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Blog El atril

Fray Antonio Praena Segura, OP

de Fray Antonio Praena Segura, OP
Sobre el autor


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8
Oct
2015
Delirium tremens
1 comentarios

(…) te quiero hablar de cosas que amanecen / al borde de la huida:/ naranjas, barbitúricos,/ extintores de incendios/ o pájaros que ceden a la profanación./ Morir es lo de menos/ si tienes un testigo que te salve/ de tu delirium tremens.


Así se nos presenta en la solapa esta recién aparecida antología personal de Katy Parra. Se trata del primer volumen de una colección que, con total desinterés económico, con valentía y, en cierto modo, contra modas y corrientes, han lanzado la editorial Raspabook y la Colección Malanoche. Tapa dura, papel joya e ilustraciones. Ya se sabe: en tiempos de crisis, echemos la casa por la ventana. El resultado es, por tanto, un lujo literario y táctil.


Como se apunta desde el título y subraya el prólogo de Pilar Verdú, desde los primeros libros de Katy hay locura, psiquiatras y esquizofrenias. Delirios, borracheras de amor y desengaño. Pero, y aquí lo significativo, expresados con tal claridad, distancia e ironía que, lo que en manos de otro vate resultaría patético, en los versos de Katy es demente lucidez y precisión del caos.


Porque eso es lo que no podemos perder de vista. Estamos ante unos versos de corte impoluto y unas estructuras de patronaje impecable, resultado de un don infrecuente y de un trabajo concienzudo que premeditadamente se hace pasar por naturalidad. Katy se ha formado a sí misma fuera de los círculos académicos. Y, sin embargo, como completa desconocida, algunos de los libros cuyos poemas se espigan en esta antología se alzaron, contra pronóstico, con alguno de los premios más prestigiosos de habla hispana. Esa sí es justicia poética.


Desde su primer libro, “Síntomas de olvido”, hasta los inéditos más recientes, pasando por “Coma idílico” (Hiperión) y “Por si los pájaros” (Visor), esta antología debería servir para redescubrir y poner en su justo valor la trayectoria de Parra. Acierta Raquel Lanseros al señalar en los preliminares que los versos de Katy están cargados de hondos hallazgos que desgrana sin esfuerzo, desplegando un universo moral que siempre se posiciona de parte de la libertad.


Con una elegancia desprovista de imposturas, Katy Parra transita por los entresijos del alma sosteniendo la dignidad tanto en los oscuros abismos como ante sus cumbres doradas; soslayando palabras como susurro, siempre, soledad, sueño, ternura o sentimiento y dignificando otras como abrelatas, horquillas, contramuslo o crecepelo. Mostrando el milagro escondido en las cosas cotidianas. Haciendo soportable la amarga realidad.


Sólo resta rogarle a Catalina Parra Carrillo que comience un día a escribir su biografía. Sería la explicitación y el reverso que se intuye en su poesía. Así como la forma de conducir a la carcajada los amargos insomnios compartidos.

 

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2
Oct
2015
Pudor cultural
3 comentarios

No voy a tratar de las clases de religión, porque lo que me pidieron para este blog es hablar de cultura. Tampoco del ex ministro Wert. Pena que en este país cultura y educación anden atrapadas en las redes de la política, cuando es urgente un pacto de estado.


Pero, claro, hay palabras tan despectivas, que dan patadas a la inteligencia de quien, cualesquiera sean sus creencias, tenga un mínimo de pudor cultural.


La cosa viene porque una famosa novelista se despacha así en un artículo: “nuestras criaturas malgastan su tiempo y atontan sus entendederas estudiando Religión en las aulas de las escuelas públicas y en las concertadas, que pertenecen casi todas a curas y monjas. Coño, puestos a contarles cuentos, cuánto más instructivos serían los de Perrault o los de Hans Christian”. Y añade que “nuestra infancia involuciona memorizando temas fundamentales en su adiestramiento para la vida, tales como la virginidad de la santísima trini y el vinagre de la lanza del profeta.”


No sé qué lanza tenía el profeta ni a qué “trini” se refiere Maruja Torres. Pero, sin quitarle mérito a sus novelas, creo que está muy feo burlarse así de materias que se debaten y enseñan en universidades desde la Edad Media, universidades que fueron germen de las actuales universidades civiles.


