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Hace unas semanas se presentaba la publicación de las cartas de la Madre Teresa de Calcuta. Estoy deseando leer el volumen, titulado Ven, sé mi luz.
Al parecer, la Madre Teresa habla en ellas de la oscuridad con que vivió su fe. Nada extraño, en principio, si pensamos en la oscuridad esencial que acompaña a la fe y que tanta más oscuridad es cuanto más vamos creciendo en la fe. De lo contrario, no sería fe. No hay más que echar un vistazo a la vida de los grandes santos y místicos de siempre.
En este blog hablamos de belleza, de cultura y de arte en su relación con la fe. Casi nunca tocamos asuntos políticos, sociales o eclesiales de rabiosa actualidad. Pero me llamó la atención que en la noticia alguien llamara a la Madre Teresa la mujer más bella del mundo. ¡Qué importante es en tiempos en que tanto se olvida la belleza verdadera!
Y algo más: tanto más puro y gratuito es el amor cuanto menos a nosotros nos reporta beneficios. En un tiempo del sentir, del querer a Dios por lo que me da, por lo bien que me hace sentir, por lo que me tranquiliza, por lo mucho que me a mi me dice, me emociona, me llena, me me me a mi a mi a mi a mi... ¡qué lección la de esta mujer que amó a los últimos de los últimos sin más retribución personal, ni siquiera interior! ¡Que amó a Jesús hasta el extremo, sin ni siquiera sentir su consuelo interiormente!
No digo que no sea necesario sentir a Dios. Sólo describo que sucede a sus santos el no sentirlo... porque ¡está tan cerca, que hasta de mí me olvido! Y que no hay amor más bello que este tan extraño... quizá por su extrañeza impredecible.
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