martes, 23 de octubre de 2007
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Celebrábamos hace poco la fiesta de la Virgen del Rosario culminando con una solemnísima procesión por las calles de Granada.
Ya que en estos momentos el camarín de la Virgen, considerado una de las joyas del barroco andaluz, está siendo restaurado por la Junta de Andalucía dentro del programa Andalucía Barroca, la archicofradía del Rosario y los Padres dominicos hemos considerado que hay que conocer también lo inmaterial, el fin de esta increíble obra de arte, para lo cual hemos organizado tres conferencias.
Para entender este camarín quisiera hablaros de la importancia de la luz dentro de la devoción a la Virgen del Rosario de Granada. Dicen que estando la ciudad de Granada asediada por la peste, los granadinos hicieron unas rogativas y se manifestó una estrella en la frente de la imagen con los colores del arco iris, desapareciendo la epidemia pocos días después (el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz). Si nos adentramos más en la devoción a la Virgen del Rosario en Granada, tenemos dos elementos importantes que nos hablan de la luz: el vestido de plata cincelada (el fulgor de la plata) con que se vistió la imagen en 1626 y la concepción misma que guía la obra del camarín.
Imaginad, una imagen vestida completamente de plata: ¿de que puede rodearse? De luz. Por eso lo mas importante en el camarín de la Virgen no son las valiosas pinturas, la rica arquitectura, los jaspes, el oro, los mármoles... sino la luz, luz que entra no se sabe bien por donde, y que se multiplica, se amplifica, se refleja en la infinidad de espejos y azogues que configuran la estancia, sin dejar literalmente ni un hueco, creando un espacio representación del mundo aristotélico-tomista. El suelo –el mundo- es un cuadrado con un mosaico que representa las cosas mundanas: ¿qué cosa hay más representativa del mundo que las espadas, las armas, la guerra? Pero el mundo no se queda aquí, si elevamos la mirada, vemos reflejos de luz, reflejos que nos hablan de Dios: estrellas, soles, angelitos asomándose a las ventanas... En el camarín no aparece la imagen de Dios creador, solamente aparece la luz, envolviendo a la Imagen de la Virgen que, entre el cielo y la tierra, queda como morada de la luz de argénteo vestido resplandeciente por los rayos.
Alejandro Corral Labella
jueves, 18 de octubre de 2007
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Me desayuno esta mañana con unas palabras de Luis Antonio de Villena que presenta nueva novela. No me acuerdo del título aunque sí de la trama, que no creo interesante traer aquí.
Dice él: igual que un minero alquila sus manos para trabajar, una prostituta alquila su sexo. El problema viene de la categorización cristiana de las cosas: las manos son nobles y el cuerpo innoble. La gente se sorprendería al comprobar cuántas personas elegirían alquilar su sexo. Tremendo, ¿verdad?
Se me ocurren tantas cosas... ¿Ha hecho él la encuesta sobre esa preferencia? ¿Todo trabajo es mercancía? ¿Tan rentable le resulta echar al cristianismo la culpa de todo lo que él parece entender por represión? ¿En orden a qué se define la nobleza del trabajo, a la parte del cuerpo que la realiza o al para qué y porqué del mismo? ¿No será el porqué y para qué se trabaja o se entrega uno lo que define la nobleza de lo que se “alquila” y no al revés? ¿Con cuantas prostitutas –o prostitutos- ha trabajado él realmente en casas de acogida, hospitales, casas terminales... la mayoría, por cierto, sostenidas por la Iglesia? Recuerdo a Trini, a Jose, a Julia, que murieron de la calle en una de estas casas. ¿Es la vida real como sus culturalistas y glamurosas historias?
De Villena es un buen poeta. Pero ¡qué palabras tan planas y baratas!
Después de este post, nunca ganaré el Loewe, el premio mejor dotado en poesía, del que Luis Antonio es miembro y artífice principal. Y mira que es un premio muchos de cuyos libros ganadores me fascinan.
Algún día contaré una divertida anécdota que me ocurrió con de Villena. De momento, la dejo para los íntimos.
martes, 09 de octubre de 2007
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Por motivos de trabajo tenemos la suerte de encontrarnos por dos meses en la ciudad de Florencia. Hemos aprovechado la ocasión para visitar los monumentos y las obras de arte que jalonan esta ciudad y que son parte de las más relevantes para comprender el desarrollo del Renacimiento. Tras el momentáneo embeleso al contemplar, por ejemplo la catedral con su majestuosa cúpula de Brunelleschi, nos invadió un sentimiento desagradable que volvimos a experimentar en otros puntos de la ciudad: la sensación de encontrarnos en una ciudad escaparate que se muestra ante una multitud informe de seres humanos que, ora se ordena ansiosamente en filas, ora se disuelve imprevisiblemente ante un cuadro o una escultura. En este sentido, hemos sentido más estremecimiento espiritual en la Fundación Beyeler de Basilea o ante una obra de Mondrian en el Stedelijk Museum de Ámsterdam que ante una obra de Leonardo en los Uffizi.