Como debatía al respecto con una amiga, para especializarse en muchas de estas materias se requiere saber griego, latín, lógica, metafísica, derecho, historia, y tantas otras disciplinas de las que antes eran humanidades y, mucho antes, artes. En países tan incultos como Francia, Alemania o Suiza, el estado las considera tan beneficiosas para su riqueza cultural que las sostiene junto a otras facultades tan necesarias como las de Odontología o BB.AA. Para ingresar, por ejemplo –le decía yo-, en la Escuela Bíblica y Arqueológica de Jerusalén, orgullo de altos estudios para la laica Francia que la sostiene económicamente, hay que saber latín griego, arameo, francés e inglés (el alemán no estorba tampoco), paleología…


Es hoy reconocido –para alguien que esté un poco actualizado- que, por poner un ejemplo, conceptos como el de “persona” -clave en el mundo occidental y sus derechos- se fueron aquilatando, enriqueciendo y dignificando en los seculares debates teológicos para profundizar el axioma de las tres personas de lo que la señora Torres llama “trini”.


El mejor servicio que una sana teología ha hecho y ha de seguir haciendo al cristianismo, a fin de alejarlo del fundamentalismo y la radicalización, es servir a su pensamiento críticamente, con profundidad y valentía. Pero las facultades de teología no son Charlie Hebdo.


Esto no es una arremetida. Estas cosas me perjudican. Mis compañeros del gremio son agnósticos o ateos. Pero, con los que son amigos, puedo dialogar sobre el sentido de las cosas teológicas; su interés y réplica son un don divino. Un poeta que es fraile ya tiene algunos literarios techos de cristal cerrados sobre su cabeza. Lo siento como un don: me expreso con la impagable libertad de no tener nada que ganar ni que perder.

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18
Ago
2015
Gratitud
3 comentarios

Es lo que tiene el tiempo; que, sea lo que quiera que sea, nos enfrenta a nuestra limitación. Hasta aquí ha llegado una etapa de mi vida. De lo que haya de venir después, si algún proyecto nuevo ha de venir, de momento no hay más que intenciones y muchas ganas.


Toca ahora descansar unos días y aguardar el curso nuevo. Pero bueno, lo primero es lo primero. Siempre la primera y la última palabra han de ser de gratitud. Gracias por estar cerca en todo lo bueno que me ha sucedido en estos meses que se cierran, por la felicidad sincera de quienes me habéis apoyado con vuestra cercanía y vuestra confianza.

Gracias a la palabra dada al otro culminamos caminos a lo largo de los cuales hemos estado a punto de tirar la toalla. Es por ello que a la fe y a la esperanza de los otros le debemos lo mejor. Aunque sólo nos demos cuenta al cerrar capítulos con un final feliz.


Así es que, resumiendo, no me quería marchar sin daros las gracias por los mensajes de felicitación recibidos. Mi tesis llegó a su fin de la mejor manera no sólo por su resultado, sino porque llegó a convertirse en una alegría compartida. No sé si aún quedan mensajes en mi correo que no he respondido. Desde luego que a los de Facebook no he podido llegar. Pero mi felicidad y la celebración conjunta han sido evidentes. La generosidad y la grandeza de alma de los amigos se hacen visibles en su capacidad para celebrar con nosotros lo bueno y lo bello que nos sucede.


Por todo ello no quería cerrar este curso académico sin dar cuenta de aquello a lo que no he podido llegar. En torno a mi mesa quedan libros recibidos. También en mi email. Quería leerlos, responder su recibo, reseñar algunos. Pero soy limitado. Julio no me lo ha puesto tampoco fácil. Prometo hacerlo en septiembre. Porque de lo que insensatamente había planificado para agosto descubro que sólo una cosa es importante: estar con los míos, descansar de verdad, respirar por dentro, zambullirme en la belleza de la vida en compañía de mis pequeñines y sólo algún amigo de los que nunca sin, amén de algún compromiso con mi tierra. Preparo en este instante el pregón para las fiestas de mi pueblo con la ilusión de quien sabe ha de devolver a sus raíces humildes lo poco que tiene.


Feliz descanso. Hasta muy pronto con reseñas, comentarios de libros y todo de lo que sea capaz.

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22
Jul
2015
Las ramas del azar
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Fiel a su cita con la historia de la poesía en español, el Premio Adonáis sigue descubriéndonos voces que dejan de ser una joven promesa para incorporarse con excelente calidad al panorama poético de nuestra lengua.

Con “Las ramas del azar”, de Constantino Molina, ganador de su última edición, el Adonáis vuelve a cumplir con la misión de acercarnos una voz que tiene algo que decir, que lo dice muy bien y que ya es dueño de un universo, un tono y una mirada personales.

Quizás es esto lo que hace grande al Premio Adonáis y quizás ahí radica el hecho de que muchos poetas que hoy ocupan un lugar realmente interesante en la poesía española han pasado por él.

Sin partes ni divisiones, “Las ramas del azar” es un plano secuencia sostenido a pulso. Una larga mirada que incorpora campo y ciudad, interior y lejanía, naturaleza y razón, contemplación y reflexión. Una de sus mayores virtudes quizá sea esa, entrar de lleno a todo. O, mejor, dejar que todo entre de lleno sin presupuestos previos. Dejar hacer a la poesía misma. La difícil docilidad. Y no enfretarse a la tentación posmoderna ni con reacción ni por decisión, sino con asimilación, es decir, dando un paso más allá de la trivialidad precisamente porque la conoce y se atreve a mirarla desde un fundamento estético. En reconciliación y mansedumbre con las cosas que damos en llamar banalidades, ir más allá de ellas.

No forman generación, pero es lo que intuyo entre las nuevas voces que verdaderamente me parecen poéticas en la actualidad: un contenido, con fondo y con figura. Sin abalorios la figura; sin falsos misticismos ni rarezas esotéricas el fondo.

Y, sin duda, este libro de Constantino Molina es un buen ejemplo de ello. Con conciencia de la vocación del dolor, yendo a las cosas que importan, integrando la muerte y el paso del tiempo en su horizonte verdadero, el de la belleza, “Las ramas del azar” nos reconcilia con la tradición porque su autor la trata con justicia: nada sin ella, desde ella hacia lo diferente.

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15
Jul
2015
Urgencia de ser monja
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Me gustan estas lecturas a contracorriente. Políticamente incorrectas desde diversas perspectivas. Al fin y al cabo, ese voto que no existe pero que forma parte de la obediencia, la castidad y la pobreza, el voto de simplicidad, parece liberarnos de muchas tonterías. Y lo más interesante es que repare en ello alguien ajeno a esta forma de vida.

¿Era Sócrates o era San Agustín quien decía que le gustaba ir al mercado para darse cuenta de cuántas cosas podía prescindir? Nuestras manifestaciones críticas hacia el mercado, el capitalismo consumista, la banalización de los medios culturales e informativos se sostienen en ocasiones sobre principios éticos cuyas correlaciones estéticas no siempre estaríamos dispuestos a aceptar. Esta afirmación es indudablemente discutible. Pero me recuerda a un amigo que me dice envidiar los votos religiosos porque ve en ellos una rebeldía auténtica, radical y con causa. Formas de verlo desde un ángulo tan extraradial como necesario. Los amigos a veces no ven qué incoherentemente lejos está uno de aquello que significamos para ellos. Esto no deja de ser una llamada de atención a nuestras exasperantes contradicciones.


A lo que iba. Uno de esos poemas de facilidad aparente. Bien despeinado después de una construcción planificada. Acierto en la combinación de versos cortos y largos, como las cosas que no sabemos que pensamos y se encabalgan e irrumpen en las cosas que pensamos. Un estilo naif para disimular su carga de profundidad. Un delicioso regalo de Mercedes Cebrián.

