El Rosario expone la doctrina de la fe a la luz de la participación de la B.V.María em el misterio de Cristo y de la Iglesia
LCO 129
Blog de: Fray Antonio Praena Segura, OP

SI ALGUNA VEZ VIAJÁIS A FREIBURG

martes, 19 de diciembre de 2006 | Hay 5 comentarios

(Queridos amigos. El texto y las imágenes  que aparecen  a continuación han sido elaborados por mis amigos Ana y Javi, que colaborarán en este Blog para que sea un trabajo de equipo. Ana es una excelente artista y profesora de pintura y Javier se doctora en sicología a la vez que ejerce la docencia en la universidad de Sevilla. Juntos hemos compartido horas intensas de vida, de arte y, sobre todo, de fe. Mi gratitud de amigo y hermano)

 

Si alguna vez viajáis a Freiburg

 

Si alguna vez viajáis a Freiburg (Alemania), no dejéis de visitar la iglesia (Católica) de la Universidad vieja, situada justamente en el centro de la ciudad. Os llevaréis una sorpresa. La iglesia fue construida en el siglo XVI y en un principio perteneció a los Jesuitas.

Tras su correspondiente portada barroca se encuentra uno de los crucificados más impresionantes que he visto. Justo sobre el altar, se alza una especie de viga de perfil rectangular de más de diez metros, que como si fuera una lanza clavada en la tierra o el mástil de una bandera, se eleva hasta casi tocar la bóveda. A lo largo de esa herida abierta en el espacio “cuelga” la escultura de Jesús crucificado de Franz Guttmam (1955). La monumental figura de Jesús de unos cinco a seis metros, de extrema delgadez y sin rostro, se contempla con sobrecogimiento desde la entrada de la iglesia. La cabeza de Jesús se encuentra sustituida por una gigante corona de espinas. La escultura no tiene brazos. Aunque se le pueden identificar las costillas y unos grandes pies cruzados y atravesados por un clavo. La sencillez de la talla recuerda, al mismo tiempo, al cristianismo antiguo, a la sobriedad del románico y al arte expresionista alemán. La verticalidad y la sensación de inestabilidad del conjunto escultórico, como si se nos fuera a caer encima, son dos sensaciones sobresalientes al contemplar esta obra. Tras el crucificado un altar vacío. Tan sólo un árbol en una gran maceta acompaña a Jesús.

No es posible orar en esa Iglesia como lo solemos hacer en las nuestras. Aquí es difícil pedir por nuestras necesidades o buscar consuelo a nuestros dolores. Es más bien Cristo quién nos pide, nos exige y nos impulsa a cambiar nuestra vida. Junto con la paz y el recogimiento habituales, un soplo de inquietud y desasosiego, como si nos faltará algo importante que hacer en nuestra vida y nos quedará poco tiempo, recorre nuestra alma.

Y yo me pregunto: ¿es capaz el arte al que estamos acostumbrados en nuestras Iglesias de provocarnos espiritualmente como lo logra el arte contemporáneo de calidad? ¿No encontramos en nuestras Iglesias demasiada paz y sosiego, las cuales pueden llegar a anestesiarnos? ¿No es quizás función del arte contemporáneo hacernos preguntas, impulsarnos a la acción, llevarnos más allá de nuestras seguridades? Funciones que quizás un hermoso crucificado barroco o una imagen procesional de cualquiera de nuestras Semanas Santas, hoy en día,  no las  pueden cumplir. ¿O sí?

 

Texto: Francisco Javier Saavedra.

Fotografías: Ana Rodríguez.



JOAN MARGARIT

sábado, 09 de diciembre de 2006 | Hay 6 comentarios

Joan Margarit es un poeta que para ganarse el pan eligió el árido cálculo de estructuras arquitectónicas. Actualmente es uno de los profesionales que trabaja en la finalización de la Sagrada Familia de Gaudí. Pero su verdadera pasión es la poesía. Su libro Joana, en donde los poemas recorren la enfermedad terminal y la muerte de su hijita Joana, es un poemario estremecedor que no sucumbe ante el sentimentalismo, el dramatismo o la afectación en que desgraciadamente suelen caen los vates cuando quieren cantar el dolor que les afecta directamente.

