Blog de:
Fray Antonio Praena Segura, OP
Antonio Praena Segura es dominico. Nació en 1973 en Purullena, Granada. Actualmente, como una dimensión más de su predicación, se dedica a la enseñanza e investigación teológicas en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Allí ha impartido también algún seminario sobre fe y cine contemporáneo.
Ha sido seleccionado en alguna antología poética, la última, 12 voces al sur (existe una versión digital). Ha recibido alguna distinción por su poesía, como el Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara por su obra Humo verde. Ha sido varias veces finalista de premios como el Adonais y el de la Academia Castellana de la Poesía.
En el 2006, su poesía Poemas para mi hermana ha sido reconocida con un Áccesit del premio Adonais. En la actualidad, prepara un nuevo libro.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
|
Hay 5 comentarios
Leo las palabras de Benedicto XVI a los artistas en el reciente encuentro que ha mantenido con ellos en la Capilla Sixtina. Varias cosas me perecen destacables.
En primer lugar, que al encuentro estuvieran invitados artistas de otras religiones y también agnósticos y ateos. Me parece un importante gesto para romper ghetos y para que estas palabras no sean dirigidas a los de siempre, a los de dentro, a los que ya creen. Y ello porque todavía algunos, pensando que así son más fieles a su fe, se extrañan y hasta escandalizan cuando realizamos tareas en colaboración con personas de distintas creencias, ateos o con quienes, simplemente, comparten la admiración y hasta la fe por Jesucristo pero, en algunos aspectos, encaminan sus vidas por sendas que no son del todo las marcadas por la Iglesia.
También me gusta el recuerdo que se hace de Juan Pablo II, al que llama artista, pues él mismo era poeta y fue actor de teatro. Y especialmente llaman mi atención las repetidas alusiones a Pablo VI y a sus las palabras, a las que se dedica más de un extenso párrafo. (Señalemos, en este punto, que en la Encíclica Caritas in veritate las citas de Pablo VI son más que abundantes; algún capítulo incluso no hace sino recordar y glosar al papa Montini).
Siguiendo a Pablo VI, me encanta la relación que Ratzinger entabla entre belleza y esperanza; su afirmación, comentando el fresco del Juicio Final, de que la historia de la humanidad es movimiento, tensión y ascensión hacia la felicidad que no cesa. E, igualmente, me gusta que señale que el Juicio Final es también una llamada profética al hombre para no dejarse seducir por el mal haciendo que la historia se precipite hacia lo peor.
Habla, con toda razón, de cómo la belleza golpea al hombre para abrirlo y sacarlo de sí hacia el otro y hacia el infinito. Y me parece genial que señale que belleza no es ni fuga irracional ni esteticismo, pues creo que muchos de quienes recelan del valor de la belleza en el fondo la confunden con el esteticismo. Quizá me gusta menos que meta en el mismo saco la transgresión cuando advierte que esta visión superficial de la belleza a veces no hace sino oscurecer al ser humano. Por el contexto se entiende que el papa toma por transgresión lo que es, burdamente, obsceno, prepotente, simplemente ostentoso, activador de la voluntad de poder y de la explotación del otro… Pero creo que la transgresión, en un sentido más estrictamente artístico, es necesaria si se entiende bien: ¿no fue el mismo Miguel Ángel transgresor en sus frescos de la Capilla Sixtina? Lo fue, y criticado por sus desnudos, los gestos de sus personajes… etc.
Transgredir, en sentido artístico, es una forma de ensanchar los márgenes de la expresión. Ir a la busca de nuevas experiencias para ofrecerlas a los demás. Sacar de sí, lo que suele conllevar un previo salir de sí. Puede a veces acertarse o no, pero sin riesgo nada se consigue. Y si, como señala el Papa, la fe no resta nada a la capacidad artística, tampoco ha de suponer una especie de miedo, sino, por el contrario, un acicate valiente para explorar tierras difíciles, lenguajes y expresiones distintas a los que, de otra forma, quizá nunca llegaría el Evangelio.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
|
Hay 5 comentarios
Andaba yo estos días pensando qué predicar a las hermanas dominicas en las celebraciones litúrgicas de Navidad. Buscaba no repetirme, ser original. Y, mira por dónde, la inspiración me llega precisamente de muy cerca, desde tan sólo unos metros de distancia de mi habitación, desde el escritorio de un hermano bueno y sabio con el que convivo todos los días, el P. Lobato.