Los griegos nos enseñaron que el contexto de la obra de arte es parte de ésta. Si consideramos la proliferación del turismo de masas (al cual todos tenemos derecho), la difícil sostenibildad de las grandes ciudades (en Florencia el automóvil es el rey e incluso circulan automóviles y autobuses por una parte de la Catedral, que por cierto se encuentra tristemente ennegrecida por la contaminación) y el factor económico que sitúa la actividad turística como esencial para ciertos países y ciudades, nosotros nos preguntamos: ¿Qué nos queda del arte?
¿No se está impidiendo que podamos disfrutar de todas las dimensiones del arte, incluyendo la dimensión espiritual o religiosa? ¿No se está transformando el viajar en una simple conducta de consumo? Ante esta situación ¿cómo es posible sentir el estremecimiento existencial o el impulso a orar ante una piedad de Miguel Ángel o ante una Anunciación de Filippo Lippi? ¿Estamos matando el Arte?
Afortunadamente todavía sobreviven en Florencia lugares donde es posible disfrutar de una mínima tranquilidad, entre otros la Basilica de San Miniato y el Convento de San Marcos donde se puede sentir el recogimiento de las celdas donde Fray Angélico pintó sus famosos frescos con el fin de ayudar al crecimiento espiritual de sus hermanos.
Ana Rodríguez y Javier Saavedra.
miércoles, 03 de octubre de 2007
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La sección Uni-versos del ABC de las artes y las letras de esta semana adelanta un poema del que será el próximo libro de Antonio Colinas. Colinas es una de las voces más consolidadas, libres y profundas de la actual poesía española. El próximo poemario se llamará La ofrenda silenciosa y el tono del poema adelantado es un perfecto ejemplo de cómo en una poesía verdaderamente profunda confluyen la gracia divina y el arte humanos. Esa es, precisamente, la finalidad de este blog: abrir la perspectiva cristiana a los lugares en que es posible la convergencia con el arte y la cultura humanas; abrir el arte de los hombres a la perspectiva cristiana.
Les copio el poema: es largo, pero merece ser releído.
Morada de la luz
El hosco cielo va rodando arriba
y amenaza sobre los montes negros.
Al fin será esta casa mi morada
y hasta lo que es más duro en ella (el muro
de piedra tan rotundo),
dormirá sosegado en mi pupila.
En esta casa el tiempo es la ternura
y siempre callo hasta que sea el silencio
lo que discurra dentro de mis venas.
En mi morada no hay días ni noches.
Mi morada es mi día y es mi noche.
Cada mínima estancia es azotea.
Floto en su soledad, bebo en su sombra;
si asciendo a los desvanes de la luz
desciendo hasta un saber que ya no sabe.
La casa, en quietud, está girando
-planetario de amor-
en torno del remanso de los cuerpos.
En ella voy, sin ir, a cada sitio
y a sus goces regreso sin marcharme.
Todo cuanto busqué, aquí lo encuentro.
Esta morada es mundo sin el mundo.
En ella suena música que arrastra hasta el sin fin,
marea en la que voy
y vengo (¡mas tan quieto!)
recibiendo respuestas sin palabras
a preguntas que no mueven mis labios.
Y siento que tú estás aquí, aunque no estés,
y que yo estoy en ti, aunque no estoy.
Centro donde te veo al fin ¡tan cierta!;
centro donde, por fin, no estando tú,
en plenitud estás para salvarme.
Al fin el corazón ya ha retornado
a escucharse a sí mismo.
¡Qué dulzura este ir cerrándose a todo
para poder abrirse y comprenderlo todo:
nada hermosa que llega acariciando
mi piel para acallarme,
para acallarme aún más, y serenarme!
Morada del amor, con sus anillos
de silencio que silban, mas no ahogan,
porque la sangre de los nuestros ya
no está para dolernos.
(La sangre de los nuestros ahora es sólo
la luz de cobre que está ardiendo lenta
en torno de la copa del ciprés).
¡Morada en la marea de la vida,
marea en la morada de la luz!
Del libro "La ofrenda silenciosa".
A punto ser publicado