Blog de:
Fray Antonio Praena Segura, OP
Antonio Praena Segura es dominico. Nació en 1973 en Purullena, Granada. Actualmente, como una dimensión más de su predicación, se dedica a la enseñanza e investigación teológicas en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Allí ha impartido también algún seminario sobre fe y cine contemporáneo.
Ha sido seleccionado en alguna antología poética, la última, 12 voces al sur (existe una versión digital). Ha recibido alguna distinción por su poesía, como el Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara por su obra Humo verde. Ha sido varias veces finalista de premios como el Adonais y el de la Academia Castellana de la Poesía.
En el 2006, su poesía Poemas para mi hermana ha sido reconocida con un Áccesit del premio Adonais. En la actualidad, prepara un nuevo libro.
miércoles, 27 de mayo de 2009
|
Hay 0 comentarios
Se acerca Pentecostés. El Espíritu Santo es, de las Divinas Personas, la que está rodeada de la simbólica más rica. Quizá por aquello de su estar en todo, siendo a la vez inaprensible.
Fuego, agua, calor, viento, pájaro, vino… Y una imagen más que recientemente he encontrado. Quien la utiliza no siempre la asocia al Espíritu Santo. Pero tampoco podemos decir que no se trate del Espíritu Santo. Es la palabra viriditas.
Se trata de una de las imágenes más importantes en los escritos de Hildegarda von Bingen. La viriditas, o el poder de enverdecer, es una palabra latina que ella inventó -(bueno, no, pero casi)- para expresar el poder fertilizante de la divinidad, que crea, alimenta, alienta, vitaliza, vigoriza... Viriditas es el florecimiento primaveral que anima la creación y que también despierta la fuerza vital en los seres humanos. Como explicó en un sermón en la catedral de Colonia, sin viriditas todo se torna yermo y marchito:
Él Quien lo ha creado todo mostró el testimonio de los testimonios en todas Sus obras, para que cada cosa creada se hiciera presente… Pues el sol es como la luz de Sus ojos, el viento como el escuchar de Sus oídos, el aire como Su fragancia, el rocío como Su gusto, emana viriditas como Su boca… Si las nubes no tuvieran fuego y agua, no habría vínculo firme, y si la tierra no tuviera humedad y viriditas, se derrumbaría como las cenizas…
En otros lugares, habla de la viriditas referida al dedo enverdecedor de Dios (O viriditas digiti Dei), lo cual ha suscitado en algún comentarista la idea de intentar un metafórico rotacismo fonético que cambie la d por l y hablemos de la virilitas de Dios. Entonces el Espíritu sería la virilidad de Dios, su poder viril vitalizador.
Sin embargo, este juego de palabras nos perdería de vista la vertiente femenina del Espíritu (Ruah, espíritu en hebreo, es una palabra femenina).
En todo caso, florezcamos con la viriditas Dei en este Pentecostés y con la música de Hildegarda, quien, además, era una excelente compositora.
martes, 19 de mayo de 2009
|
Hay 0 comentarios
Logró llevar la poesía al gran público. Cuando dejó a un lado el panfleto, consiguió que la denuncia de las injusticias fuera poesía –dejemos, de momento, que fuera más o menos, mejor o peor poesía-. En todo caso, su persona no fue distinta de su búsqueda de la justicia por los caminos de la belleza y la verdad. Ha muerto Mario Benedetti. Aquí queda un poema suyo.
AUSENCIA DE DIOS
Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.
Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.
Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.
Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.
Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.
domingo, 17 de mayo de 2009
|
Hay 4 comentarios
¿Por qué somos malos? Supongamos que nos alimentamos de sangre, que somos vampiros y esa es nuestra naturaleza sin otro remedio que el que alguien nos clave una estaca en el corazón o nos exponga a la luz del sol hasta que estallemos en fuego.
¿Quién puede entrar en la vida de un vampiro sediento? Supongamos que sólo quien no lo sabe, quien lo ve con inocencia, quien no le tiene miedo. Y, cuando sepa que es un ser que vive chupándole la sangre a la gente ¿quién querrá seguir siendo su amigo?, ¿quién lo dejará entrar en su vida? ¿Es la tendencia al mal realmente irremediable, irredimible?
Estas preguntas son sólo una forma de abordar la película Déjame entrar. Porque la película no se presta a la reflexión: no está hecha para ser pensada, sino sólo tragada. Pero eso sí: como se traga un dulce caramelo terrorífico. No sabes lo que te comes hasta que, dentro de ti, comienza a desleír un ácido tan frío que te deja los ojos congelados.
El trabajo del sueco Tomas Alfredson es una peli de vampiros, pero es una vuelta de tuerca al género y, por ende, nos lleva a algo más: la incomunicación, la amistad, el amor, la incomprensión, la maldad consentida frente a la maldad como enfermedad.
Y, cinematográficamente hablando, de un estilo heladamente inconfundible que hace ver que la capacidad de emocionar y horrorizar en una misma escena es cosa de la inteligencia y del saber narrar, y no de los trucos o los efectos especiales.
La crítica la ha aclamado ya como una de las mejores películas de terror en décadas. Pero en este blog, sin ponernos pedantes, digamos con Heidegger: sólo un Dios puede salvarnos.
martes, 12 de mayo de 2009
|
Hay 2 comentarios
El poeta y crítico José Luis García Martín dice que la mayoría de los escritotes aspira a hacer historia de la literatura, pero que los verdaderos escritores no paran hasta deshacerla.
Y eso mismo creo yo que se puede decir del arte en general. Lo traigo a colación porque puede aplicarse a la película que quiero recomendar, Vals con Bashir. Es una producción de nacionalidad múltiple: israelí, francesa y alemana, escrita y dirigida por Ari Folman.
Un antiguo soldado israelí -en cierto modo es el propio director- ha perdido de la memoria todo lo que ocurrió en el periodo de su vida en que participó en las misiones del ejército israelí en el Líbano a principios de los ochenta. Cuando esto llega a ser una obsesión, el protagonista se decide a reconstruir y recordar qué fue exactamente lo que él hizo, cual fue su papel y por qué esa parte de su vida se ha borrado en su recuerdo.
Son los otros, antiguos compañeros, periodistas, documentales, etc., los que irán haciendo renacer la memoria abolida.
La película está hecha en animación, con dibujos muy sencillos dentro de un estilo expresionista que da a todo el relato un carácter casi alucinado.
Pero, casi al final, la cinta hace una pirueta de estilo, de género, de registro –por eso he abierto diciendo que un verdadero creador no para hasta deshacer las rutas del arte- que nos deja atónitos. Ocurre entonces eso que tanto admiro y que consiste en la fusión de narración y realidad, arte y vida, historia y biografía. ¿Ante qué estamos? ¿Son dibujos animados? ¿Es documental? No se parece a nada y, sin embargo, aquí se acumulan muchas de las emociones contempladas en otras creaciones.
Y todo ello con sentido, porque la cinta nos mete por los ojos la devastación de la guerra y su dolor. Y porque, milagrosamente, esa devastación se convierte, por arte del arte, en un voto de confianza para con la condición humana y su capacidad de autocrítica.