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Sep2011Finales de agosto, principios de septiembre
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Sep
Algunas narraciones, especialmente algunos guiones cinematográficos, contienen finales intermedios. La historia que se narra parece terminar y, en un momento dado, parece que asistimos al desenlace de una trama o al punto en que algo se explica y cobra sentido. Es algo así como un punto de fuga que nos hace comprender aspectos que hasta ese momento resultaban misteriosos o permanecían como elementos inconexos. Pero no son más que falsos finales o finales requeridos en orden a intensificar el verdadero desenlace.
El avance de la trama, si está bien contada y el alto riesgo de seguir esa senda no va a dar en el fracaso, nos mostrará que hay "algo más" que integra ese falso final y esa comprensión que hasta el momento nos parecía –o no- medianamente convincente. Este elemento dará a la obra mayor profundidad, la redefinirá incluso en cuanto a género si es preciso.
En la vida ocurre algo así. Los finales suelen ser parciales, interinos, porque y mientras la vida continúa. Y, para colmo, nuestra historia es una historia imbricada en otras. Y, además, forma parte de una totalidad.
Pienso en ello mientras preparo un curso de escatología. Sin duda el momento de nuestro nacimiento es un punto de fuga necesario para comprendernos. Pero el punto final, el de nuestra muerte, no es más que un punto entre puntos suspensivos.
Me di cuenta recientemente de que en mi poesía está presente esta realidad al tener que explicar ante un grupo de oyentes porqué en mis libros el último poema suele titularse “prólogo”. El final es un principio que abre nuevamente el libro. El final relee el principio y abre nuevos sentidos. El principio, además, sólo es percibido como tal desde una cierta conciencia de final. Comenzamos cuando, quizá, hemos llegado al final de algo, a un final intermedio del que desconocemos todo hasta que consigue abrirse paso a través de la escritura o cualquier otra forma de comunicación.
Este video de Sigur Ros –la proximidad del otoño me pone muy Sigur Ros- me lo ha recordado. En cierto modo ha servido de final intermedio a una serie de pasos que estaban ahí también inconexos, raros, casuales… aunque no tanto.
Józef Baran ha explicado en qué consiste para él la diferencia entre lo intelectual y lo espiritual en el ámbito de lo poético expresando, a la vez, su fe en un principio ordenador del mundo. Ha clasificado a los poetas en dos tipos: los brujos y los magos. Según él, los primeros transforman el mundo en un cruel relato sobre el absurdo de la existencia y aterrorizan a sus lectores con casi cualquier cosa. Los segundos, en cambio, convierten el mundo en una totalidad llena de sentido y dejan un espacio a la esperanza creadora.
Hace un par de noches pusieron en la tele
Don José, un feligrés de todas las tardes con el que acostumbro a echar un rato de conversación en la puerta de la iglesia, es un magnífico conversador que la emprende por temas enjundiosos. Toda su vida ha guiado a ilustres visitantes por los monumentos de Granada: me cuenta anécdotas de Kissinger, de los reyes de Suecia... Domina a la perfección el inglés, el alemán, el francés y se atreve con el ruso… Aparte de las cosas de la vida, tiene la costumbre de traerme recortes de prensa que considera de mi interés. Y acierta. El último, una tercera de ABC firmada por Olegario González de Cardedal.
¡Hay que ver las cosas que uno encuentra por Internet! El otro día descubrí que