URGENCIA DE SER MONJA

Urgencia de ser monja.
Repentina necesidad de ir a la papelería del barrio,
Allí tendría una cuenta abierta a nombre
del colegio Nuestra Señora de la Luz.
Allí encargaría cartulinas, rotuladores
y pegamento en barra para los murales de los niños.
Murales para celebrar el Adviento.
Murales con motivo de la Cuaresma.
Murales con fotos sonrientes de niños de otras razas
(Lemas posibles de los murales: “Jesús llega: prepara su visita”;
“Cuaresma, tiempo de reflexión”; “Compartir es vivir”; “Ellos te necesitan”).


Razas obtenidas en revistas atrasadas.
Razas recortadas con tijeras punta roma.


Compulsión de tratar con respeto y pudor al dueño de la papelería,
toca atusada sujeta al pelo ya un poco color pescado
con dos horquillas de metal negro ,
gafas grandes de montura metálica, con cristales
sin antirreflejante ni reducción de miopía de ningún tipo.


Él también vende prensa. Mientras me atiende, me entretengo
mirando la prensa. Nunca
compraré una revista Elle o Marie Claire. Nunca
tendré “tu primera cita, cómo seducirle”. Nunca
buscaré “sus zonas erógenas: mapa detallado”.


Pago. El dinero es mío y no lo es. Es de la comunidad.
Tengo dinero y no lo tengo.
No me quedo con el cambio.
No me compro un perfilador de labios.
No me compro un bollo relleno de cabello de ángel.


Hasta luego, hermana, me dirá él al salir
(ni siquiera soy consciente de que el dueño
no se excita conmigo).


Tremendas ganas de volver al convento
a comer lo que me pongan.
Y todo esto siempre de azul marino
con zapatos de cordones y medias color carne
tupidas
como en una menopausia eterna.


Mercedes Cebrían

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5
Jul
2015
Naturalidad
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Durante uno de estos últimos viajes, he visto alguna película española de la década de los ochenta o noventa. Se escuchaba muy mal, y no precisamente por problemas técnicos, sino por una costumbre que se puso muy de moda en esa época: hablar con naturalidad, una supuesta naturalidad. Se trataba de dejar fluir la voz sin interpretar demasiado, que no pareciera académico. Era una forma de alejarse de la interpretación de otras décadas en las que los actores “diccionaban” como si estuvieran en una película. El giro estilístico respondía no sólo a criterios artísticos; era también reflejo de los cambios sociales que se vivían en España. El resultado de esa naturalidad nada natural es que hoy –y supongo que entonces- no se entiende lo que dicen los actores.


Y es que la naturalidad no puede confundirse con la simple acción espontanea. Tendemos a pensar que nuestra forma de manifestarnos es expresión directa de una forma de ser más pura; y no siempre es así, entre otras cosas, porque somos la sucesión de una serie de conductas aprendidas desde que nos hacen carantoñas en la cuna.


Que seamos aquello que hemos recibido y aprendido de los otros nada resta al hecho de ser nosotros mismos. Ser uno mismo significa ser en relación. La relación nos antecede y en ella encontramos nuestra propia identidad. Ser uno mismo implica aprender a serlo.


Y, por lo que al arte se refiere, claro que existe la naturalidad, pero la naturalidad es una conquista, como es una conquista la verdadera libertad; como supone un gran esfuerzo esa aparente facilidad que nos transmiten algunas obras de arte, algunos poemas. Para ir más allá del academicismo, del amaneramiento cultural, primero hay que conocer sus reglas y realizar un esfuerzo que ya no mira los gestos, brochazos o sentimentales palabras que brotan de nosotros sin más, sino que mira al otro, al lector, al espectador. La verdadera naturalidad es aquella que activa un acto de comunicación. Lo natural es hacerse entender.


Creer que es genial cualquier cosa que sale de nosotros, así, tal cual se nos ocurre, encierra una importante dosis de vanidad. Y el resultado es similar a esas películas de los noventa: no se escuchan, no se entienden.


La naturalidad es una conquista a la misma naturaleza. Los dones naturales encuentran su grandeza cuando, hechos humanos, son naturaleza y humanidad destinadas al encuentro con los otros.

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4
Jun
2015
Axis mundi
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Debe de ser cosa del paso del tiempo, pero la verdad es que, llegados a cierto punto -cuando se llega a cierto punto si se llega a cierto punto- comenzamos a hallar cada vez más plenitud en las cosas que no sirven para nada. Hay cosas que, aunque son muy útiles y hasta humanamente rentables, tienen su valor precisamente en el hecho de no servir para nada.

