Construir el Reino implica una lucha contra todo aquello que dificulta su crecimiento: el pecado en todas sus formas
Fr. Damián Byrne
Blog de: Fray Antonio Praena Segura, OP

Casa de misericordia

lunes, 30 de abril de 2007 | Hay 2 comentarios

Al escuchar el título del libro comencé a buscarle correspondencias: Casa de misericordia. ¿Se lo aplico a la Iglesia? Cuando en la orden de Predicadores tomamos el hábito, según el ritual litúrgico sólo una cosa pedimos, misericordia: ¿se lo aplico a la orden?

 

Mas luego pienso en los lectores y busco una interpretación en la que acontezca una  confluencia más o menos previsible entre quienes creen y no creen –sigo siendo así de ingenuo, de consentidamente ingenuo para algunas cosas-: Casa de misericordia es el cuerpo. El cuerpo como casa para los otros, contra el frío, contra la intemperie. Quien dice cuerpo dice vida, alma, patria...

 

Pero ayer, por fin, compré el libro de Joan Margarit en edición bilingüe catalana y española. Y la contraportada dice así:

 

Las Casas de Misericordia fueron instituciones de una gran severidad, rayana a veces en la maldad, pensaba yo, recordando aquellos años de la posguerra (...) La intemperie era mucho más espantosa. Por eso se afanaban para hacer que sus hijos entrasen en aquel lugar. Y en este punto, la mente daba un salto hacia la poesía, hacia lo poco que quizá servía un poema para ayudar a soportar el dolor y las carencias.

 

Nada tenía que ver la intención del poeta con las correspondencias que yo me imaginaba. ¿O tal vez sí? Todas las casas de misericordia son la casa de misericordia. La casa, el alma, el cuerpo. La orden, nuestra Iglesia, nuestras manos. La vida, la poesía, la cultura... Si queremos, claro.



Entre la muerte y la muerte

martes, 24 de abril de 2007 | Hay 4 comentarios

            Con ocasión de la entrega del Premio Cervantes, el suplemento cultural de un conocido periódico publicaba esta semana una entrevista a Antonio Gamoneda. El entrevistador es el también leonés Antonio Colinas (-los leoneses que conozco son buenos poetas porque son buenas personas y, aunque no es exacto el requisito, en ellos sí se cumple aquello de que para escribir hay que tener el corazón muy limpio).

 

            Colinas no sólo entrevista, sino que compone una pequeña historia literaria sobre el paso del tiempo y cómo, en el ir y venir por la poesía, descubrimos que no somos el que fuimos y sin embargo somos nosotros mismos asombrados de nosotros.

 

            La poesía de Gamoneda transcurre entre la muerte y la muerte, porque la vida está entre la inexistencia y la inexistencia, dice él y lo ha esculpido con palabras como nadie. Sin embargo, en su último libro, Cecilia, hay una cierta vuelta a la vida como esperanza, a la vida que continúa más allá de la muerte. Pregunta Colinas a Gamoneda si esa esperanza de vida es una realidad para él. Y Gamoneda es rotundo en su no: esta esperanza es para él sólo una subjetivización que no va a ser existencialmente real. Yo me siento vivir en un ser que, eso sí, va, espero, a sobrepasar a la muerte. (...) No es poco, pero no es más.

 

            Me encantaría que la próxima vez fuese Colinas el entrevistado. El poeta de la luz tiene mucho que decir contra las muertes. Porque es más fuerte el amor que la muerte y él lo sabe.



RESURRECCIÓN

martes, 17 de abril de 2007 | Hay 9 comentarios

Juan Antonio González Iglesias es uno de mis poetas favoritos. Uno podrá compartir o no su visión del amor, su visión homoerótica y homoestética de la vida. Pero la crítica, desde poetas de sesgo religioso tradicional hasta los más innovadores vates, reconocen la altura de su poesía y la fusión, recreación y personalidad que se concitan en su voz. Conoce a la perfección el mundo griego (profesor de esta filología en la Universidad de Salamanca) y el cristiano (San Agustín y S. Juan de la Cruz son sus interlocutores interiores). Les dejo con él, porque estamos en Pascua y la resurrección también respira en su poesía: aunque a su manera, esta realidad de nuestra fe también vive en el corazón de otros hombres. Ese es un puente que alguien tiene que cruzar.

 

           EXCESO DE VIDA

 

Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte.

Pero lo que presiento no se parece en nada

a la común tristeza. Más bien es certidumbre

de la totalidad de mis días en este

mundo donde he podido encontrarme contigo.

De pronto tengo toda la impaciencia de todos

los que amaron y aman, la urgencia incompartible

de los enamorados. No quiero geografía

sino amor, es lo único que mi corazón sabe.

En mi vida no cabe este exceso de vida.

Mejor, si te dijera que medito las cosas

(fronteras y distancias) en los términos propios

de la resurrección, cuando nos alzaremos

sobre las coordenadas del tiempo y del espacio,

independientemente del mar que nos separa.

Sueño con el momento perfecto del abrazo

sin prisa, de los besos que quedaron sin darse.

Sueño con que tu cuerpo vive junto a mi cuerpo

y espero la mañana en la que no habrá límites.

 

(Por cierto: el título de este poema es parte de un verso de mi librito Humo verde. ¿Lo habrá leído? Sería para mi un honor que me lo hubiera robado.)



Mis deudas con Gamoneda

martes, 10 de abril de 2007 | Hay 7 comentarios

El Premio Cervantes ha recaído este año en el poeta leonés Antonio Gamoneda. Por el conocimiento que tenía de su obra no es un autor que cuente entre mis favoritos. Sin embargo, como siempre es tiempo de aprender cosas nuevas  y abrirse a otros lenguajes, tras conocer la concesión del premio –polémica, todo hay que decirlo, por la intervención más o menos indirecta del presidente del gobierno- he intentado leer la poesía de Gamoneda que desconocía. No es un poeta fácil, pero siento que mi juicio ha dado con algunos poemas de belleza considerable. Porque me siento más en justicia al hacerlo, copio aquí alguno de esos poemas que hacen pensar que el Reino de Dios y el del hombre aún tienen intereses comunes:

 

Malos recuerdos

 

La vergüenza es un sentimiento revolucionario

Karl Marx 

Llevo colgados de mi corazón

los ojos de una perra y, más abajo,

una carta de madre campesina.

 

Cuando yo tenía doce años,

algunos días, al anochecer,

llevábamos al sótano a una perra

sucia y pequeña.

 

Con un cable le dábamos y luego

con las astillas y los hierros. (Era

así. Era así.

                   Ella gemía,

se arrastraba pidiendo, se orinaba,

y nosotros la colgábamos para pegar mejor.)

 

Aquella perra iba con nosotros

a las praderas y los cuestos. Era

veloz y nos amaba.

 

 

Cuando yo tenía quince años,

un día, no sé cómo, llegó a mí

un sobre con la carta del