No sé cómo Margarit lo hace, pero nada llora en Joana y, sin embargo, hasta las aspidistras del patio sienten la pérdida de la hija.

Su palabra brutalmente sincera llega a prescindir de la poesía y obliga al lector a replantearse su propia idea de lo que es poesía, de lo que es bello o de lo que está bien dicho.

Margarit, tras el éxito de crítica que supuso Joana, ha entregado el poemario Cálculo de estructuras, y, en estos días, adelanta algo de su inédito Casa de Misericordia.

No se lo he oído decir a ningún crítico, pero Margarit realiza una poética erguida sobre la médula de lo que yo llamaría la búsqueda de la verdad personal. Más aún: sobre la sinceridad y la desnudez. Algo debe de influir su profesión en este hecho: nos descarna el poema para dejarlo en sus desnudas estructuras.

(Pueden las estructuras parecernos horribles pero todos estamos sostenidos por estructuras y al meno una vez en la vida deberíamos adentrarnos en ellas. Cimientos en lo vivido, pilares de fe, zanjas en la memoria, respiraderos en la sangre, vigas acompañantes, contrapesos de consuelo, cinchas contra el tiempo, andamios oxidados, puntales de perdón...)

Entrevistado Margarit, confiesa que la literatura sólo sirve o para entretener o para consolar. Y consolar es muy difícil. Consolarte con un amigo, pase, pero con un papel... Ése es el problema de los poetas, (...) la verdad.

La verdad como problema de los poetas... Muy dominicano, ¿no? Y le preguntan: ¿Cuánta verdad podemos soportar?. Y responde: Toda. A la larga es lo único soportable. La lucidez no es gran cosa, pero no tenerla es todavía peor. Es como una casa de misericordia.

No creo necesario comentarlo.



MÁXIMA FIDELIDAD VITAL

viernes, 01 de diciembre de 2006 | Hay 5 comentarios

Donald Kuspit decidió quedarse aquella tarde paseando por la orilla del Támesis. ¡Máxima fidelidad vital! Era el colmo. En cierto modo se lo había ganado. ¿Cómo pudo estar tan engañado escribiendo elogiosas columnas enalteciendo a los del ready-made y sus creaciones escatológicas? Esto es demasiado, pensaba mientras se balanceaba sobre el puente del milenio rumbo a casa de Maria del Mar.
Claro, cuando se es joven –se decía para sus adentros- cualquier cosa con tal de ser diferente. Y golpear a los demás con nuestros gustos excedidos, a ver si la constrictiva moral academicista se ahogaba en su propio aburrimiento y esta provocación nos ensanchaba el espacio vital, sexual sobretodo. Pero esto es demasiado y no estoy dispuesto, a mis años, a aguantar más chorradas. ¿Así es que la artista pretendía “dejar constancia” de la vida “imitar la máxima fidelidad vital” con ese montón de bragas y calzoncillos sucios sobre la tarima? ¿Esto es vivir: excretar?
Donald Kuspit se sentía, por primera vez, burlado: ¿Y dónde está el supuesto carácter curativo y salvífico que el catálogo atribuye a la exposición? Nadie se lo va a esperar, pero esta vez voy a dar un giro realmente sorprendente y en mi libro –Donald comenzó aquí a urdir el libro como se urde una venganza inesperada- lo voy a decir: lo que yo mismo defendí y denominé “mundo artístico post-estético” es un ámbito francamente indigesto, de torpeza deliberada, pura entropía o Triunfo de la Muerte, entretenimiento alejandrino o mierda (sic) camuflada conceptualmente. Y el libro lo titularé “El fin del arte” (Akal, Madrid 2006).
Sin darse cuenta, como suele ocurrir con las cosas realmente importantes en la vida, Donald Kuspit había llegado al apartamento de Maria del Mar: querida, ponme un café español que vengo horrorizado. A ver si tu Dios crucificado nos salva...