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Fray Antonio Praena Segura, OP
Antonio Praena Segura es dominico. Nació en 1973 en Purullena, Granada. Actualmente, como una dimensión más de su predicación, se dedica a la enseñanza e investigación teológicas en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Allí ha impartido también algún seminario sobre fe y cine contemporáneo.
Ha sido seleccionado en alguna antología poética, la última, 12 voces al sur (existe una versión digital). Ha recibido alguna distinción por su poesía, como el Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara por su obra Humo verde. Ha sido varias veces finalista de premios como el Adonais y el de la Academia Castellana de la Poesía.
En el 2006, su poesía Poemas para mi hermana ha sido reconocida con un Áccesit del premio Adonais. En la actualidad, prepara un nuevo libro.
sábado, 30 de enero de 2010
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Ha pasado estos días por Granada Francisco Cenamor, un amigo, poeta y actor, que ha presentado en esta ciudad su último libro, Casa de aire. La casa de aire es el hogar de una mujer que vive en la calle. Tras la presentación, charlamos largamente. Bueno: yo callo más que hablo, pues él sabe de poesía mucho más que yo. Me informa de algunas perlas que guardo para posteriores reflexiones.
-En esta ciudad hay un poeta en cada esquina. Le digo.
-Sí, es verdad. Bueno, la tradición de Granada es impresionante. Hay sitos especiales para ciertas cosas. Pero no te creas: hay un boom ahora de poesía por todos lados.
-Pues sí, la verdad. Parece que vuelve como si fuera una moda.
Obviamente las razones de esa vuelta son algo más que una moda. No vamos a analizarlas, pero sí quiero dejar aquí un testimonio de ello. Están apareciendo nuevas publicaciones y revistas dedicadas, fundamentalmente, a la poesía. Una de ellas acaba de subir a la red su tercer número. Se llama Ibi oculus. Colaboro en la edición y, en este número, aparece la entrevista que le hago a Miguel d´Ors. Bueno, en realidad, la entrevista era más compleja, pero no se podían responder todas mis preguntas, algunas, lo confieso, un poco impertinentes y que habrían obligado al entrevistado a adentrarse por caminos bastante espinosos; y este no era el momento. Pero han quedado bien la entrevista, la bibliografía y el perfil de su obra.
Espero que sigan proliferando revistas de esta calidad. Os animo encarecidamente a echarle un ojo a este número. Por ejemplo, el artículo Mundo clásico y mundo global, es, ¡uf!, una delicia. Pero hay muchas más.
ENTRAR EN IBI OCULUS
domingo, 24 de enero de 2010
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¡Hay que ver! ¿Cómo seguir aquí hablando de arte y estas cosas después del terremoto de Haití? Este no es un blog de teología, de reflexión, de pastoral... ¿Qué decir? ¿Cómo decirlo? ¿Mejor callar? ¿Es insultante dedicarse a estos temas mientras campan el desastre y la desolación? ¡No, callar por supuesto que no! El horror tendría en ese caso una victoria doble. Hay que rezar, actuar, cantar, llorar, comunicar, reconstruir, poner en pie, encender el alma, ayudar a recuperar la esperanza, despertar la solidaridad... ¡Tanto!
Por eso os doy noticia de la iniciativa solidaria que se va a llevar a cabo en Granada y que se llama Nosotros, por ellos: en la galería de arte Cartel (Calle Pedro Antonio de Alarcón 15) se inaugura mañana una exposición con obras de artistas granadinos. Éstos aportarán piezas de su arte y los escritores donarán una página -del género que sea- manuscrita y firmada. Y todo ello será subastado el próximo día 2 de febrero a las 20,30 en el Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago. Los fondos recaudados irán íntegramente a las víctimas del terremoto de Haiti a través de Cruz Roja.
Organiza ARS REMEDIA HUMANITAS (ARH). Colaboran: Galería Cartel Fine-Art Granada, Universidad de Granada, Cadena SER y Cruz Roja Granada.
El arte, por no servir para nada, nos abre al espacio de la más pura gratuidad. Pero además, como con esta iniciativa, sirve también para convocarnos y recaudar directamente fondos con los que ayudar.