Es el misterio de la contemplación y de la sabiduría. Es el misterio del sentido. Por más utilidad que otorguemos, por ejemplo, a la confianza, la esperanza, Dios, la belleza... su gloria consiste en ser; fuente de felicidad, de goce -lo que los medievales llamaban frui- sin más por qué.


Estas palabras cobran entera plenitud ante el libro que hoy presentamos: “Axis mundi”, de Pilar Verdú. Cada página suya es eje de un único eje que atraviesa el meollo de la existencia. Gozo y sentido de la vida configuran su fondo y su figura, su forma y su contenido, su masa y su luz.


Desde las iniciales invocaciones a la claridad y a la alegría (“Bórdanos, alegría,/ igual que a los mantones:/ un jardín de claveles/ sobre el fondo negrísimo”) hasta los textos metapoéticos del final (“Quiero escribir, pero me sale sangre”), los ejes de este mundo se yerguen con decisión y definición tanto por su ritmo seguro, ágil pero sin prisa, como por su depuración semántica y una imaginería sometida al rigor conceptual, a veces con tendencia al minimalismo. (“Si el lenguaje es la herida/ ¿será el silencio acaso cicatriz o gangrena?”).


Pero sin duda estamos ante un libro sapiencial, que decanta lo que vale la pena de lo que no lo vale desde una determinada altura de la vida y la literatura. No canta Pilar Verdú lo que se ha perdido sino lo que la vida nos regala, dando con ello un paso más allá de los recursos lastimeros que abundan en poesía. De lo que no vale la pena, mejor hacer elipsis: la vida es demasiado breve como para no aprender de lo que queda por vivir, y el destinatario de estos versos, un lector inteligente, lo suficientemente valioso como para intentar captar su atención con sentimentalismos recurrentes (“Liberar el poema te libera”).


El carácter sapiencial del libro, que lo acerca a una muy peculiar forma de poesía del conocimiento, queda perfectamente empastado con versos cercanos al aforismo (“He aprendido algo de las jacarandás:/ a medir la belleza para que no resbale”).


Un goce pleno de libro, un soplo de aire tan sutil como rotundamente impregnado de verdad, de visión, de profundidad. Si la gloria significa peso, este es un libro en estado de gracia. Poemas que sirven para vivir, siendo, como son, literatura de alta exigencia, sin afectación ni ganga. Una constatación de hasta qué punto los ejes (axis) que nos sostienen en el mundo y nos elevan en la vida son fe, amor, esperanza. Cosas que no sirven para nada, es decir: poesía.

“(…)
cúbrete de valor,
que te hará falta
para reconocerte en cada elipsis.
Porque en cada omisión reside un átomo
de cuanto te conforma como hombre.”

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26
May
2015
Acorde
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Asunción Escribano
Acorde
X Premio Fray Luis de León
Visor, 2015


Viniendo de alguien que dedica su actividad profesional a la apasionante relación entre el periodismo y la literatura, que en su tarea universitaria sostiene el puente que va del lenguaje más exigente a las siempre cambiantes novedades que el periodismo y las nuevas redes de información exigen, este libro, “Acorde”, supone un verdadero testimonio de raigambre poética y de fe en la palabra como casa del ser y de la vida.

Asunción Escribano ya nos había regalado verdaderos testamentos en los que humanismo, naturaleza y metafísica convivían armoniosamente en una sola persona literaria. Pero en el presente poemario esas dimensiones están más acordadas que nunca, más vibrantemente armonizadas mediante un decir suelto, agraciado y desasido que nos revela a una poeta en cuya madurez la libertad y la exigencia se potencian mutuamente.

“Acorde” es una inmersión en el paisaje y sus estaciones desde un yo que tiende a la disolución. Hay en él una ebriedad sostenida, una desmesura de viento y de fuego que engarza a Escribano con la mejor tradición castellana de Claudio Rodríguez. Y aunque explícitamente aparecen Gamoneda, Sánchez Rosillo y Vicente Valero, está también Antonio Colinas, cuya mansedumbre es invocada a la vez que empapa los versos más luminosos. Por lo que al ritmo se refiere, todo se acuerda a una respiración real, encarnada, que nos retrotrae a la teoría de Valente según la cual acentos y ritmo son en el poema un eco de la misma respiración humana.

