quedo con un descubrimiento tan obvio que ahora manifiesta haber estado siempre ahí. Sé que he tenido en mi padre no sólo la revolución de existir, sino la razón viva de la felicidad de la existencia.

Ahora que no está, su partida hace evidente que no encontraré a nadie que me quiera de la manera que él me ha querido; a nadie en quien confiar con la certeza de la fidelidad que he tenido en él; que me proteja sin fisura como expresión de su misma vida.

Esta imagen revela que la vida de un padre solo puede remitir a la existencia de Dios. Pero también que su ausencia sólo puede remitir a la certeza de Dios. Y que hay felicidad que no es necesario construir ni aguardar porque ya es un hecho, porque ya se ha tenido y permanece muy a lo siempre en uno mismo.

Aun cuando no todos la hayamos experimentado, es un asunto de todos, y la muestra de que es un asunto de todos es que cuando, no la tenemos, hace sentir su ausencia en cada uno a modo de un no sé qué que se deja advertir aunque no tenga nombre.

Cuando brilla la inspiración, es decir, cuando una verdad se muestra, hay un punto de no retorno. No puedes mirar nada exactamente de la misma manera. De hecho, testimonio de la verdad de algo es la forma en que modifica irremediable y felizmente nuestra mirada sobre las cosas, empezando por nosotros mismos.

Y esto tampoco es algo exclusivamente personal. O sí: es tan personal e intransferible que resulta por sí mismo universal.

Un padre es siempre la cuestión del padre. Para hablar más allá del padre de Mustafá y o de mi padre tendría que hablar de Dios. El contenido de su revelación es él mismo y yo sin piernas y sin brazos sonriendo sobre sus hombros que me llevan. Todas mis taras no son entonces más que una ocasión para quererme. Es decir, para el arte; es decir, para la verdad.

 

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19
Ene
2022
Proyecto de interiorismo
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José María Higuera

Proyecto de interiorismo

José María Higuera

Premio Alegría. Rialp, 2021

 

Las solapas del libro dan cuenta de un dato excepcional. Es el primer libro del autor y lo ha publicado bastante más tarde de lo que suele ser habitual.

Nació en 1970 y ha dedicado toda su vida a la talla ornamental, arte, vocación y profesión por el que es conocido y reconocido en el campo de la carpintería religiosa. Se trata de uno de esos saberes ancestrales, manuales, complejos, que requiere no sólo oficio para con la madera, el dorado, la policromía, los cálculos de estructura o movimiento, sino un verdadero don artístico en el que, respetando una tradición solemne y hasta cierto punto condicionada por el ámbito religioso y popular -y esto ya es mucho exigir-, se encuentre un resquicio para aportar belleza y expresión en un ámbito donde las concesiones a la originalidad son bastante estrictas.

Sumémosle a ello la paciencia, la soledad, la complejidad material y la elevación interior que este arte exige. Si añadimos a todo ello el hecho de que nació y trabaja en Córdoba, con el peso de la tradición que esta ciudad conlleva, desde el nombre de Góngora a los autores del grupo Cántico, podríamos esperar de José María Higuera un poemario barroco, complejo en formas y temas, sonoro, exuberante. ¿Y qué es lo que encontramos? Un libro limpio, sereno, equilibrado, trasparente.

Sin duda alguna, la poesía de José María Higuera es otro descubrimiento de la mano de la editorial Rialp para la colección Adonáis. Con esta primera incursión, nuestro poeta ha sido reconocido con el Premio Alegría (al que en esta convocatoria han concurrido 657 candidatos, nos informa la misma solapa). "Proyecto de interiorismo" es un libro meditativo, nunca discursivo, ni de tintes filosóficos ni llevado por retórica, pues siempre parece el autor estar en conversación clara con quien quiera escuchar.

Es la imagen poética sostenida por una excelente musicalidad la que destaca en este primer libro y la que nos lleva de la introspección en los estados del ánimo humano a las imágenes externas que le permiten representarlos. Así, por ejemplo, el poema "La grieta de Orive", referida a la grieta que divide en dos el hermoso palacio cordobés y bajo la cual se celebra gran parte de los recitales del festival Cosmopoética. O el que se refiere a las construcciones hexagonales de las abejas. También la arquitectura de los campanarios -celebrar la comparación entre las golondrinas y el hábito dominico- le sirve para elevar un poema bien cimentado y casi rozando lo invisible.

Ese es otro mérito del poemario de Higuera: la consciente y bien trazada construcción del libro. Tengo predilección por la construcción de los libros de poemas. La tentación de leer aleatoriamente, la escisión que antologías y recopilaciones realizan -y no digamos ahora internet, que ofrece poemas completamente desgajados de sus contextos- nos impiden disfrutar la arquitectura de los libros. Para mí es la quintaesencia de un poema, lo que se dice por el lugar y la relación que guarda respecto a los demás; una historia trazada sin necesidad de novelar.