Cada vez más me convenzo de ese axioma literario según el cual la originalidad es un mito. Nada tenemos, nada damos, que no hayamos recibido. Muy poco, tal vez nada, es original. Todo nos llega, incluso para sacar lo que tenemos dentro, desde otras vidas. Y, desde la de mi hermano, me ha llegado qué predicar.
El P. Lobato reflexiona sobre la Navidad como Misterio del amor. Él habla, a su vez, desde S. Agustín y Santo Tomás. Nos recuerda: entre todas las operaciones apetitivas, el primer puesto lo tiene el amor. Déjalo de lado y lo verás; sin el amor no tendrás gozo al conseguir algo que no amas; no sentirás tristeza, si te la causa algo o alguien a quien ya no amas. Si quitas el amor quedan borradas todas las operaciones del apetito, que en buena parte se reducen a la tristeza y al gozo.
Y es verdad. Para mí estos días son como un cuadro de Caravaggio o como una de esas funciones para retocar imágenes digitales: cuando acentúas la luz hasta lo máximo, quedan, a la vez, acentuadas las sombras con una intensidad mayor. La luz desbordante del Misterio de la encarnación me ilumina la vida, pero, al instante, me le acentúan sus sombras. Gozo máximo y percepción, a la vez, de sombras profundísimas en mí y en cuanto me rodea.
Pero, y ahí la belleza, siempre es el sentido de la luz el que explica el sentido de las sombras, las cuales nada serían sin la luz. Por eso -me inspiraba el texto del P. Lobato- entiendo que es que hasta es el amor la causa de la melancolía y de la sombra. Sólo quien no lo tiene no sufre, ya está muerto. Quien no lo tiene se hace insensible a los contrastes. Quita el amor si es que no quieres sentir. Pero ve entonces cosiendo tu mortaja. Y este no es tiempo de mortajas, sino de pañales.
¡Oh sol que naces de lo alto: no me tengas en cuenta el espanto de las sombras; desciende, brilla intenso, irradia. Haz de la mía una existencia claroscuramente intensa, que no otra cosa somos sino amor y para nuestro amor tú vienes!
domingo, 13 de diciembre de 2009
|
Hay 1 comentarios
Tengo la malísima costumbre de doblar la esquina de las páginas que me gustan. Sé que no queda bien, pero tiene la ventaja de que, cuando quiero releer algo, voy a tiro fijo directamente a los poemas que en algún momento me gustaron o marqué como mejores. El último libro que me ha llegado no tiene ninguna esquina marcada: tendría que doblarlas todas o, simplemente, estrujarlo emocionado.
Se trata de El paladar a la intemperie, de Antonio Sánchez Zamarreño. El poemario da cuenta de las desapariciones sucesivas del padre y de la madre. Es un libro transido de emoción, pero de una emoción siempre literaria y en ningún momento plegada al sentimentalismo, al efectismo o a la exageración.
Zamarreño escribe por eliminación, dejando que, de lo mucho que intuimos que ha escrito, al final quede sólo una minúscula parte, la mínima, la imprescindible. Escribe borrándose.
En la dedicatoria me desea que la devastación de sus páginas no reviva mi propia devastación doméstica, la que conté en Poemas para mi hermana. Tengo que decir que en mi libro hay una devastación que no sabía contar, y que por eso tomé un camino elíptico sobre ella, narrando otra devastación, fingida –pero verdadera en su verdad-, que sí me permitía dar cauce literario a la realmente ocurrida y que las palabras nunca pudieron expresar. Cada vez que revivía la, digamos, "histórica", sólo una imagen recurrente acudía a mí: estoy en un espacio cuajado, rodeado, de cristales y yo, con una pala en las manos, los golpeo, los rompo, los hago trizas brutalmente. Como eso nunca me permitió contar directamente la historia, la cual no lograba nunca ser plasmada en poesía, elegí otro camino para contarla, uno que no me remitiera siempre a los cristales rotos cayendo sobre mí e hiriéndome la garganta.