Si andais por Granada, venid. Si no: ¡PASAD ESTA NOTICIA!
lunes, 18 de enero de 2010
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Es una comparación que cada vez me parece más sugerente: de entre las formas de arte que van últimamente cobrando más presencia, la del cortometraje me parece una que puede aportarnos claves para una buena predicación. Sí: si con alguna forma de arte guarda más similitudes un sermón, creo que puede ser con un corto.
Un buen corto tiene claves distintas a las de una película de duración normal. Ante todo, se trata de redondear una historia lo más brevemente posible haciendo el mejor uso de los recursos narrativos. ¿Qué nos puede aportar? Lo primero: la brevedad llena de mensaje (menos es más). La intensidad para no dejar de captar la atención en ningún momento. Una aparente simplicidad que esconde, en realidad, una compleja planificación. La concentración en unos pocos personajes pero bien dibujados. El recurso a los signos y los símbolos que implícitamente remiten a lo que necesitaría de muchas palabras para ser dicho explícitamente. Una actitud poética que ve y va más allá de lo obvio. Un sabio uso de la elipsis, del dejar de contar lo que el oyente puede adivinar y componer por sí mismo. Si se usan palabras, que éstas sean precisas, necesarias, pasadas por la inmensamente valiosa criba del silencio, la depuración, la ascesis… que son actitudes contemplativas. La emoción contenida. Un final abierto para el alma del oyente. La capacidad de suscitar y poner en reacción las capacidades del receptor en unos pocos minutos. Y muchas más cosas de las que las dichas son sólo un índice.
Nos envía Vicente Niño un corto. Nos dice que se expresa en él cómo el amor puede cambiar la vida, más aún: que sin amor la vida está vacía. Un corto sacramental, comenta. Claro que sí, porque los signos, los mensajes, son una presencia ya en nuestra vida de algo más pleno que, si bien aún no está totalmente realizado, con su sola acción ilumina ya nuestra existencia, tira de ella, busca la plenitud. Con el permiso y el agradecimiento a Vicente, ponemos el corto y nos disponemos a aprender de este arte para decir mejor la mejor de las historias que se puedan contar.
jueves, 14 de enero de 2010
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Sin noticias de Dios, tal como fue (más o menos). Desde que supe que se iba a rodar, tenía ganas de ver la película sobre la vida de Jaime Gil de Biedma. Ya está en pantalla y, aunque la mayoría de las críticas la ponen más bien mal, yo iré contracorriente y la pondré más bien bien –tiempo al tiempo-.
¿Y por qué hablar en este blog de una película en la que Dios ni se menciona? Pues porque no se puede comprender el último tercio de nuestro siglo poético sin la influencia de Gil de Biedma, poeta que escribió muy poco pero con muy largo alcance. Es cierto que la ultimísima poesía española parece amanecer por caminos muy distintos a la poesía de la experiencia, pero la poesía de la experiencia ha marcado tres décadas de nuestro panorama, en algunos casos con obras buenas, en otros, con infinidad de imitadora mediocridad y mucho más de lo mismo.
Hablar aquí de ello, sí, porque, quizá en el movimiento que la película refleja, como en ningún otro lugar en nuestra historia cultural reciente, la escisión entre fe y arte no es que haya sido un hecho a observar, sino algo sobre lo que no hay nada que decir, pues han transcurrido como dos magnitudes que se ignoran por completo.
Pero volvamos a la película. Está calificada para mayores de 13 años, pero debe de ser una broma, a no ser que la visión explicita de orgías, felaciones y otras cosas que no quiero detallar sea recomendable para mayores de 13 años. Pero eso sí: el sexo no es, como alguien ha dicho, ni el hilo conductor ni el reclamo de la película. Ocupa en ella el lugar que ocupó en la vida del poeta. No inspira morbo alguno y sí una visión directa del paso del tiempo, de la rebeldía, de la necesidad de vivir sin renunciar a nada, con sus contradicciones, sus conquistas y sus desolaciones.
