Blog de:
Fray Antonio Praena Segura, OP
Antonio Praena Segura es dominico. Nació en 1973 en Purullena, Granada. Actualmente, como una dimensión más de su predicación, se dedica a la enseñanza e investigación teológicas en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. Allí ha impartido también algún seminario sobre fe y cine contemporáneo.
Ha sido seleccionado en alguna antología poética, la última, 12 voces al sur (existe una versión digital). Ha recibido alguna distinción por su poesía, como el Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara por su obra Humo verde. Ha sido varias veces finalista de premios como el Adonais y el de la Academia Castellana de la Poesía.
En el 2006, su poesía Poemas para mi hermana ha sido reconocida con un Áccesit del premio Adonais. En la actualidad, prepara un nuevo libro.
martes, 28 de octubre de 2008
|
Hay 1 comentarios
Está anunciada en todos sitios: en las paradas de autobús, en las vallas de los centros comerciales, en los kioscos. Es la última película de Javier Fesser: Camino –el mismo título de la obra del fundador del Opus Dei- es la niña protagonista. Su historia es la de quien, con apenas 14 años, ha de enfrentarse a un terrible cáncer que acaba con su vida.
Se pueden decir muchas cosas de la película. La verdad, casi todas están dichas.
Pero a mí me interesa una. Esta: ¡qué difícil debe resultar a quien no tiene fe entender, aceptar que la fe existe! Porque el argumento de la película se sustenta en que, mientras la mayoría piensa que Jesús, a quien Camino ama, al que llama constantemente, es Jesús de Nazaret, el espectador sabe, porque el director de la película se lo cuenta, que ese Jesús no es más que el compañero de teatro del que Camino se ha enamorado.
Claro. Así las cosas, la fe de Camino es, en realidad, un cuento de hadas. Y todos los que leen la santidad en su vida y en su forma enamorada de enfrentarse a la enfermedad están equivocados. Se engañan. Lo que podría ser la forma heroica de dar sentido al dolor y al cara a cara con la propia muerte no es más que un cuento de hadas que nosotros –los listos, los privilegiados: ¡oh adulado espectador!- podemos desmitificar y, por lo tanto, desenmascarar. Es más fácil creer en un cuento de hadas que en Dios.
Dios no existe. Fesser lo dice de diversas formas. Pero la más cinematográfica es cuando, al final de la peli, se proyecta el super 8 que el padre de Camino ha grabado. Ahí, al enfocar hacia la butaca donde Camino decía que estaba sentado Jesús, aparece un vacío. Una butaca vacía.
Hay escenas de fuerte impacto. Interpretaciones increibles. La historia está bien contada. Consigue enganchar y emocionar. Pero, en gran parte, lo hace gracias a trucos y chantajes emocionales. Por ejemplo, su maniqueísmo y la caricaturización.
Siento que algún amigo mío de la obra podría sentirse vulnerado. Porque él no es como la película pinta a los numerarios. Es un tío genial, encantador, luminoso y un hombre de su tiempo y un gran poeta que conoce y valora todo tipo de poéticas al margen de sus creencias.
lunes, 20 de octubre de 2008
|
Hay 0 comentarios
Hasta el 6 de enero podremos disfrutar en el Museo del Prado de la exposición Rembrandt. Pintor de historias. Es una ocasión única para ver reunidas, si no las mejores obras del pintor holandés -es casi imposible reunir sus mejores obras en una exposición- sí un grupo más que importante.
Se abre la exposición con un autorretrato de juventud y se cierra con otro en edad anciana. Entre la petulancia, la pretenciosidad, la autoexaltación de un joven ambicioso y la decrepitud, la simplicidad, la depuración de un anciano al que la vida ha golpeado, transcurren todas las historias pintadas.
Sin duda, el último autorretrato, el del anciano Rembrandt pintado como Zeuxis, es mi favorito. Porque el estilo se sale de su tiempo brutalmente: la pincelada gruesa, deshecha, completamente libre, la pintura a golpes de emoción, sin pretensión de detallismo, la masa empastada casi sin mezclar, el aspecto inacabado... parecen más de un pintor del siglo 20 que de uno del 17. Y, sin embargo, ese anciano se autorretrata sonriendo, con los ojos abolsados del que ha mirado mucho y ha llorado más. Es alguien a quien no le importa ya caer bien o pintar un bonito cuadro para colocárselo a un marchante.
