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El atril
Blog de: Fray Antonio Praena Segura, OP Normas del Blog
El becerro de oro sábado, 20 de septiembre de 2008 | Hay 1 comentarios

Encuentro cada vez más verdadera esa expresión que acuñó Pablo VI y que tanto repitió Juan Pablo II para referirse a algunos aspectos de nuestra cultura como cultura de muerte.

 

Hay unas vetas, unos filones culturales, que se recrean en la muerte por la muerte como tema y como lenguaje artístico. Ya le dedicamos un post aquí al desengaño que el crítico Donald Kuspit sufrió con parte de los artistas a los que antes él mismo ayudo a encumbrar.

 

Ahora vuelve Damien Hirst con sus animales conservados en formol. Al menos esta vez se ha ahorrado diseccionarlos, lo cual, no nos engañemos, es una forma de hacer mas comerciales sus creaciones. Y así, mientras los mercados bursátiles caen uno tras otro, Damien Hirst, quizá el más conocido de los llamados jóvenes artistas británicos, va y gana 200 millones de euros en 24 horas subastando obras realizadas directamente para las salas de subastas, sin mediación alguna de las galerías de arte. Los detractores de Hirst siempre le han reprochado su excesivo amor al dinero: no sólo de escándalo vive el hombre.

 

No es ocasión de hacerle más caso del que merece este artista o taxidermista. Tampoco me escandaliza ver animales en formol, lo cual ni siquiera es novedoso como estética, ya que el colgar animales muertos y disecados como objetos de decoración o como trofeos es algo bastante viejo.

 

Sí que es escandaloso que se lleguen a pagar trece millones de euros por, por ejemplo, el becerro de oro, la obra estrella de la nueva colección. El nuevo becerro de oro de este mundo no es el arte. Es el dinero. El que sale perjudicado es el arte.

 

También es escandalosa la recreación en los aspectos más escabrosos y pudrientes de la muerte de otras de sus creaciones más antiguas. Pero bueno, a lo mejor su única genialidad consiste en ponernos delante de los ojos algo que es parte de nuestra propia realidad. Materializar en esculturas la parte de cultura de muerte que nos toque y no siempre vemos. Construir con oro el ídolo al que ya adoramos y, encima, volvérnoslo a vender en formol.



 
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