Pero el poemario de Zamarreño sí que arde. Cuenta la devastación y devasta sin nunca consumirse ni consumirnos. Y ello realizando el milagro literario de recoger en sí lo mejor de la tradición, desde los clásicos latinos a Lorca o Valente, pasando por la poesía popular española. ¿Puede un poemario ser histórico y metafísico a la vez, dar cabida tanto a la absoluta oscuridad como a la luz más transparente, al dolor rayano en la locura junto con la más hiriente cordura, a una esperanza que tanto mayor es cuanto más valiente, bravamente, lidia con la propia desesperación que toda fe y esperanza verdaderas llevan en sí...? Sí, lo puede. El Paladar a la intemperie lo demuestra sin tener necesidad de demostrar nada, sino atreviendose con toda la nobleza al ser y al no ser de que esta hecha la condición humana.
El formato del blog me desaconseja decir más. Un libro definitivo del que les dejo algunas huellas:
ZORZAL QUE FUE REGAZO MÍO
Será bella la muerte en tu regazo:
un zorzal aterido, por ejemplo.
NANA PARA DORMIR A UNA MADRE
Cantaba el autillo.
Cantaba y cantaba.
-Madre, no te duermas
que el autillo canta
con canto tan recio
que espesa las ramas.
-No me duermo, no:
es la Ensimismada
que viene a buscarme
y está entrando en casa.
-No te busca a ti,
madre de mi alma.
Tú eres aún pequeña,
rota como agua,
núbil como cisne,
tenue com dalia.
No querrá la muerte
presa tan menguada.
Es a mí a quien busca
y voy a esperarla.
-No la esperes, hijo,
que a mí me llamaba,
pues tiene la muerte
boca delicada:
aquí, flor de harina,
allá, flor de nata;
aquí, luz de espuma,
allá, luz de ala.
Soy yo a quien desea
muy bien deseada.
-No te duermas, madre,
que ya viene el alba:
mira las colinas,
mira las vaguadas:
tienen un cogüelmo
de sal plateada.
-No confundas, hijo,
el sol con la nada:
el alba sería
mucho menos blanca:
eso que reluce
sólo es mi mortaja.
martes, 08 de diciembre de 2009
|
Hay 3 comentarios
Estas fechas son propicias para los cuentos navideños. Numerosos suplementos culturales editan números especiales dedicados a este género que vive buenos tiempos, entre otras cosas, porque busca reinventarse a sí mismo y no caer en los fáciles y repetidos estereotipos de siempre.
Igualmente, es probable que en estas fechas encontremos en el cine y en la televisión películas de tema navideño o destinadas a los más pequeños de la casa. Desde mi punto de vista, algunas de navideñas tendrán bien poco y reincidirán con princesas y hadas, renos y papanoeles.
También estos suelen ser días de circo. La verdad: el circo me pone muy triste. (Cosas de la infancia, supongo). Pero es una ocasión para pasar una divertida tarde familiar entre payasos y magos, trapecistas e ilusionistas.
El corto que les copio a continuación es, en realidad, un cuento y va de circo. Y puede ser navideño porque nos habla de salvación y amistad, de superación y fe. La fe en nosotros mismos muchas veces vendrá como una llamada. Alguien que lleva la iniciativa. Quizá los otros sean quienes abran una rendija en nuestro corazón por la que penetre esa fe y nos embarquen en una tropa de salvación. Nuestras más radicales limitaciones pueden tornarse en oportunidades de transformación para los demás y para nosotros mismos. Lo que nos condenaba a la dependencia y a la resignación puede convertirse en ocasión de asombro, de canto que da gloria a Dios y paz a los hombres...
El video viene en dos partes, pero no nos robará más que un bello cuarto de hora de nuestro tiempo. Os invito, como se dirá, a descubrir la belleza de la paciencia.
miércoles, 02 de diciembre de 2009
|
Hay 3 comentarios
Poco antes de marchar a Roma me dijo Yolanda, compañera de actos poéticos, que visitara el Trastévere. -No sé si tendré tiempo. Es una reunión de trabajo. Pero sin saber muy bien por qué, acabé en Santa Maria in Trastevere. Y de allí salí con este que os transcribo, el mejor regalo que este viaje me ha dejado.