Pues bien: "Proyecto de interiorismo" cuida la estructura y, en efecto, su plan responde al orden de un interior transitable. La estructura del edificio literario -me gusta recordar que Joan Margarit era arquitecto-, los colores externos e internos, la personalidad de las habitaciones según quien vive en ellas y cómo, los lugares invisibles que, como sótanos o desvanes, obligan sin ser vistos, es algo que nuestro poeta ha articulado con la frialdad necesaria que aportan la distancia y el tiempo sobre el material de construcción. En el fondo, se trata de un reparto de cargas que ha de presidir la obra entera, como ocurre en un paso de Semana Santa, pues, a la postre, si es imposible cargarlo sobre los hombros y la respiración humanos, no será más que un decorado inmóvil; otra cosa, pero no un organismo vivo llevado por vivos para transmitir un mensaje dramático, salvífico y misterioso.

Otro de los aspectos que certifica la calidad de este libro es la manera en que lo clásico convive con los elementos de la actualidad. En este aspecto una obra se la juega porque, no, no hablo del refrito de elementos pos, trans o modernos, ni del mero afán de contemporización, sino de algo más serio. Como un afamado aforista ha señalado, para ser eterna, una obra de arte debe ser contemporánea. Lo contrario es una falsa escapatoria que, buscando la intemporalidad, puede acabar en la inanidad.

Simple y contundente cuando toca -"en todo lo que cae recuerdo lo caído"- un rayo de luz a la hora y por el hueco preciso alumbra el interior del libro. El hilo musical de un supermercado tan pronto se esparce por las páginas como se que queda dentro a modo de paseo urbano con auriculares.

Proyecto de interiorismo nos recuerda que no solo de música vive el verso; también de color. El color, aparte de traerse a la vista por su nombre -y sobre todo- se hace ver con las sílabas, la disposición inadvertida de las vocales, los condensados y desvaídos de la imágenes; la memoria ocular y hasta olfativa. Las manzanas, la miel, no solo huelen y saben: también aportan uno u otro color. Higuera, a más o menos sabiendas, juega con el color en su interiorismo.

Celebro el despunte de esta nueva voz, aunque salga a la luz cruzados los cincuenta años -espero que me entienda bien si lee esta noticia literaria, porque en el mejor de los sentidos quiero aplaudirlo-.

A lo mejor sus próximas obras vienen reposando desde hace tiempo y ante lo que estamos es, en realidad, ante la revelación de un tesoro escondido que ha aguardado el momento propicio para salir a la luz.

Cuando digo que lo celebro es que realmente me llena de alegría. Me explico: en el borde de la cincuentena -año arriba o abajo-, algunos poetas -dejemos los rodeos: yo-, nos deseamos a nosotros mismos no estropear la prescindible y menos que mediocre obra que hayamos publicado. Callar mucho, publicar muy poco o casi nada; no hacer evidente la falta de talento que nos asiste.

Pero luego lees la excelente opera prima de un autor como José María Higuera y albergas la sospecha de que todavía quizá el tiempo te brinde la oportunidad de enhebrar algo medianamente decente.

Es, en definitiva, este "Proyecto de interiorismo" una victoria de la sensibilidad, la sensatez y la fe.

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13
Ene
2022
En estado de gracia
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En estado de gracia. Carmelo Guillén Acosta. Renacimiento 2021

 

En estado de gracia.

Carmelo Guillén Acosta

Renacimiento, 2021

 

Algunos poetas han dedicado gran parte del tiempo de su madurez literaria a encontrar y dar una oportunidad a voces nuevas. Carmelo Guillén Acosta lo viene haciendo desde hace muchos años a través de la coordinación del Premio Adonáis, que este 2021 ha celebrado 75 años de existencia con, entre otras actividades, una exposición en La Biblioteca Nacional.

Guillén Acosta es igualmente el artífice del extensísimo catálogo de dicha muestra, para lo cual ha rescatado nombres, títulos e imágenes de quienes en estos 75 años han encontrado en Adonáis la oportunidad de sus vidas poéticas. Es, por otro lado, la colección por la que ha pasado gran parte de los poetas más significativos de estos tres cuartos de siglo de versos en español.

Por si fuera poco trabajo, Carmelo Guillén Acosta ha publicado este ya pretérito año 2021 un nuevo poemario. "En estado de gracia" es su título y Renacimiento la editorial elegida.

Dividido en tres partes sin más título que los sencillos números romanos, la última de ellas consta de un único poema titulado "Gratitud". En él el autor se separa de sí mismo como poeta y da gracias por la palabra misma, la cual es no solo la que enhebra biografía y poesía sino la que, con perspectiva y desapego, las revela en estado de gracia. La gratitud es la expresión de quien está en gracia y la manera de hacer esta extensiva mediante la comunicación, que es el centro de la literatura.