Si es misión de la belleza dar unidad al mundo, del que nosotros somos lenguaje, “Acorde” nos eleva a un horizonte de claridad incandescente en el que todas las cosas vibran unidas. También las sombras, las tormentas, las llagas, fiebres y cicatrices encuentran su lugar en una especie de sacramento cósmico oficiado por los pájaros. Pues al final, y muy especialmente en el extraordinario poema XXX, un jubilo sostiene fúlgido cuanto en la vida ha llegado a ser poema y cuanto en este poemario nos llega como vida intensa y verdadera.

Acorde es clásico y es moderno. Es exigente consigo mismo y misericordioso con el lector. Los destellos de lenguaje religioso acentúan la plenitud inmanente de las cosas y, a la inversa, la inmersión poética en la inmanencia del mundo y sus naturalezas nos sumerge en una atmósfera y una mística transreligiosa.

Tan solo un par de versos suyos ya lo dicen todo: “La cantidad de amor inmenso / que puede contener algo pequeño.”


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19
May
2015
De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall
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También para estas cosas sirve Facebook, para estar de pronto conversando con alguien que, de puro mito, pensabas que no existía.


Pongo en antecedentes. Cuando alguien joven me pide consejo respecto a su poesía o me pregunta si tengo algún problema en leer sus inéditos y darle mi opinión, suelo hacer dos cosas.


La primera, decirle que yo no entiendo de esto, que no provengo del mundo literario, que me dedico a otra cosa. Que mi opinión será sincera, pero que no me haga mucho caso.


La segunda, si la cosa sigue adelante, es recomendarle, si no lo conoce, un libro que para mí fue decisivo no tanto por su influencia como por las reacciones creativas que es capaz de despertar. Se trata del poemario “De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall”, de Blanca Andreu.


Este libro es uno de esos casos que, como “Don de la ebriedad”, de Claudio Rodríguez, forma parte de la historia del premio Adonáis. En un particular estilo surrealista, su fuerza radica en que, tras leerlo, no escribimos de la misma manera. Se desata en el poeta una forma diferente de asociar realidades, de concebir imágenes, de adjetivar las cosas. Sus poemas nos ayudan a romper la lógica de las estructuras hechas, de las obviedades heredadas con las que nos expresamos normalmente y que, al entrar en contacto con un lenguaje y una imaginería inesperada, quedan desenmascaradas y nos parecen insuficientes en comparación con un nuevo mundo y un nuevo lenguaje por explorar.

Se trata de pura poesía (que no de poesía pura). “De una niña de provincias…” me recuerda a esos ejercicios absurdos, exagerados y desconcertantes que realizamos cuando estamos preparando, por ejemplo, una obra de teatro. Dejas de llevar las riendas, dejas fluir sensaciones escondidas en ti, te expones a lo irracional e irreal, desatas el lenguaje, pero, tras esta experiencia, aun cuando estés trabajando en una obra clásica, ya no eres el mismo: han aparecido nuevos recursos, nuevos registros, nuevos movimientos y tonos que ni siquiera sospechabas que pudieran estar en ti. Es una forma de llevarnos a los límites del lenguaje para, al volver a los reductos del lenguaje, no ser los mismos.


Por más que señalemos los inconvenientes de las redes sociales –nuestras soledades y nuestras vanidades expuestas al ridículo, cuando no al mero vacío-, al final uno se queda con las oportunidades que nos brindan si, de pronto, estás conversando en ellas con una poeta que, de tan mítica para ti, pensabas que vivía en otro mundo. Y para colmo te dice, sin que tú saques el tema, que “hoy en día los que creemos en Dios es como si fuéramos tontos o estuviéramos locos. Y es posible que seamos tontos o estemos locos, pero ello no obsta para que Dios exista”, para terminar con la cita de Pasteur: "un poco de ciencia aleja de Dios. Mucha ciencia lo acerca."


