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Si no podemos ser éticos, seamos, al menos, estéticos. Parece que la frase es del Cardenal de Sevilla, Monseñor Amigo, y que, por el contexto, se refiere a la necesidad de la Iglesia de cuidar mejor la manera en que transmite su mensaje a la sociedad. No quiere decir que los cristianos estemos comportándonos contra toda ética, sino que, en el escenario mediático, parece difícil hacer ver que nuestro comportamiento -aun cuando no se reduce a una simple ética- es ético, legítimo, bueno.
Centrémonos en el aspecto estético. Y es que en un congreso celebrado en Roma se ha puesto de relieve que no todos los lenguajes utilizados por la Iglesia son percibidos bien por un mundo que no acepta monsergas, regañinas, amenazas catastrofistas, discursos desde la superioridad, etc... En ese mismo congreso se señala que algunos portavoces –o pretendidos portavoces de la Iglesia- no se han dado cuenta de ello.
La verdad se ofrece. No se impone. Por más verdad que sea, si el modo, la estética en que se me propone, no responde a la belleza, paz, salvación positiva, serenidad, ternura, amor y bondad que hay al fondo de esa verdad propuesta, el hombre de hoy cierra sus oídos.
Hay, es cierto, discursos anticlericales rancios, tópicos... a veces presentados con violencia verbal. Pero si el cristiano, en defensa de sus valores, utiliza ese mismo tono feo, resentido, amenazante... pierde la batalla. Antes que eso, mejor es guardar silencio, como Jesús hiciera mansamente ante Pilatos.
Benedicto XVI ha sabido hasta ahora presentar la fe desde la belleza y esplendor que hay al fondo de ella. Basta leer sus encíclicas. El cardenal Amigo goza de un respeto y estima, incluso entre quienes no comparten su fe, que responde a su talante sereno, abierto, positivo, no catastrofista. Pero no así todos los obispos españoles –como también alguien ha señalado en este congreso celebrado en la Universidad del Opus Dei-.
La estética de la palabra no es un añadido al mensaje, sino que nace del mismo. Un discurso verdaderamente empapado de evangelio rezuma paz y belleza por todas partes. Y eso es lo primero que percibe un oyente: ¡Cuánto más convence el predicador por su vida que por la sutileza de sus argumentaciones!
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