Podría intentar divagar sobre la razón de ser de las dos primeras partes del libro, pero no haría más que sobreinterpretar; buscar razones donde, en realidad, quizá solo estemos ante dos momentos de escritura. Sin más, pero sin menos. Al igual que hay dos testamentos bíblicos pero una sola promesa y una sola realidad. Al igual que muchos asuntos tienen, cuando los comprendemos, un antes y un después.

Los poemas están escritos en tránsito y en entrada. Por alguien que va de camino pero que, a la vez, está tocando con sus pies la patria de llegada. Por eso celebra las cosas del aquí, en su mundanidad -que no mundanalidad- más humilde; se adentra en ellas y, a la vez, las trasciende; cruza en dirección a algo más grande, a una belleza, bondad y hasta existencia total, eterna y objetiva.

Parece fácil decir esto; pero no lo es tanto si las cosas mismas de este mundo incluyen el desmoronamiento del tiempo, la vejez, la enfermedad, el dolor, la fragilidad, la soledad. Es entonces cuando el estado mismo de gracia lo es o, contrariamente, la realidad no se nos antoja más que estado de desgracia, condena o sinsentido. En este resquicio despunta el asombro. Este libro le ha conquistado a mucha noche oscura una claridad más fuerte para que permanezca en los poemas y, sobre todo, llegue a nosotros.

Los versos nos hablan de entrega, de gratitud; ajetreo diario, astros y gusanos; de sacramentos, de la pobreza; de pedigüeños, de las virtudes ajenas, de misericordia, de la cercanía; de la ignominia, toda vez que, en estado de gracia, todo tiene su lado misterioso, acorde, fértil.

Dice más de lo que dice mediante el pudor de no decirlo todo. Por ejemplo, que en el momento peor, justo cuando pensamos estar de más en el mundo, se levanta el velo y aparece la belleza donde no parecía. La fidelidad a lo difícil tiene una recompensa no cuantificable.

Menos idealista, pero sin realismo plano ni tampoco mágico, sí quizá transignificado, incluso hasta transustanciado, el poemario da el paso hacia la aceptación del tiempo y de la materialidad -no solo la materia, sino la materialidad- con que comparecen los hechos. Sin ellos nos sería opaco el prodigio, el valor que se esconde en lo aleatorio: el amor.

La finitud es una condición de revelación de lo infinito. Podría haber sido otra, pero esa otra habría sido igualmente necesaria y eso la incardina en algo más grande. Por ello el dolor ya no es solo un consabido lugar de perdición, sino un inaudito y escandaloso lugar de redención.

El dolor da bocados. Carmelo Guillén Acosta da rienda suelta a la sinceridad -la verdad literaria no es ni confesionalismo ni autobiografía- más allá de pertinencias estetizantes. Carmelo no oculta, no sus asideros, sino las raíces que lo sustentan; las cuales son la cruz de signo resucitado y el misterio del crucificado. Con la particularidad de que no es este un libro que fácilmente pueda ser un bestseller en librerías religiosas, donde la editoriales especializadas en poesía no son muy reclamadas y donde suele proliferar cierta versificación piadosamente nacarada. Tampoco, desgraciadamente, será un libro especialmente celebrado por los círculos poéticos más populares, en los que una sincera profesión de fe del Dios Cristiano es puesta en cuarentena por aquello de lo políticamente aceptable.

Es esta singularidad contracorriente la que, por tanto, da fuste y promete un futuro sólido al libro que reseñamos. Hacia el final -lo veníamos presintiendo, porque de hecho está en el origen mismo del libro- el poeta se abre completamente a los otros. En ellos descubre lo mejor de su existencia. Los canta, los agradece. Vuelca y abre a ellos su mano.

La verdadera mística cristiana -sí: a veces hay que distinguir lo verdadero de lo que no lo es- tiene su prueba del nueve ahí precisamente. Cuando de verdad se está en trato con Dios, nuestra apertura al otro es más radical, incondicional. Una espiritualidad que, por el contrario, se aleja de la realidad, del mazazo de la encarnación, del rostro concreto del otro concreto, es una mística sospechosa de alguna de las tentaciones de enajenación a las que está el alma nuestra expuesta a cada instante.

Dicha desembocadura en los otros tiene epílogo en el libro. Se trata de explicitar el papel de las palabras como vínculo con los demás, como posibilidad de redención que se comparte, de creación, de amistad. ¿Cómo entregar lo que somos si las palabras no abren la puerta? Por ello el libro es también metapoético.

Prueba no alambicada de la excelencia de un libro es el deseo irreflexivo de que muchos lo conozcan, lo lean, se sumerjan en su influjo. Esto es lo que se siente al cruzar estas páginas.

"En estado de gracia" es sencilla y sinceramente un regalo del cielo. Sin afán de exageración ni de moderación, decir que se nos da a saber que el libro está tocado de Dios porque está tocado de humanidad profunda; ebria y cuerda a la vez.

 

 

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