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Jun2013El gran Gatsby
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Jun
Tras algunos meses sin pisar un cine, he ido a ver la versión de Baz Luhrmann basada en “El gran Gatsby” de Scott Fitzgerald. Ni el director ni el protagonista me atraían mucho, pero tenía curiosidad por ver cómo era llevaba al cine la novela por parte de un realizador de conocida vocación espectacular y popular.
Y bueno, se suponía: saturación –esa es la palabra- de elementos visuales y efectos demasiado evidentes. La originalidad de conformar una banda sonora con canciones años 20 y golpes contemporáneos –house, jump-style, trance- proporciona momentos brillantes y el vestuario es espectacular. Pero esos logros no trabajan al servicio de una película como tal: es un amasijo.
Con todo, la película me ha recordado alguno de los temas que se encuentran en la novela. Por ejemplo, ese lugar en el que se siente el escritor ante la realidad: dentro de ella y a la vez fuera de ella. Es la experiencia de estar viviendo en medio de lo que ocurre pero, a le vez, fuera, desde un punto más o menos distanciado desde el que se observa y se narra.
Otro tema que me ha recordado es el del amor como motor de todo lo que hacemos, aun cuando no sea evidente, ni siquiera para nosotros mismos, que lo hacemos por amor. Un amor que algunas veces la persona amada no merece, algo de lo cual el último que se da cuenta es quien ama con una esperanza que nunca se rinde, ni ante la mayor de las evidencias.
Y, relacionado con ello, la esperanza que, pese a que pueda parecer lo contrario, es más fuerte que el convencimiento. Porque el convencimiento puede ser bastante descorazonador, ya que no todo lo que sabemos que ha de ser de una manera nos procura el consuelo y la dosis de vida suficiente como esperarlo. La esperanza se sustenta en la memoria y el deseo. El deseo de que vuelva a ser lo que una vez ya fue.
Me llama Katy. Su madre acaba de morir. Esta tarde no podrá recogerme en la estación de Murcia, pero ya lo ha arreglado todo para que alguien esté allí.
Extenuados, regresamos anoche de Salamanca. Han sido tres días de visita cultural y, por supuesto, lúdica con un grupo de colegiales mayores.
Signos de los tiempos: el nuevo papa es religioso, jesuita. El director de Vida Nueva comentaba hace un par de noches en una tertulia en Televisión Española que sería un buen signo que el nuevo Papa fuera un religioso. Así se ha cumplido.
Me suele suceder. Hechas las cosas, escritas las palabras, medidos como minutos los versos, llega el momento de las revisiones, de corregir y de pulir hasta la extenuación. Encontrar una palabra puede quitarme el sueño. Salvar ese tropiezo que interrumpe el curso hermoso de unos versos milagrosamente encadenados puede tenerme dando vueltas varias horas.
Lo había olvidado, pero el poema había estado ahí, en la cartera de su abuelo, desde que se lo dedicó con apenas ¿9, 10, 11 años? El abuelo había llevado siempre consigo esa hoja de libreta a dos rayas con el primer poema de su nieta que, sencillamente, celebraba una tarde en el campo mientras él regaba unos perales.
Me gustaría saber por qué, pero no. Por qué, precisamente en los tiempos que corren, vuelve el personal a escribir sobre el amor. Poetas que me importan y que no me suelen dejar indiferente vuelven con intensidad al amor. Y mira que si hay algo peligroso en poesía es escribir de amor, que está todo dicho, que es un terreno minado de cursilerías, lugares comunes, vacías hipérboles e imágenes ñoñas. Pero, aun así, sorteando estos escollos, hay quien se atreve a ello, como Manuel Vilas –no suele dejarme indiferente- que escribía esto en facebook: