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Fray Antonio Praena Segura, OP
Antonio Praena Segura es dominico. Nació en 1973 en Purullena, Granada. Actualmente, como una dimensión más de su predicación, se dedica a la enseñanza e investigación teológicas en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Allí ha impartido también algún seminario sobre fe y cine contemporáneo.
Ha sido seleccionado en alguna antología poética, la última, 12 voces al sur (existe una versión digital). Ha recibido alguna distinción por su poesía, como el Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara por su obra Humo verde. Ha sido varias veces finalista de premios como el Adonais y el de la Academia Castellana de la Poesía.
En el 2006, su poesía Poemas para mi hermana ha sido reconocida con un Áccesit del premio Adonais. En la actualidad, prepara un nuevo libro.
viernes, 26 de septiembre de 2008
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Está muy lejos de ser la mejor película de Woody Allen. No escribo para recomendarla. Pero sí porque va de artistas atrapados en su propia insatisfacción vital. Gente de esa generación sobradamente preparada que, desde pequeños, han aprendido idiomas, música, pintura... Autónomos, desenvueltos, librepensadores, se mueven por todo el mundo en busca de experiencias. Tienen sus propios criterios morales. Viven relaciones sentimentales y sexuales sin a prioris ningunos. Pero en sus vidas, después de cada nuevo ciclo, reaparecen una insatisfacción y una infelicidad de tintes crónicos.
No son los seres angustiados, desesperados, dramáticos de la literatura clásica o existencial. Lo tienen todo. Son brillantes. La vida no es problema para ellos, ellos mismos no son problema para ellos, la sociedad no es problema para ellos... pero la falta de concreción del problema es el problema mismo.
Son esos jóvenes, bien metidos ya en los treinta y muchos años, a los que nos han preparado para conquistar el mundo, sin drama, de buen rollo, con todas las oportunidades, superando los traumas a golpe de autoanálisis, pero incomprensiblemente insatisfechos.
Porque al final, el problema es haber cerrado el horizonte a la trascendencia, olvidando que lo que hace verdaderamente bella la libertad es la posibilidad de comprometerla. Que lo que hace verdaderamente hermoso el conocimiento es la aceptación del misterio que lo trasciende y lo funda. Que lo que hace verdadero amor al amor es su gratuidad y, como decía Balthasar, hasta su inutilidad. Seguro que muchos no estáis de acuerdo conmigo.
¡Ah: y quien lo borda es Rebecca Hall!
sábado, 20 de septiembre de 2008
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Encuentro cada vez más verdadera esa expresión que acuñó Pablo VI y que tanto repitió Juan Pablo II para referirse a algunos aspectos de nuestra cultura como cultura de muerte.
Hay unas vetas, unos filones culturales, que se recrean en la muerte por la muerte como tema y como lenguaje artístico. Ya le dedicamos un post aquí al desengaño que el crítico Donald Kuspit sufrió con parte de los artistas a los que antes él mismo ayudo a encumbrar.
Ahora vuelve Damien Hirst con sus animales conservados en formol. Al menos esta vez se ha ahorrado diseccionarlos, lo cual, no nos engañemos, es una forma de hacer mas comerciales sus creaciones. Y así, mientras los mercados bursátiles caen uno tras otro, Damien Hirst, quizá el más conocido de los llamados jóvenes artistas británicos, va y gana 200 millones de euros en 24 horas subastando obras realizadas directamente para las salas de subastas, sin mediación alguna de las galerías de arte. Los detractores de Hirst siempre le han reprochado su excesivo amor al dinero: no sólo de escándalo vive el hombre.
No es ocasión de hacerle más caso del que merece este artista o taxidermista. Tampoco me escandaliza ver animales en formol, lo cual ni siquiera es novedoso como estética, ya que el colgar animales muertos y disecados
como objetos de decoración o como trofeos es algo bastante viejo.
Sí que es escandaloso que se lleguen a pagar trece millones de euros por, por ejemplo, el becerro de oro, la obra estrella de la nueva colección. El nuevo becerro de oro de este mundo no es el arte. Es el dinero. El que sale perjudicado es el arte.
También es escandalosa la recreación en los aspectos más escabrosos y pudrientes de la muerte de otras de sus creaciones más antiguas. Pero bueno, a lo mejor su única genialidad consiste en ponernos delante de los ojos algo que es parte de nuestra propia realidad. Materializar en esculturas la parte de cultura de muerte que nos toque y no siempre vemos. Construir con oro el ídolo al que ya adoramos y, encima, volvérnoslo a vender en formol.
domingo, 14 de septiembre de 2008
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Bueno. Llega la normalidad. El trabajo nos devuelve al orden, pone claridad en nuestra mente. (Perdonen, debo ir a por otro klinex, este lo tengo ya empapado)
Si todo en la vida fueran vacaciones, no se distinguiría el ocio del trabajo y el ocio acabaría siendo una pesada carga. Al fin y al cabo, el trabajo nos ayuda a santificarnos. (Mis ojos no dejan de humedecerse. El silencio en el fondo de la piscina, los paseos con mi sobrino al atardecer, las cenas en la terraza frente al mar, el libro de Hildegarda a altas horas...)
Nada nos ayuda tanto a concentrarnos como la habitual mesa de trabajo. La productividad en beneficio de la sociedad es directamente proporcional a nuestro amor al género humano. Y es nuestra colaboración cocreadora para con la obra de la creación. (No lo soporto más, mis huesos chirrian por estar tumbado junto a las olas. Las olimpiadas a deshoras tomándome un helado, la final de Nadal, los saltos de emoción y el baloncesto, la gimnasia rítmica de fondo a la hora del café, poemas a medianoche mientras papá y mamá duermen... No quiero consolarme)
Tarde o temprano hay que enfrentarse a las decisiones. Los retos siempre te han enriquecido. Cuando termines las recensiones pendientes te sentirás muy satisfecho. Lo importante es dejar una obra literaria novedosa, y eso requiere disciplina. El hombre organizado responde a la intrínseca naturaleza racional de la cual es medida. (Las canciones de Amaral, la cerveza Coronita, sudar en el gimnasio, la música house en el coche, los puestos de baratijas de los negros en el puerto, el montón de camisetas a un euro en el mercadillo, los desayunos en bañador, correr detrás de Emmanuel que se escapa por la playa, las hamburguesas insanas en el paseo marítimo, la crema hidratante obligatoria tras el sol... ¡Si es que no hay consuelo!).
jueves, 04 de septiembre de 2008
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Volvamos ya de las vacaciones y reanudemos este blog.
El verano es tiempo idóneo para hacer lecturas pendientes o ponerse al día en materia de cine. Estando en casa de unos amigos, apareció una película italiana, de más valor pedagógico que artístico, sobre la vida de San Francisco. La película –en realidad es la adaptación de una serie de televisión- arranca de la infancia de Francisco quien, en un momento de juego, estando colgado boca a bajo de un columpio, revela a Clara el secreto que acaba de descubrir: es el cielo el que sostiene la tierra.
Es el cielo el que sostiene la tierra. Acostumbrados como estamos a que la tierra esté abajo y el cielo arriba, es posible que olvidemos la auténtica verdad: es la tierra la que flota en el cielo. Es el cielo el que la sustenta. No es nuestra tierra ni nuestra humanidad ni nuestra inteligencia la que sustenta la idea de Dios, como un añadido que se construyera sobre nosotros. Más bien es que estamos flotando en él, sustentados por él, acogidos en él. Si podemos pensar en él, dudar de él es, porque estamos en él.
Para ver la verdad profunda de las cosas quizá hay que atreverse a verlas del revés, incluso a pasar por loco, como Francisco de Asís, que era un poeta y tuvo la gracia de replantear no la existencia de Dios sobre su vida sino la existencia suya en la vida de Dios.
Los teólogos piensan sobre un plano. Los santos y los artistas cambian los planos sobre los que siempre se ha pensado.
Esta película, sin demasiadas pretensiones artísticas, me ha una profunda ejercitación espiritual para el verano. Ahora sólo me resta ponerme yo al revés.