No sé si le darán el Goya al mejor actor a Jordi Mollá, quien, contra todas las pre-críticas (algunas nada más saberse que él encarnaría al poeta), está realmente convincente; soberbio, me atrevo a decir –ya que voy contracorriente, iré con todas: camicace-. Como anticipo, está nominado entre actores que llegan a estos Goyas en su mejor papel -contra quienes no apostaban por él-. En todo caso, Mollá acierta porque elige no la imitación sino la recreación del personaje. Al fin y al cabo, Gil de Biedma lo que hizo fue crear su propio personaje y dejarlo ir. Magnífica la escena en que el protagonista, tras una noche loca, apaga su cigarrillo contra la imagen de sí mismo en el espejo del ascensor mientras se escucha en off el mítico Contra Jaime Gil de Biedma. ¿Y la escena en que llora por nada? Llena de poesía, aturdidora.
Es verdad que la cinta tiene sus caídas. Bimba Bosé está de pena. Tan mal, que el director tiene que hacer el trabajo que ella no hace y, en la escena de su muerte, dar todos los matices que ella no ha dado haciendo entrar una ola por la ventanilla de su coche: conmovedora metáfora, aun en la película que narra el nacimiento de una poética que prescinde, como una de sus características, de la metáfora.
Al menos saber que así fue –diga Juan Marsé lo que diga: que no fue así-. Y sin noticias de Dios. Al menos para acercarse a un tramo del recorrido histórico de nuestra literatura. Pues, sin conocer las palabras y los sin porqués de quienes fueron, difícilmente podremos entender el cómo y el porqué de nuestra actual cultura.
No apta para quienes se escandalizan de las cosas del cuerpo, que, por cierto, está hilemórficamente animado por un alma. Jesús no sólo se habría acercado, sino que hasta se habría dejado ver en compañía de estos… pecadores. No me lo invento.
domingo, 10 de enero de 2010
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Es lo que tiene trabajar con un ordenador prestado: tenía escrito este post y, por arte de algún toque incontrolado, se borró y he de acometerlo de nuevo. A ver si me acuerdo.
Vi la película con lágrimas en los ojos –tres horas de lágrimas son muchas horas-, pero no por la emoción o por la risa, sino por las dichosas gafas tridimensionales. Bueno, en ese aspecto, ha valido la pena el lagrimeo.
Avatar es una película técnicamente sorprendente. Y lo bueno es que no se queda en el mero alarde, sino que pone los recursos al servicio de la historia. Su gran mérito es conseguir unir la imagen real y su mundo con el mundo animado, hacer verdadero un universo que no existe y, con la ayuda de la tridimensionalidad, dejárnoslo habitar.
Por lo demás, nada nuevo. Una historia tan antigua como el hombre. La del guerrero que descubre que la causa a la que sirve es malvada y, poco a poco, acaba seducido por la belleza y las bondades de aquellos a quienes tenía que conquistar. Eso sí: con una carga antiimperialista y anticolonizadora necesaria en todo tiempo. Lástima esa tendencia al final fácil, feliz, predecible y comercial tan propia de James Cameron. Claro: no se podía poner en peligro la recaudación de la cinta más cara de la historia.
Me gustan los homenajes al cine que hace la película (¿dónde termina el homenaje intertextual y comienza el plagio?). Aquí están Blade Runner, Bailando con lobos, y, la que más me gusta, en la que la emoción sí que llegaba casi casi a oprimir, El nuevo mundo, de Terrence Malick.
La película está empapada de espiritualidad y mensaje ecológico. Pero –despertaré del sueño concordista- no nos engañemos: es pura New Age. La deidad no tiene rostro, no tiene palabras, no siente con los hombres y, además, ¡se puede mensurar científicamente! Difícilmente podrá transformar nuestros hábitos consumistas y egocéntricos ni llevarnos a una dimensión otra totalmente otra. Aunque algo es algo. Y a lo mejor ya es mucho.
Como es cansino escribir dos veces la misma cosa, ponemos punto final. Y a disfrutar del claustro nevado de mi convento, que eso sí que es una experiencia tridimensional.