Blanca Andreu me ha dado permiso para citar esta conversación. Y, como la primera vez que la leí, supone un soplo de libertad y de diferencia para tratar con el mundo y el lenguaje.

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12
May
2015
Sus ojos en mí
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“Sus ojos en mí”
Fernando Delgado. Planeta 2015

Hubo un tiempo en que la amistad humana era cultivada como un precioso tesoro por aquellos que más fuertemente sentían la voz de Dios en sus vidas. Los griegos tenían, para referirse a las distintas formas de amor, palabras diferentes. La “filía”, que partiendo de su raíz filológica de “amor de hermanos” lo asume y lo profundiza, era el término que designaba el amor de amistad. Tan sólo el amor de “agapé”, el amor divino, absolutamente gratuito, inconmensurable e inefable, estaba por encima. Pero no se puede llegar al amor de Dios saltándose el amor de amistad. El amor que nos narra “Sus ojos en mí” es el de aquellos que, llamándose entre sí “hermanos” (es lo que significa la palabra “fraile”), no otra cosa quisieron vivir que el amor de amistad, con todos sus riesgos, como el sacramento de Dios más profundamente grabado en las entrañas humanas y el camino de perfección más apasionante. (...)


He querido recordar esto porque, cuando Fernando me invitó a compartir esta presentación, me manifestó que no esperaba de mí tanto la mirada literaria o feminista de Carmen, como, precisamente, la del fraile amigo, haciendo de ello casi una apuesta contracultural. Y es por eso que recomiendo esta novela, pues, en el fondo, empapando todas las páginas, incluso las más escabrosas, una certeza atraviesa la trama: si Dios es amor, no puede haber camino que se llame de Dios si no es camino en el amor. Y más aún: mentira es al amor que mira al cielo sin amar a los hombres y mujeres de la tierra, que son seres de carne, entendimiento y corazón donde debilidades y gloria conviven juntas.


No hay en “Sus ojos en mí” una historia muerta que luego alguien relata, sino que la novela se va escribiendo a sí misma en el mismo proceso en el que sus narradores intentan construir la novela. Es algo así como la vida de una amistad o de un amor que nunca está previamente escrita y que, por tanto, vamos decantando nosotros. Hay cosas que no pueden ensayarse.


“Sus ojos en mí” es, por ello, bastante más que una novela histórica. No parte de los datos para reconstruir, pasando por la imaginación del autor, los hechos, sino que, realizando un gran ejercicio de voz y de estructura, nos inserta en la historia con la voz más cercana a sus protagonistas, entre los cuales se encuentran los mismos narradores de la novela en los años 70. De esta forma Fernando nos hace ver que la literatura tiene que ver con la vida, pues, si lo narrado alguna vez estuvo vivo, de alguna forma lo ha de estar en cualquier tiempo. ¿Acaso no es esa una misión de la literatura? Me explico: la historia de amor entre Teresa de Jesús y el Padre Gracián, cuatro siglos y medio más tarde, es la misma historia de tantos de nosotros; del narrador y los lectores. Y, de entre las muchas cosas que en ella vamos a vivir, quizá sea la más importante el hecho de que habla a nuestra vida, nos hace entrar en solidaridad con sus personajes, con los hombres y mujeres de nuestro tiempo y con lo más profundo de nosotros mismos. (…)


Conviene en este punto recordar -y yo escuchaba en la novela de Fernando continuamente esta voz- las palabras de Jesús de Nazaret cuando dice que si tu ojo está limpio, todo en ti está limpio. La teología medieval versiona este versículo diciendo “ubi amor, ibi oculus”, dando a entender que la mirada es la luz que alumbra todo nuestro ser. De ese modo, si la mirada es amor, amor lo será todo en nosotros. Pero cuando la mirada está sucia, es decir, no es mirada de amor, todo se ve sucio. De ahí las difamaciones e infamias en torno a la cercanía y el amor de Teresa y Gracián en boca de tantos a lo largo de sus vidas y aun después de ellas. La mediocridad siempre encuentra formas de degradación en aquello que no puede admirar y, sin embargo, secretamente anhela. (...)

Extracto de la presentación

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