El fondo, la forma y la intención se funden en una pintura que parece hecha en dos brochazos. Pero dos brochazos cuyo aprendizaje nos ha llevado toda la vida.
Rembrandt era un pintor de las emociones. Algunos de sus cuadros parecen inacabados, o, mejor, acabados justamente cuando el artista ha conseguido plasmar la emoción que perseguía. Su religiosidad está presente más allá de los temas. Está presente en la manera en que su estilo se va depurando y profundizando, haciéndose cada vez más libre y a la vez más universal.
martes, 14 de octubre de 2008
|
Hay 1 comentarios
Llevado a la vida cotidiana, el detalle es una actitud moral. Una forma de estar en el mundo como quien sabe que se encuentra en un jardín muy muy frágil por el que tiene que caminar con delicadeza, cuyas flores debe rozar con suavidad, cuyo equilibrio entre silencio y gorjeos no debe romper.
Ellas, nuestras hermanas dominicas contemplativas, saben del detalle como forma de vida elocuente por sí misma, sin demasiadas explicaciones. Pues un detalle dice siempre más de lo que dice, y esa es la grandeza de su pequeñez.
Guardan los pañuelos que les regalan. A veces compran varias cajas. No son caros, valen muy poco. Y son el regalo que nos hacen en momentos señalados. Pero ellas los transforman en objetos de valor incalculable, pues con una paciencia infinita bordan nuestros nombres. A veces cada pañuelo tiene un tipo de letra diferente, o un dibujo, o un escudo que lo hace irrepetible.
Como son pobres, se regalan a sí mismas. Su tiempo, porque somos tiempo.
A veces, cuando un ataque de tristeza prende en mí, echo mano al bolsillo y siempre encuentro un detalle que enjuga mis lágrimas.
sábado, 04 de octubre de 2008
|
Hay 2 comentarios
Carta poema.
Ciudadana Elena Beloki...
...que vas a ser inseminada:
Ojalá la carne de un ser humano viviente prenda en ti, en tus entrañas, como ha prendido ya la causa de la muerte en tus ideas. Ojalá un ser humano comience a vivir en ti purificando tu existencia desde lo más hondo de tu cuerpo. Transustanciándote. Y que en las horas en que sientas su carne moviéndose dentro de tu carne, por un instante, por un instante solamente, percibas lo terrible que ha de ser colaborar a la detonación de un ser humano, aunque sea detonando su existencia con razones, argumentos. Colaboracionismos. Que te dé miedo y que sientas el escalofrío de pensar, de sólo imaginar, lo insoportable que es perder a alguien de carne en esperanza concebido y para el amor alumbrado.
A veces la justicia roza por sí misma su injusticia: ponerte en libertad para que concibas: ¡que metáfora de la vida ¿verdad?! Pero ¿sabrás vivir hasta el final esta metáfora? Es decir: ¿sabrás hacerte libertad (o, lo que es lo mismo: dejar de sembrar muerte), libertad tú misma para que se engendre vida en el mundo, ese útero inmenso que a todos nos alberga, nos lleva, nos alimenta, nos extasía?
Roza a veces la justicia la línea del agravio. Pero tanto más fuerte es esa justicia cuanto mejor sobrevive a la debilidad de ser coherente con ella misma. En la debilidad se hace fuerte (esto me suena a algo). En la magnanimidad, acredita su terrible sentido común y su razón de ser al servicio de las personas. Aunque tú no llegues nunca a agradecerlo ni consideres legítima la justicia que te juzga y que no sólo con rectitud te trata, sino hasta con misericordia.
Te va a nacer una criatura, si Dios lo considera bueno para ti. De las más duras cepas brotan frutos dulcísimos. La vida es desproporcionada, ya lo ves: ¡qué largo y arduo el tiempo para que una vida agarre frente a las décimas de segundo en que varios cuerpos se detonan!
Si llega alguna vez tu hijo a abrazarte, todas tus indirectas víctimas te abracen en él, te perdonen, te rediman. Y que se vuelvan besos las balas, y te estremezcas al pensar, al intuir tan sólo, cómo duele que nos conviertan en ceniza lo que tanto costó agarrar a la vida.