Antonio Praena Segura es dominico. Nació en 1973 en Purullena, Granada. Actualmente, como una dimensión más de su predicación, se dedica a la enseñanza e investigación teológicas en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Allí ha impartido también algún seminario sobre fe y cine contemporáneo.
Ha sido seleccionado en alguna antología poética, la última, 12 voces al sur (existe una versión digital). Ha recibido alguna distinción por su poesía, como el Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara por su obra Humo verde. Ha sido varias veces finalista de premios como el Adonais y el de la Academia Castellana de la Poesía.
En el 2006, su poesía Poemas para mi hermana ha sido reconocida con un Áccesit del premio Adonais. En la actualidad, prepara un nuevo libro.
martes, 26 de junio de 2007
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El calor ha llegado a Granada justo con el verano. Hemos sobrevivido a otra primavera.
Y no es poética, de verdad que la primavera -nos ahorraremos las citas- no es la estación preferida por los poetas. ¿Recuerdan aquello de abril, el mes más cruel...? Es una confabulación de vida cuando el cuerpo no puede resurgir.
De un lado, la naturaleza, independiente, tirana, desconociendo a la razón y al espíritu, puja y puja por todos sitios cíclica e irremediable. De otro lado, la pereza de renacer. Y el riesgo: de vuelta a casa hallo un pequeño pajarillo derrumbado sobre el asfalto. Las alas abiertas muertas y desplomadas. La falta de plumaje deja ver que no han podido resistir el primer vuelo. La naturaleza desconoce a sus criaturas y la muerte se muestra como la contrapartida cruel de la pujanza de la vida y sus primaveras. Pensemos que la triste estampa no es la del pájaro-niño muerto sobre el asfalto, sino la de la banalidad de su muerte: ¿para quién han sido sus cortos días? ¿Para que nació y saltó de su nido? Su muerte sin morirse. ¿Cuántos paseantes habrán pasado por su lado sin verlo? Lo miro mirándome.
La naturaleza es ciega. Sólo Dios no es ciego. Sus tristes segundos de vida sólo tienen sentido porque han sido tres inexplicables segundos de gloria de Dios. Tres segundos de gloria de Dios justifican el tiempo entero del universo. Y, si, además, alguien se da cuenta de ello, piensa en ello, la espesura de este descubrimiento bien compensa sobrevivir otra primavera.